Poco antes de cumplir los sesenta años Anthony Quinn publicó “El pecado original”, libro de 420 páginas en las que se propuso recuperar sus raíces y hacer un recuento de su vida. Es un libro escrito con sinceridad, sin grandes pretensiones con algunas claves para conocer cómo fueron los primeros años en Chihuahua y cómo concebía él mismo sus éxitos en el cine y en la vida. Algunas páginas son conmovedoras porque logra transmitir el drama de su madre, que fue igual a la de miles de mexicanos que atrapados entre la tragedia de la revolución y la pobreza tuvieron que emigrar a Estados Unidos.


En las tres primeras páginas de su libro Anthony Quinn escribe cómo lo asaltó la necesidad de indagar sobre su pasado. Se presenta como un hombre desesperado que no encuentra paz en la vida, a pesar del éxito y el reconocimiento que ha logrado como artista, entonces el niño que lleva adentro le grita y le indica el camino que debe tomar para lograr reencontrarse consigo. Así lo explica:


“Vivía en Nueva York, en medio de mis bienes, mi familia y mi posición social. En Times Square, se exhibían simultáneamente tres películas mías y, al mismo tiempo, yo actuaba en una obra. Por donde miraran Broadway, encontrarían mi nombre escrito con letras luminosas.


En una ocasión en que tuve que hablar ante un concurrido auditorio intenté expresar mis agradecimientos. Comencé a titubear. Miré a la multitud de rostros afables y expectantes que tenía delante, y en ese momento me escuché decir entre dientes que me sentía un fracaso total. Todavía recuerdo la sorprendida incredulidad y la consternación con que recibieron mis palabras. Todo el mundo quería escuchar unas frases triviales y divertidas y, en cambio, ahí estaba yo afirmando que el éxito no significaba nada para mí.


Cuando terminé, mis anfitrionas aplaudieron cortésmente, pero las había herido. Había dado un estrepitoso faux pas al usar su foro como un confesionario. Yo me dirigí a la casa que poseía en la Seventieth con Park Avenue. Me había costado una fortuna. Tenía seis pisos y cada uno de ellos estaba repleto de muebles de época, pinturas, esculturas y libros valiosos. Pensar en todo lo que poseía no me ofrecía ningún consuelo.


Me embargaba un intenso deseo de llorar, pero mi garganta no reaccionaba. Sentía el dolor más hondo que he conocido, pero no podía derramar una lágrima.


Fue entonces cuando vi al “niño”.
Aquella noche me las arreglé de alguna manera para llegar al final de la función. Traté de enfrentar la verdad, la verdad total de mi vida, aunque el público sólo escuchó una voz áspera que se expresaba con dificultad sobre el escenario. No podían saber con cuánto dolor.
“¿Qué provecho obtiene el hombre de todo el trabajo que emprende bajo el sol?”
Comprendí que todo el trabajo que había realizado era sólo vanidad y profundo dolor.
¿Por qué no encontraba el descanso en la noche?
Ahora que debía estar disfrutando de la madurez de mi vida, ¿por qué nada tenía sentido?
Me ahogaba.
Estaba perdido.
-Niño, ayúdame –grité-. Ayúdame o nos ahogaremos los dos”.


Las primeras referencias de este libro me llegaron en 1999 y ese mismo año lo pude conseguir, pero antes de tenerlo en mis manos y leerlo incubé muchas expectativas porque sabía que se trataba de una autobiografía y esperaba encontrar las respuestas de muchas preguntas que me andaban rondando: ¿Cuál era su verdadero nombre? ¿Dónde había nacido? ¿Quiénes habían sido sus padres? ¿Cómo habían sido los primeros años en Chihuahua? ¿Cuándo había emigrado a los Estados Unidos? etc. Algunas de estas preguntas se respondieron, pero otras quedaron en blanco dejándome la impresión de que en algunos acontecimientos familiares e históricos le había faltado información y para llenar huecos idealizaba algunos de los hechos que fueron fundamentales en su niñez.


