EL “TRUMPISMO”, BIDEN Y EL GOBIERNO MEXICANO


En 1823, el embajador español en Estados Unidos Cristóbal de Onís (el mismo que firmó el tratado de 1819, por el cual España cedió a Florida a los EEUU) publicó un libro que resultó premonitorio.

En el mismo afirmaba que había tal antagonismo entre los estados del norte y los del sur de la Unión Americana, que acabarían por hacerse la guerra.

Casi cuatro décadas después sus palabras cobraron realidad, cuando se inició la terrible contienda de secesión (1861-1865) que dejó unos 750,000 muertos.

Si bien había causas económicas en el trasfondo del conflicto, competencias comerciales, control de las rutas transoceánicas, entre otras, la motivación que saltó las barreras e hizo imposible una conciliación fue la esclavitud de los afroamericanos, institución ominosa sostenida contra viento y marea por los sudistas, en contraposición al abolicionismo de los norteños.

No sólo era una forma de explotación del trabajo en la que descansaba el sistema implantado en el sur, sino una inconmovible creencia religiosa fundada en la Biblia, de allí su irreductibilidad.


Estados Unidos se ha convertido en una nación multicultural, con hombres y mujeres llegados de todo el mundo, pero en el corazón de millones de blancos cristianos anidan todavía aquellas vetustas ideas, del pueblo escogido por Dios y que éste decide quien ha de gobernar.

Estos grandes núcleos forman la base electoral de los candidatos derechistas y republicanos, especialmente de Donald Trump. Abundan por todas partes las admoniciones, profecías, exhortaciones para apoyar al todavía presidente.

Muchos están convencidos que él, por decisión de Cristo debe seguir en la Casa Blanca, independientemente de los resultados electorales.

Los vimos marchar armados con fusiles frente a los centros de cómputo y está por verse que harán cuando Joe Biden tome posesión del cargo, junto con Kamala Harris, hija de padre jamaiquino y madre hindú, cuyo nombre es distorsionado por muchos republicanos, como una forma de expresarle su desprecio, después de que Trump la llamó “monstruo”.

Así está la fragmentación política e ideológica en Norteamérica, que alberga hoy a una sociedad preñada de hondos conflictos sociales.


Entretanto, en México varios analistas pretenden, bajo el mágico concepto de “populismo”, que igual sirve para un barrido que para un trapeado, meter en el mismo saco a todos los gobiernos que ellos escogen. Al de Trump lo hacen caber en el costal junto con el de Maduro, antes el de Evo Morales, de Bolsonaro, de Putin y…de López Obrador.

Matan así a varios pájaros de un tiro: borran las diferencias profundas que existen entre todos ellos, sus bases sociales, sus orígenes históricos, sus programas y fijan arbitrariamente supuestas coincidencias.

Ello les sirve para envolverse en las banderas de la democracia, en abstracto.

Así, hoy cantan loas a Joe Biden, anhelando que se convierta en un guerrero contra el “populismo” y meta en serios problemas al gobierno de México. De esta magnitud es el sectarismo que los anima: facción y partido antes de la patria, la nación, la colectividad.


Pero, las relaciones entre ambos países, cuyas economías y culturas se encuentran imbricadas, pueden sufrir alteraciones o quebrantos, por la actitud de un gobernante, pero a largo plazo no dependen de caprichos o arranques arbitrarios.

La mejor y reciente prueba de ello es el propio gobierno de Donald Trump: injurió a los mexicanos, anunció que se construiría el muro entre los dos territorios y que México lo pagaría a la fuerza, amenazó con ahogar a la economía de nuestro país fijando altos aranceles a sus exportaciones, anunció un impuesto a las remesas y hasta habló de una incursión militar.

Los vínculos y las formas se modificaron, pero al final las aguas volvieron a su cauce. Pienso, que menos proclive a ex abruptos y a gestos teatrales, el nuevo presidente Joe Biden, buscará defender y si puede, imponer los intereses globales de los Estados Unidos, pero el gobierno de México tendrá un interlocutor más seguro para hacer valer la soberanía nacional, en el contexto de una gran disparidad, con la cual hemos navegado a lo largo de la historia.

Víctor Orozco.