“La lección de la silla vacía”

La reflexión de hoy va dedicada a tod@s los que han pasado por una situación parecida.
La he compartido pues se lo que se puede llegar a sufrir pero que también todo todo todo puede verse de “otra manera”.

Siempre hay una forma amorosa y pacífica que nos lleva a la comprensión y aceptación, que nunca es lo que sucede sino cómo decidimos vivirlo.

Siempre estar en Paz o en guerra es una decisión propia por mucho que queramos culpar a los demás y que también nosotros dejamos esa silla vacía más de una vez.

Tal vez después de leerla entréis en una nueva comprensión, paz y podáis volver en el tiempo a todas esas situaciones que aún os queman por dentro y sanarlas.
Ojalá sea así.

“La Silla Vacía…”

Hace un par de días fue mi cumpleaños. Como todo buen padre a uno le gusta celebrarlo rodeado de su familia.
Así estaba previsto pero no fue como sucedió.

Mi hijo más pequeño – de 20 años – decidió no acudir a la celebración.
Me felicitó por la mañana y luego se marchó junto a otro de mis hijos a realizar una tarea que les tenía encomendada.
Uno volvió y el otro decidió no hacerlo.

Cuando supe de ello me quedé sorprendido y pensativo.
-!Vaya! – exclamé – ¿Pero no íbamos a comer todos juntos?

De inmediato empecé a escuchar dos voces en mi cabeza.
-Una se quejaba y no lo quería entender.
-La otra me pedía poder verlo e interpretarlo de “otra manera”.

Decidí escuchar a la segunda.

El tiempo y la experiencia me han demostrado que la primera es egoísta y siempre quiere tener razón.
La segunda es la que sé que me da una interpretación que me lleva hacia la Paz y la aceptación.

Esas dos voces, siempre están dentro de nosotros. Una – la primera – grita mucho y cree saber siempre lo que es mejor.
Casi casi no nos deja escuchar a la segunda.
La otra no tiene motivos para gritar, simplemente nos susurra que pidamos una nueva comprensión que el griterío de la otra no nos deja oír.

Así que decidí esperar una respuesta.
Y llegó, siempre llega si reconozco que nunca sé la verdad de nada, que nunca sé lo que más me conviene y que cualquier circunstancia – si uno quiere – se puede convertir en una maravillosa oportunidad de aprendizaje.

Un nuevo razonamiento me fue dado:
Por un lado deseaba que todos estuviéramos juntos. ¿Qué Padre no lo desearía? Al fin y al cabo era mi cumpleaños y si alguien debería estar feliz era yo, ¿No?
Pero algo me decía que por ahí no era…

Muchos años de estudios e introspección me han enseñado algunas cosas.
Una es que en cada momento y situación debo de hacer lo que está en mi mano y no tratar de controlar el resultado:
-“Por supuesto que quería que todos mis hijos estuvieran en la celebración. Por ello así lo expresé en su momento y ellos ya tenían esa información. Lo que decidieran no estaba en mi mano”.

Así que me uní a lo que se estaba dando.
Y lo que se dio era que él decidió no acudir.
Sabía que aquello era una prueba para mí. Todo lo que me altera lo es.

Así que tras la sorpresa inicial volví la mirada hacia mi interior, reflexioné.

-Lo que buscaba era mi propia satisfacción. Estar yo bien y a gusto. A mi manera.
Pero ¿Qué clase de Amor era ese que no admite otros comportamientos?
¿Acaso no era egoísmo?: Mi felicidad por encima de la de los demás.

Si mi hijo prefería no acudir ¿No debía de respetar su opinión?

Me di cuenta de que mi felicidad no puede estar en que para ser feliz las cosas sucedan a mi manera, sino en poder serlo independientemente de cómo ocurran.

El verdadero amor y cariño es permitir que los demás sean y hagan lo que crean mejor para ellos no que hagan lo que yo creo mejor para mí.

Su felicidad debe de ser la mía, conmigo o sin mí.
Así que mientras observaba su silla vacía me lo imaginaba feliz y contento a su manera y no a la mía.
Y ¿Qué Padre no desea ver feliz a su hijo?

Esa comprensión fue el mejor regalo de mi cumpleaños. Esa silla vacía me hizo ver los “vacíos” que aún tengo y que intento llenar controlando lo que sucede afuera cuando la respuesta está siempre dentro.

La verdadera felicidad no es tratar de cambiar nada ni a nadie, es ser y estar en Paz independientemente de lo que ocurra y respetar que otros sean como decidan Ser… con o sin nosotros.

Así que cerré los ojos y soplé las velas a la “Luz” de esa nueva comprensión y vi a mi hijo ausente feliz y contento.

Convertí su felicidad en la mía. Fue el postre perfecto de mi cumpleaños.

Luego recordé unas palabras de Eckhart Tolle:
“Cuando uno acepta lo que ocurre, todo momento es el mejor. En eso consiste la iluminación”.
Así lo creo yo también.

Buen día amig@s

Kriss