FRANCISCO VILLA: LA FIERA.


La primera vez que Martín Luis Guzmán vio a Francisco Villa fue en el cuartel de la División del Norte, establecido en Ciudad Juárez en noviembre de 1913.
La impresión que dejó Villa en Martín Luis Guzmán fue la de una fiera, un hombre convertido en animal:

“ojos que parecen no mirar y lo abarcan todo; zarpas que brotan igual para manifestar placer que para el ataque; voracidad insaciable Doroteo Arango era una fiera indomesticable, más peligrosa aún fuera de su territorio y frente a estímulos que le eran desconocidos”.

Posteriormente, Martín Luis, ya convertido en agente villista, se encargaba de mantener informado a Villa de los movimientos de otros generales constitucionalistas.

El 4 de septiembre de 1914 fue nombrado secretario interino de la Universidad Nacional, antes de tomar posesión del cargo, viajó a Chihuahua para entrevistarse con Villa e informarle de los acontecimientos en la capital y de la inconformidad de Lucio Blanco hacía Carranza. Hablaron sobre un posible candidato alterno para la presidencia, Martín Luis pensaba que Lucio Blanco sería un buen candidato, por su parte Villa propuso a Felipe Ángeles. A Martín Luis le parecía que Ángeles no era digno de confianza.

Villa enfurecio por el atrevimiento de Martín Luis, quien a su vez para tratar de calmar a Villa le pidió que le mandara, como un gestó de buena voluntad, su pistola a Lucio Blanco.

Villa se quitó el arma con todo y canana y “pidió que se advirtiera a Lucio Blanco que tuviera cuidado, ya que ésa era una pistola muy chiripera”. Cuando se sintió desarmado, pidió que alguien le diera un arma, rápidamente, Luis Aguirre, su secretario, le dio una escuadra calibre 32.

Villa tomó el arma le quitó las balas, las volvió a colocar una por una, cortó cartucho y le apuntó en la frente a Martín Luis, diciéndole que le platicara cualquier cosa.
Paralizado por el miedo, Martín Luis, sintiendo la muerte de cerca, únicamente atinó a decir:

“pues no vaya también a ser está una pistola chiripera”.

Está vez la fiera aplaco su voracidad insaciable.

Por: Jorge Cabrera Vargas