Recuerdo cuando comenzó la cuarentena hace casi dos meses. Para ese momento yo llevaba encerrada ya dos semanas y la idea de no salir de casa me estaba volviendo loca. Quería caminar, ver a mis amigas, tener una cita.

Hice muchos planes para cuando se acabara la pandemia: fiestas, reuniones, viajes en grupo y viajes en pareja. No podía soportar la idea de estar tanto tiempo en casa y me imaginaba a principios de junio paseándome por alguna playa.

Cuando avisaron que el fin de la Jornada de Sana Distancia comenzaría la primera semana de junio, me dieron ganas de llorar. Y no de alegría, como me hubiera imaginado, sino de ansiedad y estrés.

Estos más de dos meses encerrada, me he descubierto adaptada. No es que no extrañe la vida de antes, es que ya me hice a la idea de que las cosas no pueden volver a la ‘normalidad’ y que una nueva normalidad tal vez sea insuficiente.

Yo, que siempre salía a comer a restaurantes o aceptaba la invitación a almorzar de amistades más profesionales que yo en las artes de la cocina, me he vuelto cocinera, probando nuevas recetas todos los días.

Yo, que amaba salir de fiesta todos los fines de semana sin falta, me encuentro feliz bailando sola en mi sala, tal vez conectada por videollamada con alguna amiga mientras conversamos y escuchamos música juntas.

Pero más allá de lo positivo que he descubierto encerrada, la verdad es que tengo miedo.

Cada vez que alguien me dice: cuando esto se acabe nos vemos, pienso en que no sé cómo se cuida esa persona. Todos sabemos las reglas: lavarse las manos, usar mascarilla, no tocarse el rostro. ¿Pero lo cumplen ellos? ¿Lo cumplen las demás personas con las que conviven?

La idea de que salgamos y la despreocupación de todos lleve a un segundo brote, me asusta. Tengo conocidos que fallecieron por COVID 19 y amigos que perdieron a sus familiares, así que me tomo esto muy en serio.

Por eso, planeo tener mucho cuidado al salir, y aceptar una nueva normalidad en la que no pueda compartir un trago con mis amigas, besarme con el chico que me gusta así como así, ni ir a cines o conciertos con la regularidad de antes.

Tengo ansiedad, sí, pero también paz con las medidas que tomo. Habrá un momento en el que nos podamos volver a ver como antes, y me parece que para mí, ese momento está aún muy lejos.