¡ALTO, LOS VALIENTES NO ASESINAN¡

Jorge Cabrera Vargas


Con estas palabras Guillermo Prieto detuvo la muerte de Benito Juárez el 14 de marzo de 1858 en el interior del palacio de Gobierno de Guadalajara, dónde Juárez y los hombres que componían su gabinete eran prisioneros del bando conservador.
Mientras se llevaban a cabo las negociaciones para liberar a los prisioneros en el templo de San Agustín, el general liberal Miguel Cruz formó una columna de una treintena de voluntarios para tomar por asaltó el palacio de Gobierno.
Dentro de palacio, el teniente conservador Filomeno Bravo, sintiéndose traicionado, dio la orden de preparar armas a la columna que custodiaba a Juárez, quién se encontraba de pie apoyando una mano en el picaporte de la puerta tratando de meterse a otra habitación.
¡Armas al hombro! ¡Preparen! ¡Apunten! En el último instante Guillermo Prieto se interpuso entre los cañones de los rifles y con su cuerpo cubrió a Juárez, acto seguido se dirigió a los soldados con éstas palabras que se impusieron a la orden de ¡fuego! “¡Alto, los valientes no asesinan!… ¡sois unos valientes, los valientes no asesinan! Sois mexicanos, éste es el representante de la ley y de la patria”.
El propio Guillermo Prieto escribiría después sobre el suceso:
“Los rostros feroces de los soldados, su ademán, la conmoción misma, lo que yo amaba a Juárez… yo no sé… se apoderó de mi algo de vértigo o de cosa de que no me puedo dar cuenta … Rápido como el pensamiento, tomé al señor Juárez de la ropa, lo puse a mi espalda, lo cubrí con mi cuerpo … abrí mis brazos … y ahogando la voz de “fuego” que tronaba en aquel instante, grité: “¡Levanten esas armas!, ¡levanten esas armas!, ¡los valientes no asesinan … !” y hablé, hablé, yo no sé qué hablaba en mí que me ponía alto y poderoso, y veía, entre una nube de sangre, pequeño todo lo que me rodeaba; sentía que lo subyugaba, que desbarataba el peligro, que lo tenía a mis pies… Repito que yo hablaba, y no puedo darme cuenta de lo que dije… a medida que mi voz sonaba, la actitud de los soldados cambiaba… un viejo de barbas canas que tenía al frente, y con quien me encaré diciéndole: “¿Quieren sangre? ¡Bébanse la mía…!” alzó el fusil… los otros hicieron lo mismo… Entonces vitoreé a Jalisco.

Los soldados lloraban que no nos matarían y así se retiraron como por encanto… Bravo se pone de nuestro lado.

Juárez se abrazó de mí… mis compañeros me rodeaban llamándome su salvador y salvador de la Reforma… Mi corazón estalló en una tempestad de lágrimas.”

Memoria Política de México.¡ALTO, LOS VALIENTES NO ASESINAN¡
Con estas palabras Guillermo Prieto detuvo la muerte de Benito Juárez el 14 de marzo de 1858 en el interior del palacio de Gobierno de Guadalajara, dónde Juárez y los hombres que componían su gabinete eran prisioneros del bando conservador.
Mientras se llevaban a cabo las negociaciones para liberar a los prisioneros en el templo de San Agustín, el general liberal Miguel Cruz formó una columna de una treintena de voluntarios para tomar por asaltó el palacio de Gobierno.
Dentro de palacio, el teniente conservador Filomeno Bravo, sintiéndose traicionado, dio la orden de preparar armas a la columna que custodiaba a Juárez, quién se encontraba de pie apoyando una mano en el picaporte de la puerta tratando de meterse a otra habitación.
¡Armas al hombro! ¡Preparen! ¡Apunten! En el último instante Guillermo Prieto se interpuso entre los cañones de los rifles y con su cuerpo cubrió a Juárez, acto seguido se dirigió a los soldados con éstas palabras que se impusieron a la orden de ¡fuego! “¡Alto, los valientes no asesinan!… ¡sois unos valientes, los valientes no asesinan! Sois mexicanos, éste es el representante de la ley y de la patria”.
El propio Guillermo Prieto escribiría después sobre el suceso:

“Los rostros feroces de los soldados, su ademán, la conmoción misma, lo que yo amaba a Juárez… yo no sé… se apoderó de mi algo de vértigo o de cosa de que no me puedo dar cuenta … Rápido como el pensamiento, tomé al señor Juárez de la ropa, lo puse a mi espalda, lo cubrí con mi cuerpo … abrí mis brazos … y ahogando la voz de “fuego” que tronaba en aquel instante, grité: “¡Levanten esas armas!, ¡levanten esas armas!, ¡los valientes no asesinan … !” y hablé, hablé, yo no sé qué hablaba en mí que me ponía alto y poderoso, y veía, entre una nube de sangre, pequeño todo lo que me rodeaba; sentía que lo subyugaba, que desbarataba el peligro, que lo tenía a mis pies… Repito que yo hablaba, y no puedo darme cuenta de lo que dije… a medida que mi voz sonaba, la actitud de los soldados cambiaba… un viejo de barbas canas que tenía al frente, y con quien me encaré diciéndole: “¿Quieren sangre? ¡Bébanse la mía…!” alzó el fusil… los otros hicieron lo mismo… Entonces vitoreé a Jalisco.

Los soldados lloraban que no nos matarían y así se retiraron como por encanto… Bravo se pone de nuestro lado.

Juárez se abrazó de mí… mis compañeros me rodeaban llamándome su salvador y salvador de la Reforma… Mi corazón estalló en una tempestad de lágrimas.”

Memoria Política de México.