El pecado original es un libro voluminoso redactado en 25 capítulos, solamente en los dos primeros escribió de sus ancestros de Chihuahua, pero la información que nos proporciona es muy superficial. Después de leer todo el libro me quedé con las ganas de cuestionar al autor en varios aspectos, por ejemplo, decirle que había desaprovechado a su madre, Manuela Pallares, como informante principal, que debería haber dedicado mucho mas tiempo y muchas sesiones para dialogar con ella para ayudarla a que recordara y hablara de una manera más precisa y amplia en detalles.

Se infiere que todo lo hizo de corrido, quizá en una sola sesión, que la empezó a entrevistar a finales de la década de 1960, y tengo que señalar que las condiciones eran excelentes: él había cumplido cincuenta años y ella transitaba por los sesenta y seis.

La diferencia de edad entre ambos era muy reducida y eso les permitía comprenderse a plenitud, pero tal parece que él se conformó con la primera entrevista y con la información que obtuvo en esa ocasión intentó reconstruir los primeros años de su vida, los tiempos del niño.


No queda claro en la biografía cuándo se separaron Antonio y su madre, pero eso sucedió cuando él era muy chico y fue la abuela Sabina Espinoza quien lo acompañó hasta que él se hizo adulto y alcanzó el éxito en el cine. No hay duda de que fue Sabina quien se encargó de la educación del nieto y no fue algo superficial que se haya diluido con el paso del tiempo, fue la formación del carácter, de la actitud ante la vida y probablemente el machismo mexicano que caracterizaba al actor.

Quien quiera saber de donde surge el carácter, la ideología, las bases morales y las costumbres familiares de Anthony Quinn tiene que remitirse a la abuela, mujer arrogante, independiente, temperamental, de carácter fuerte. Ella nunca se desprendió de su cultura y al contrario, se la transmitió al detalle a su nieto.


De acuerdo a lo que él mismo cuenta en el libro, su madre había sido relegada desde el momento del embarazo. Había sido menospreciada por Sabina y ella sola tuvo que afrontar las calamidades de la época, abandonada por el marido y despreciada por la suegra.


En torno a la entrevista que le hizo Antonio a Manuela, se percibe un viejo resentimiento cuando él le reprocha que cuando era niño, ella había considerado la posibilidad de regalarlo a un joven matrimonio que le garantizaba la mejor educación.

Ella le explica como sucedieron realmente las circunstancias y le deja claro que nunca había tomado en serio, pero él lo asume con reservas y al final su actitud se entiende como la de alguien a quien ya no le interesa recomponer las cosas, como si los sentimientos amargos ya no tuvieran compostura. Por eso queda la impresión de que el reencuentro no significó que se acercaran más estrechamente la madre y el hijo.


Entre otras muchas, estas fueron algunas de las reflexiones que me quedaron después de la primera lectura y yo pensaba en aquellos días que tenía elementos o datos para dialogar con el autor para tratar de ayudarle a conocer mejor cuales eran las condiciones de Chihuahua en 1915, año en que él había nacido. Claro que lo percibía como una fantasía mía porque en ningún momento y en ninguna forma consideraba la posibilidad de que se fuera a dar la ocasión para entablar un diálogo en ese sentido.


De cualquier manera éste es su libro autobiográfico y, hasta donde sé, nadie más ha escrito sobre los primeros años en la vida de Anthony Quinn, por lo tanto es su biografía con los aciertos y las fallas. Cada lector tendrá que aplicar su propio juicio para valorar y decidir hasta donde considera genuino lo que hay en el fondo de cada una de las páginas y sobre todo a las razones que le dieron origen a este libro y que él explicó a su manera.


Sangre de minero.


Revisando las raíces de Anthony Quinn es fácil seguir su rastro, cuando menos por cuatro lugares: 1).- el mineral de Placer de Guadalupe (Aldama) porque de allí eran originarios su madre Manuela Pallares, su abuela María, así como el abuelo José Oaxaca; 2).- Parral porque de esta ciudad era originaria la abuela Sabina Espinoza y Frank Quinn (hijo) ; 3).-Chihuahua, porque fue en esta ciudad donde nació Antonio 4).- Alguna ciudad de Estados Unidos, o de Irlanda donde había nacido el abuelo, señor Frank Quinn (padre).


