• EL VIEJO Y SU CABALLO BLANCO *

En una aldea vivía un anciano pobre con su hijo. Nada había que envidiarle a su existencia tan común, pero ese anciano era un sabio.

Una mañana a las puertas de su casa, amaneció parado un hermoso caballo blanco. Cuando el anciano salió, inmediatamente él y el caballo simpatizaron.
El caballo se quedó a vivir en la propiedad del viejo y el rumor corrió por el pueblo, sobre el hecho de que el viejo había encontrado un tesoro.

Los nobles de las comarcas vecinas escucharon las exclamaciones de la gente, y acudieron al pueblo para conocer al caballo del viejo.
Le ofrecieron cantidades fabulosas de dinero por el animal, pero el viejo decía:
-Para mí el no es una propiedad, sino un amigo. ¿Cómo podría vender a mi amigo?”. Si bien era muy pobre, no vendió a su caballo.

Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. En el pueblo se enteraron y le comentaron:
-Viejo tonto. Sabíamos que algún día te robarían el caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. Ahora no tienes el caballo ni el dinero… ¡Qué desgracia!.
-No hagan juicios. – decía el anciano. El caballo no está en el establo, pero todo lo demás son especulaciones. Si es una desgracia o una suerte no lo sé, de hecho, nadie lo sabe, porque esto es apenas un acontecimiento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?”.

La gente se rio de él. Siempre habían creído que el anciano era un poco tonto y que por eso era pobre.
Pasaron dos semanas y el caballo regresó, nadie lo había robado sino que se había alejado porque era libre. Trajo consigo a otros seis caballos hermosos.
Ahora la gente le comentaba:
-Tenías razón anciano, no fue una desgracia sino una verdadera suerte.
-De nuevo se apresuran a juzgar -dijo el anciano.
-El caballo ha vuelto, solo eso. ¿Quién sabe si es una suerte o no? Es solo otro acontecimiento. ¿Cómo pueden con un párrafo juzgar un libro entero?
Esta vez la gente no le pudo discutir nada, pero por dentro sentían que él seguía equivocado. Solo un tonto podría negar la suerte de tener siete caballos hermosos.

El hijo del anciano comenzó a enseñar a los caballos para que trabajaran la tierra y ganarse el alimento. Una semana más tarde, el hijo se cayó de un caballo y se rompió una pierna. La gente no podía evitar hacer sus juicios.
-De nuevo en tu vida la desgracia viejo. Tu único hijo ha perdido su capacidad de trabajar, y a tu edad era tu único sostén. Ahora serás más pobre que nunca.
-Qué obsesión con juzgar. -dijo el anciano. Mi hijo se ha roto una pierna, pero ya sanará. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en episodios y nunca sabemos más que eso.

Sucedió entonces que pocos días después, el país estalló en guerra y todos los jóvenes del pueblo fueron reclutados por el ejército. Sólo se salvó de ir a la guerra el hijo del anciano, pues estaba convaleciente por su pierna rota.
El pueblo entero lloraba a sus hijos, pues era una guerra perdida de antemano y la mayoría de los jóvenes no volverían.
-Tenías razón viejo. Eres afortunado, tienes a tu hijo contigo aún y los nuestros se han ido para siempre.
-Ya no juzguen por favor. -dijo el viejo. Nadie sabe que ocurrirá. Solo Dios sabe si se trata de una suerte o una desgracia.

Moraleja:
Cuando prejuzgas, das una opinión, o pones una etiqueta sin saber, en ese mismo momento te limitas a ti mismo. Quedas atrapado y estancado como esclavo en tu propio juicio.