Por Víctor Orozco.

En el mes de noviembre de 1910, se produjeron varios alzamientos armados o conatos de ellos en varios lugares del territorio nacional, especialmente en el estado de Chihuahua.

Sin embargo, hay un hecho histórico sobre el cual no debe existir duda alguna: fue en esta entidad federativa donde se inició y desarrolló el movimiento armado a cuyas resultas se puso fin a la dictadura con la toma de Ciudad Juárez el 10 de mayo de 1911. Así lo reconoció y puso en claro el mismo presidente Porfirio Díaz. A este movimiento y no a otro se refirió, en su manifiesto del día 7 de mayo de 1911 al afirmar:


“La rebelión iniciada en Chihuahua en noviembre del año pasado, que por las escabrosidades del terreno no pudo sofocarse a tiempo, ha soliviantado en otras regiones de la república las tendencias anárquicas y el espíritu de aventura siempre latentes en algunas capas sociales de nuestro pueblo”.

Ahora bien, ¿A cuál “rebelión iniciada en Chihuahua en noviembre del año pasado” se refería el viejo dictador?


En los partes militares, informes de las autoridades y en las páginas de las principales publicaciones quedaron registrados los alzamientos y acciones armadas o pacíficas de los vecinos en contra del gobierno porfirista.

La geografía de la naciente guerra consigna cinco regiones en donde comienza a configurarse la insurrección: el noroeste con el alzamiento armado de San Isidro el 19 de noviembre y el asalto al tren de San Andrés el 21 del mismo mes, el Sur, con el ataque a Parral el 20 de noviembre, el noreste donde los vecinos de Cuchillo Parado (Colonia 25 de Marzo, nombre oficial) depusieron a las autoridades el 14 de noviembre abandonando el pueblo y finalmente en la sierra, Moris, Témoris y Batopilas en donde se producen conspiraciones y enfrentamientos.

El alzamiento en los pueblos del Distrito Guerrero.

El gobierno pronto comprendió que el núcleo de la rebelión se configuró en el sector del distrito de Guerrero, pues en el resto, las guerrillas declinaron con rapidez y se unieron a las de éste. En la zona de Ojinaga las acciones rebeldes cobraron importancia hasta 1911.


Uno de los efectos provocado por la insurrección de los pueblos del distrito Guerrero, decisivo en el rumbo de la revolución, fue el viraje suscitado en la dirección maderista que había decidido retirarse por estimar un fracaso el llamamiento nacional. Francisco I Madero, redactó incluso el previsto manifiesto dejando libres de todo compromiso a sus adherentes y luego se retiró a New Orleans hasta donde le llegaron las noticias de los sucesos en Chihuahua.

Alentado por la llama que creció en el noroeste del estado, el líder resolvió ingresar al territorio nacional y dirigirse a esta zona del país tres meses después del alzamiento de San Isidro. Si éste hubiese corrido la misma suerte de sus precedentes, la caída de la dictadura simplemente no habría sucedido, al menos en 1911.

En torno de este grupo formado en los pueblos del distrito Guerrero, se integró en unos cuantos meses el Ejército Libertador bajo las banderas del Plan de San Luis Potosí, cuyas tropas pusieron sitio a Ciudad Juárez e hicieron capitular a su guarnición, hecho determinante para provocar la caída de la dictadura.


Paso ahora a mostrar el desarrollo de la rebelión en el estado de Chihuahua, básicamente del distrito de Guerrero, desde donde cundió hacia el noroeste, en una serie de batallas sucesivas que culminaron con la toma de Ciudad Juárez, el 10 de mayo de 1911 determinando el triunfo de la revolución maderista.

Veamos: El 19 de noviembre de 1910, acaudillados por Albino Frías Chacón y Pascual Orozco Merino, se alzó en armas un grupo de vecinos antirreeleccionistas del pueblo de San Isidro, ya mencionado. Como jefe inicial, por acuerdo unánime se eligió al primero de los nombrados.

Eran casi todos familiares entre sí y habían estado preparando con tiempo la insurrección. Acostumbrados al uso de las armas por varias generaciones, se ocupaban de labrar la tierra, criar animales y a la arriería, un oficio muy socorrido entre los lugareños. Conducían las recuas de mulas desde Chihuahua hasta los minerales y poblaciones de la sierra, llevando y trayendo barras de plata, maquinaria para las minas, abarrotes y toda clase de mercancías. Eran prototipos de la “cultura arriera”, con sus dichos, sus hábitos, sus leyendas, sus saberes, tan antiguos como sabios.


En San Isidro residía don Joaquín Chávez junto con su familia, quien se había convertido en el hombre fuerte de la región y como tal se había adueñado poco a poco de todas las tierras del ejido, reconocidas al pueblo desde 1748.

Era el principal comerciante, propietario de grandes atajos de mulas y a su vez contratista de arrieros menores, como eran muchos de los de San Isidro, entre otros los hermanos Tomás y Pascual Orozco Merino. Varias de las familias poseían tierras en la ex hacienda de Santa Inés, ubicada a unos seis kilómetros del pueblo, que habían pasado de una generación a otra.

