lla representa las minorías excluidas del Perú. No sólo por ser mujer trans, sino también porque se identifica como indígena. Ha vivido en carne propia la discriminación. Así que buscará ganar un curul, para dar la pelea por la igualdad de derechos.

Gahela Tseneg Cari Contreras tiene la apariencia de cualquier mujer. Cabello trenzado, uñas largas; boca pintada. Pero su DNI la desconoce. Su documento le asigna el sexo masculino y le adjudica el nombre de Guillermo Junior. Sólo reconoce su fecha de nacimiento y sus 27 años de edad. Esa negación de su identidad de género, a la que está sometida la población transgénero en Perú, la relegó a ser una ciudadana de segunda y le valió ser víctima de discriminación. Por eso decidió postularse como candidata a las elecciones congresales extraordinarias que se realizarán este 26 de enero, con el propósito de exigir igualdad de derechos para las minorías.

Ella no es la primera mujer trans que intenta llegar al Congreso de Perú. A Gahela la antecede la lucha de Belissa Andía Pérez, quien en 2006 se postuló por el movimiento Nueva Izquierda. Al igual que Jana Villayzan Aguilar, quien participó en la misma contienda con el respaldo del Partido Socialista. Ninguna logró su objetivo. Ahora, Gahela tiene la misión de reunir al menos 35,000 votos para alcanzar un curul, dentro de una institución desprestigiada por la crisis política y en un país con altos índices de discriminación. De conseguirlo, haría historia no sólo como mujer trans sino también como representante de la comunidad indígena.

“El Perú está de espalda a la población trans y los indígenas nos enfrentamos además al racismo y a la violencia”, afirma. “En este país, se nos priva de nuestros derechos y el Estado es el primero que niega nuestra existencia. Ahora que somos una población cada vez más visible, queremos que se nos devuelva la identidad y que se nos salvaguarde nuestras vidas. Sé que nadie va a cambiar todo lo que hemos pasado, pero, al menos, podemos hacer que la historia sea otra para los niños trans que vienen”, acota.

Gahela se crío en una zona campesina de la región de Ica. Su vida –tan corta como intensa– reúne buena parte de los males de la historia reciente del Perú. Su madre es una líder campesina, oriunda de Ayacucho, que se salvó de las esterilizaciones forzadas que ordenó el gobierno de Alberto Fujimori. Su padre se vio obligado a huir de Puno por amenazas de los terroristas, que asediaban el trabajo de dirigentes sindicales. Ambos se convirtieron en inmigrantes, al igual que otros 7 millones de peruanos que se movilizaron internamente por razones políticos o económicas.

Dentro de aquel entorno, ella siempre se sintió diferente. Pero fue en la escuela donde se enfrentó por primera vez a la discriminación. “La escuela se convirtió para mí en un espacio de opresión. Esquivar las burlas se volvió mi principal preocupación, antes que estudiar”. Su adolescencia después la vivió reprimiendo quién era y huyendo del acoso. “Al final, no salí del closet. Me sacaron”, cuenta.

“Un hombre, a quien rechacé, fue a mi casa y comenzó a gritar que yo no me dejaba follar. Mi padre me preguntó si era cierto. No pude mentirle. Me pidió que al menos guardara las apariencias y que no saliera por ahí vestido de mujer. En ese entonces, tenía 16 años”.

Su etapa universitaria vendría a cambiarlo todo. Se apuntó a estudiar Derecho y Ciencias Políticas. Allí se sumó a apoyar a varias organizaciones sociales y participó en el V Congreso Nacional de Juventudes, donde descubrió la bandera multicolor que representa a la comunidad LGBT y conoció a activistas transgénero.

Ello fue para Gahela una revelación. “Comencé a averiguar sobre las personas trans y decidí iniciar mi proceso de transición. Sabía que sería difícil, pero nadie me dijo lo rápido con que iba a perderlo todo: mi familia, mis amigos, mi pareja, mi trabajo”.

Tuvo que recurrir a la prostitución por año y medio. Pasó hasta cinco días sin comer. Su familia la rescató y buscaron la manera de “curarla” sometiéndola a una terapia de hormonas masculinas. Intentó suicidarse en varias oportunidades, pero su compromiso de seguir con la lucha por los derechos de su comunidad la llevó a desistir.

“Me convencí que tenía que construir una sociedad distinta, para que los demás trans no tuvieran que pasar por lo mismo”. Hasta que un buen día una psicóloga le hizo entender a sus padres que ella era normal y que debían instruirse en identidad de género.

Desde entonces, Gahela comenzó libremente su transformación. Se dejó crecer el cabello, modificó su vestimenta, empezó a usar maquillaje. Un cambio de apariencia que ha sido sin cirugías ni terapia hormonal. “No pretendo ser una mujer en toda su expresión. Yo cuestiono los cánones de belleza. Soy fiel a mi identidad de género y a mis raíces, porque es parte de quién soy. El problema no es mi cuerpo ni lo que tengo entre mis piernas. El problema es la gente hipócrita y la sociedad. Mi cuerpo y mi existencia es política.”, afirma.

Así se ha mostrado en la campaña. Sin poses ni fachadas, con su sombrero, sus aretes de artesanía andina, su bandera multicolor y su pañuelo verde en pro de la legalización del aborto. Ella siendo Gahela. “Yo quiero abogar por una Ley de Educación Sexual Integral, porque no queremos seguir formando a futuros feminicidas. Luchar por el matrimonio igualitario y mecanismos legales contra los crímenes de odio hacia la comunidad LGTB”.

“La población trans vive en situación de olvido y precariedad”, continúa. “La esperanza de vida de las mujeres trans es de 35 años. Pero en Perú es inferior, porque las condiciones son peores. Nos matan con VIH, morimos en la búsqueda de un cuerpo perfecto o de enfermedades respiratorias por trabajar en la intemperie. Y lo peor es que ni siquiera nos dejan morir felices, porque en la tumba nos ponen un nombre que no nos corresponde, nos visten con un terno y nos cortan el pelo. Eso tiene que acabar”.

Reportaje Univision