Con tales datos puedo sugerir que en la genética del actor estaba presente la cultura de los mineros o dicho de manera más popular: por sus venas y arterias circulaba sangre minera.
Además de que era un gran actor, Anthony Quinn tenía las características anatómicas, la personalidad y el carisma para representar a cualquier personaje relevante, especialmente a líderes intelectuales, políticos, militares.


Con estas consideraciones, no puedo evitar la observación de que en su larga trayectoria como actor de cine y de teatro, no se registra ninguna obra o película donde haya protagonizado a un minero. Que lástima que a ningún productor se le ocurrió que él podría haber representado a cualquier personaje de novela o de la vida real ligado al oficio de los mineros o de los gambusinos de cualquier época histórica.

Imagino al actor Anthony Quinn representando a uno de esos gambusinos legendarios que a mediados del siglo pasado proliferaron en todas las minas importantes del estado de Chihuahua, jugándole a la buena y a la mala suerte buscando la “chispa”, bajando sin ninguna protección por los lugares más accidentados y peligrosos, con la esperanza de arrancarle a la tierra unos gramos de oro después de rascar en la roca durante días y noches.


No puedo dejar de imaginar al gran actor representando al personaje central de la novela Germinal, de Emilio Zolá; o al chihuahuense José Inés Salazar que empezó su carrera revolucionaria en las minas de Arizona y Nuevo México; tantos personajes de novela y de la vida real que han sido memorables por su relación con el oficio, como por ejemplo: Pedro Alvarado, Alejandro Shepered. Personajes relacionados con tragedias históricas en los grandes socabones de las minas mexicanas, representados mas o menos en el incendio que tuvo lugar en una de las minas de Pachuca que registró el escritor Rodolfo Benavides en su gran novela “El doble nueve, vida y muerte en las minas mexicanas”.

En 1997 cuando había pasado más de un año de que cargaba entre mis pendientes la inquietud de investigar el origen de Anthony Quinn, cuando recién había concluido la lectura de su libro autobiográfico “El pecado original”, decidí que era el momento de iniciar la investigación donde correspondía. Para el caso, la única referencia que conocía era la fecha de nacimiento que él había señalado: 21 de abril de 1915. Yo suponía en ese momento que su nombre podía ser Antonio Reina, según la versión que me había proporcionado una amiga de Parral, o también podía ser Anthony Quinn de acuerdo a la versión que él sostenía en su libro.


Con estos datos consideré que podía empezar por la búsqueda del acta de nacimiento para verificar nombre verdadero, ciudad y domicilio donde había nacido, así como también nombre de los padres, de los abuelos y de donde eran originarios.


Durante algunas semanas trabajé con los microfilms del Registro civil de la Sala Chihuahua del CIDECH, donde revisé acta por acta todo el año de 1915 buscando los apellidos Reina y Quinn. No encontré el acta en ese año y decidí ampliar la búsqueda revisando también los años 1914 y 1916. La realidad es que esta investigación estaba marcada por el pesimismo porque tenía el antecedente de que años antes, a petición de Anthony Quinn, el señor Miguel Alemán había solicitado que se buscara el acta y como se comprenderá, una petición de esas era para que hubiera realizado “con la lupa”.


Después del fracaso en el Registro civil quise agotar todas las posibilidades, acudí a los archivos de la Catedral, donde después de unos días de estar revisando encontré el acta de bautismo y comprendí que seguramente ese documento se lo habían localizado a Miguel Alemán pues la fecha del 21 de abril coincidía con la que había incluido Antony Quinn en su autobiografía que publicó en 1972.


El encuentro del acta de bautismo fue importante porque me confirmó de manera definitiva que no había relación con el apellido Reyna. Un nuevo dato que encontré en el acta de bautismo es que Anthony Quinn fue bautizado el 11 de julio, casi tres meses después de que había nacido. El nombre que apareció en este documento fue Manuel Antonio, hijo de Francisco “Queen” y Manuela Pallares. En el extremo izquierdo del registro aparecía el nombre Manuel Antonio Queen.