Sus agravios contra el gobierno venían de los odiosos privilegios beneficiadores de caciques y mandamases. Tampoco aceptaban la justicia torcida administrada por tribunales a modo de aquellos. La última reelección del general Porfirio Díaz, el encarcelamiento de Francisco I Madero, la persecución de sus partidarios, les parecieron el colmo de la ilegalidad y por tanto, la proclama del Plan de San Luis Potosí, les cayó a la medida de sus inquietudes y aspiraciones: había llegado el momento de tomar las armas.

A la hora de la hora, hubo varios que flaquearon y para mantener el grupo en pie, Pascual Orozco Merino, quien era de los conspiradores más viejos, lanzó un desafío que sabía muy bien tocaría la carne viva del amor propio en estos rancheros: “Si alguien quiere rajarse o todos, nos vamos mi hijo y yo solos”. Nadie se echó para atrás, cuenta la tradición oral.


La primera diferencia de este alzamiento con sus precedentes estribó en el inmediato tránsito a la ofensiva contra las tropas del gobierno. Hicieron acopio de algunas armas en Miñaca, pueblo con una gran actividad económica, sede de un aserradero y de una bulliciosa colectividad de obreros ferrocarrileros, mineros, madereros, migrantes chinos y labradores, además de albergar a una estación del ferrocarril Chihuahua al Pacífico, que desde allí se internaba en la sierra para llegar hasta estación Sánchez. Regresaron la misma noche a San Isidro y luego atacaron a Ciudad Guerrero, por entonces de gran importancia y ubicada a cinco kilómetros de distancia.

La ciudad albergaba unos tres mil habitantes, población ligeramente inferior a la de Ciudad Juárez, cuya guarnición era de noventa y tres soldados, muy cerca del número destacado en la primera. Guerrero era además la sede de la Jefatura Política, primera autoridad del Distrito, una amplia jurisdicción en la cual se comprendían los actuales municipios de Guerrero, Matachi, Temósachi, Madera, Gómez Farías, Namiquipa y Bachíniva.

Dentro de éstos, se alojaba la parte más numerosa de poblados y rancherías existente en el estado, cuyos vecinos mantenían una red de añejos vínculos de parentesco y de variada índole, muchos originados en la guerra larga sostenida contra los guerreros apaches.

La ciudad estaba guarnecida por una tropa de sesenta y cinco soldados al mando del capitán Salvador Ormachea, así como por la policía dependiente del jefe político Urbano Zea.

Éste era un prominente individuo de la clase política oficial y había jugado un rol destacado en la represión a sangre y fuego del alzamiento ocurrido en Santo Tomás, -pueblo siguiente en la cadena de antiguos asentamientos a lo largo de los ríos Basúchil y Papigochi-, auxiliando a la expedición militar en 1893, apenas un año después de la rebelión de Tomochi, en el mismo municipio de Guerrero.


Desde el día 18, las autoridades comenzaron a ejecutar aprehensiones sospechando de alguna conspiración, pues como sucedió en gran número de localidades del país, eran previsibles actos de violencia, en vistas de una revolución anunciada, con día y hora exactos.

La noche del 20 de noviembre comenzó el asedio de Ciudad Guerrero y en la madrugada del día siguiente se habían concentrado en sus afueras varias partidas de hombres a caballo, procedentes de San Isidro y engrosados por contingentes de Pachera, Ranchos de Santiago, San Tomás, del mismo Guerrero y en los días siguientes de Namiquipa y Bachíniva, entre otros. Los defensores se apostaron en la torre de la iglesia, en el edificio de la jefatura política y en el cuartel, así como en las casas de las orillas.

Entre voluntarios, policías y soldados sumaban casi doscientos, frente a un contingente de rebeldes engrosado hora a hora, estimado en unos cuatrocientos hombres de a caballo.

La balacera pronto tomó una víctima en la persona del joven ingeniero agrónomo José María Irigoyen, hijo del eminente maestro Mariano Irigoyen, quien había educado a varios de los asaltantes, entre ellos a Pascual Orozco Vázquez, joven de 28 años, ahora en el mando por haber sustituido a don Albino Frías.


La noticia del ataque corrió como pólvora, pues desde el día 18 el capitán Ormachea había dado cuenta a sus superiores de un posible alzamiento armado.

El 19, sendos telegramas enviados por Enrique Chávez desde San Isidro y por el capitán Francisco Antillón desde Miñaca, alertaron a las fuerzas del gobierno. Fueron estos mensajes las primeros en informar sobre el inicio del movimiento armado en el país.

La respuesta del ejército fue inmediata: temprano en la mañana del 21 de noviembre salía un destacamento militar desde Chihuahua, en el primer tren de pasajeros. Y aquí la introducción de otro suceso notable. (Mañana el ataque al tren en San Andrés)