EL AGUA EN EL DESIERTO


La vista del agua en la naturaleza impresiona y estimula. Sea cualquier forma como se manifieste: en pequeños arroyos, en las grandes deltas de ríos anchurosos, en las olas, algunas espectaculares como la Bufadora en la costa de Baja California, en la altas cascadas como la de Basaseachi, en los lagos bajo las sierras de pinares, al pie de los picos nevados, en la inmensidad del horizonte marino.

Pero nunca me causa mayor impacto que cuando la veo en las planicies pobladas por cactáceas bajo el sol ardiente. Así me sucede con el vaso formado por la presa El Granero, en pleno desierto chihuahuense, cuando va terminando el camino polvoso y se presenta ante nuestros ojos. Siempre me ha parecido un espectáculo grandioso.

Podría pasar horas viendo el contraste entre el agua con sus olas suaves y las serranías de figuras caprichosas a su alrededor. Advierto un par de garzas, altas y diferentes a las blancas y azules de la mayoría de los lugares.

Aquí son cafés, del color de la tierra en donde anidan. No estuvieran en estos sitios si no es por la obra construida para almacenar, una vez más, el agua del río Conchos. Hay movimientos ecologistas que rechazan la construcción de más presas, porque alteran y pueden acabar con el medio ambiente natural.

Sin embargo, la historia como fugaz creación humana y la naturaleza eterna, increada, existente por sí misma, han convivido desde la aparición del género humano. Hay que esperar con optimismo, que las acciones de éste no acaben por destruir su plataforma vital, aunque casi todo parece indicar que vamos por el mal camino.


Igual sucede con los ríos.

En las cercanías de la selva Lacandona, a bordo de una lancha nos internábamos por arroyos afluentes del río Lacantún, les comentaba a mis compañeros, pues allá en el norte a éstos que ustedes dicen que son arroyos nosotros les llamamos ríos. Es así nuestro país, para nuestra fortuna, tierra de contrastes en donde nunca nos podemos sentir confinados, ni atados a un solo paisaje o a un solo clima.

Digo que igual me sucede con los ríos porque me acomete una especie de exultación cuando miro a uno como el Bravo o el Conchos, meterse por en medio de las tierras áridas, donde el calor de cuarenta y tantos grados se extiende por cientos de miles de kilómetros cuadrados.

Los ríos del norte de Coahuila, las maravillosas fosas de Cuatro Ciénegas, ofrecen cuadros similares. Parecen hazañas naturales, aunque las hazañas solo las ejecuten los seres humanos.
Pasada la presa de El Granero, donde deja una porción de su agua, ya repartida varias veces curso arriba, el Conchos se apresta a cruzar otro extremo del desierto.

Tiene que vencer la sierra del Pegüis y cavar hondo moldeando el famoso cañón de belleza portentosa, para finalmente entregar al Bravo el agua que todavía trae consigo.

En sus orillas e inmediaciones crece la infinita variedad de la flora del desierto chihuahuense, el ocotillo, el huizache, los diferentes tipos de palmillas, los quiotes, las yucas. Y alberga a la fauna que han dejado los depredadores humanos: coyotes, víboras, gavilanes, venados, liebres, correcaminos, lechuzas…Si no fuera porque es un calificativo impropio, diría que es un rio heroico.

Victor Orozco