Por Carlos Gallegos

LA LUMBRE Y LA HISTORIA.


El miércoles 29 de julio, aquel miércoles de memoria infausta, cuando estaba trasmitiendo en vivo el infiernillo de lumbre y humo que asombró a Delicias, cometí dos deslices: traía la mascarila sanitaria enredada en el cuello y al referirme al edificio que estaba ardiendo a 30 metros de mi espalda, dije que el inmueble siniestrado lleva el nombre del primer presidente de la República nacido en México.


Insomne ante lo vivido durante ese día de espanto, ha eso de la una de la mañana me puse a revisar los mensajes recibidos durante la crónica de la barbarie desatada a causa de la guerra por el agua.


Un visitante cibernético, tan desvelado como yo, me reclamaba lo del cubre bocas mal colocado y lo del presidente, diciéndome a este respecto que él tenía otros datos.
La verdad, no recuerdo si le contesté, porque en eso me llegó el bendito sueño.


Si lo hice, seguramente le ofrecí una disculpa por la falta de previsión anti covid y puse en contexto lo de Sebastián Lerdo de Tejada, como se llamó aquel remoto mandatario.


El supuesto equívoco o mala explicación al estar trasmitiendo a la vez que me capeaba los pedazos de vidrios chamuscados, es el siguiente.


Lerdo de Tejada, quien por cierto se iba a casar con una muchacha de Chihuahua, fue el sucesor de Juárez a la muerte de éste, nació en 1825, en tanto que nuestro país adoptó su nombre actual en 1824.
En esta línea de la historia, quienes lo antecedieron en el cargo no llevaron el gentilicio de mexicanos. Fueron, usted sabe, novo hispanos, Juárez incluído, igual que Comonfort, Miramón y otros.


Espero haber aclarado el asunto y espero también que para futuras trasmisiones, que confío no sean tan traumáticas como la referida, no se me vuelva a ocurrir andarme con sutilezas de la historia.


Pero espero, ante todo, que no se repliquen salvajadas como la que sufrimos esa noche de miedo y rabia.


Actos así no definen, nunca han definido los modos de los delicienses, modos de lucha y trabajo, no de violencia y caos.