LA MUERTE DE PORFIRIO DÍAZ.


En París, Porfirio vivía con Carmelita en su departamento de la casa número 28 de la Avenida del Bosque, donde recibía a sus visitas.


En 1915 contaba con ochenta y cinco años y caminaba todas las mañanas la avenida bajo la sombra de los frondosos árboles, a veces alquilaba caballos y prolongaba sus paseos con su nieto Porfirito, seguía los acontecimientos de la guerra en Europa por los periódicos y en la radio y marcaba sus mapas con banderitas, siempre acompañado por Carmelita, llevaba una vida sosegada y añorando México y su Oaxaca, lo acompañaban también su cocinero, mayordomo y dos camareras que le hacían menos nostálgico el destierro.

De Oaxaca le informaban que ante el acoso de Carranza, el Estado había asumido la Soberanía y era atacado por el ejército Carrancista.


Sus pláticas eran de su tierra y de miles de anécdotas que había vivido. Cuando se empezó a sentir mal, recordó que igual le había pasado en Biarritz, los jadeos, la tos, sólo que ahora se le dormían los dedos y tenía fuertes mareos y le zumbaban los oídos, su médico Gascheau, le comentó a Carmelita y Porfirito que la arteriosclerosis estaba muy avanzada.


Suspendió sus paseos matinales y se sentaba en una silla en la ventana, desde donde miraba los paseantes de la avenida mientras evocaba los atardeceres oaxaqueños con Carmelita, quien le ofrecía platillos de Oaxaca, donde Porfirio manifestaba que quería morir o que su cuerpo descansara.

Para distraerlo Carmelita y sus nietos comentaban sobre la guerra pero él regresaba siempre a su tema favorito, Oaxaca!

Su hacienda de La Noria, sus cosechas, recordaba a su madre y a su hermana Nicolasa, el atole de maíz que le preparaba, sus moles.


A finales de junio, la nostalgia por su tierra lo mantenía en cama, sin ánimo de hablar, se agudizó el hormigueo en sus brazos y los mareos, Carmelita comentaba con don Porfirio que era la fatiga del trabajo de tantos años.


El día 29 se agudizaron sus males, Gascheau comunicó a la familia que el desenlace estaba próximo, por la tarde llegó el sacerdote de la iglesia de Saint-Honoré, ante quien hizo su confesión, y en el altar y capilla que le habían hecho para comulgar y el padre Carmelo Blay del Colegio Pio Latino de Roma le dio la bendición apostólica y lo ungió con los santos óleos.


En la mañana del 2 de julio don Porfirio llamaba a su madre, decía que lo estaba esperando, repetía el nombre de su hermana Nicolasa, mencionaba algo de la Noria, decía que quería morir en Oaxaca, descansar.


Carmelita le decía que en México iban bien las cosas, que todo se arreglaría, don Porfirio cada vez se podía mover menos, se quedó mirando a Carmelita y sonriendo se quedaron sus ojos inexpresivos y vidriosos, como a las seis de la tarde, iluminada su habitación por el sol de julio, todo se terminó. Muy lejos de su patria, pero rodeado de su familia.


El presidente de Francia Poincaré, mandó a su Jefe Militar, se presentó el General Niox, que le había puesto en sus manos la espada de Napoleón, llegaron de la colonia mexicana en París, Londres, España e Italia.
Las honras fúnebres se celebraron en Saint-Honoré l’Eylau, donde quedó depositado el cadáver, año y medio después se sacaron sus despojos para llevarlos al cementerio de Montparnasse. donde se ve una urna de cristal que contiene un puño de tierra de Oaxaca.


Mientras en México, la guerra entre Venustiano Carranza y Francisco Villa desangraba al país, Carranza recibió la noticia en Veracruz por un telegrama que decía:

“Señor Venustiano Carranza, Veracruz: Prensa anuncia estos momentos hoy siete de la mañana murió en Biarritz el general Porfirio Díaz. —Salúdolo afectuosamente.— Juan T. Burns.”

Fuentes: Krauze, Enrique. Biografia del poder, 1: Porfirio Diaz, místico de la autoridad/Enrique Krauze ; invest. iconográfica de Aurelio de los Reyes—México : FCE, 1987.
Guzmán, Martín Luis. México. Editorial: Compañía General de Ediciones. 1958
Carlos Tello Díaz. El exilio, un retrato de familia. Cal y Arena. 1933