En base a esta información regresé al microfilm del Registro civil y nuevamente revisé acta por acta el mes de abril, pero en esta ocasión hice la búsqueda por el apellido Pallares que era el de la madre, o sea que me olvidé de buscar el nombre del niño y dirigí la búsqueda en torno al nombre de la madre. Muy pronto comprobé que no me había equivocado pue solo necesité un día para encontrar el acta número 1041 donde aparece el registro del niño Manuel Antonio Pallares; esa era la clave del acertijo: nadie había buscado por el apellido “Pallares” todos se habían concentrado en el apellido Quinn.


En base a los datos que me proporcionó este documento pude reconstruir las circunstancias en que había nacido el actor: el día 23 de abril de 1915, en un cuarto de vecindad ubicado en las lomas de la periferia de la ciudad de Chihuahua. Seis semanas después, el 2 de junio, en cuanto la joven madre recuperó las fuerzas, tomó en brazos a su hijo y siendo las diez de la mañana se presentó ante el Juez Manuel López de Nava explicándole que llevaba a registrar a su niño; le tomaron sus datos personales y en el Acta 1041 quedó escrito que ella se llamaba Manuela Pallares, natural del pueblo de Guadalupe, de 18 años de edad, con domicilio en la calle 31 No. 109
Manuela dijo que el niño había nacido en ese domicilio el día 23 de abril de ese mismo año. No informó su situación de soltera, ni que el padre del niño la había abandonado, ni siquiera mencionó el nombre del padre, por lo tanto lo registró como hijo natural, con el nombre Manuel Antonio Pallares.


Nueve días después, Manuela le pidió a sus vecinos Demetrio Espinosa y Tomasa M. Viuda de Alarcón que fueran los padrinos del niño y acompañándose de ellos se presentó ante el cura Cecilio F Martínez, Vicario de la Parroquia del Sagrario de Chihuahua, quien solemnemente bautizó al niño con el nombre de Manuel Antonio, hijo legítimo De Francisco Queen y Manuela Pallares.


Entre el acta del registro civil y la de bautismo se detectan dos diferencias, una en cuanto a la fecha de nacimiento (dos días de diferencia) y otra en cuanto al nombre del niño.

Respecto a la casa donde nació.- El número 109 de la calle 31 correspondía en aquellos años a una loma que se encontraba en las afueras de la ciudad de Chihuahua. Al momento de buscar esta casa me encontré con otro acertijo pues ese número no existía. La razón era simple, en ochenta años había cambiado la numeración y para resolver este nuevo problema tuve que acudir al archivo histórico del Registro Público de la propiedad para buscar la casa de Magdaleno Oaxaca que era el propietario mencionado en el acta de nacimiento.


Durante varias semanas revisé cientos de libros hasta que, finalmente, el 30 de noviembre de 1997 logré ubicar el número 109 que corresponde en la actualidad al número 3109 de la calle Ojinaga. Al día siguiente me dirigí muy temprano a este lugar y allí me estaba esperando otra sorpresa: al tocar la puerta me abrió una señora muy amable a quien le informé que andaba buscando la casa donde había nacido el actor Anthony Quinn, al mismo tiempo le pregunté su nombre y me contestó que ella se llamaba Magdalena Oaxaca, que era maestra jubilada y que ésa había sido su casa desde siempre.


Me invitó a pasar, platicamos ampliamente sobre lo que ella sabía de sus ancestros, me informó que su padre se llamaba Magdaleno Oaxaca y que su familia había emigrado de Parral a Placer de Guadalupe, mineral cercano a la ciudad de Chihuahua.


El viernes 14 de abril de 1997 me trasladé a este lugar donde consulté los libros más antiguos del Registro Civil (1921) entrevisté a varias personas, algunos de apellido Pallares y de allí me pasé Chorreras, antigua hacienda perteneciente al mismo poblado donde vivían algunos descendientes de los Oaxaca. Con todos los datos obtenidos pude reconstruir la parte correspondiente a las raíces del Sr. Manuel Antonio Pallares, conocido mundialmente como Anthony Quinn, estos son los datos principales:.

De acuerdo al testimonio de los hombres mayores del Placer de Guadalupe, mas o menos en 1870 se establecieron los primeros mineros en este pueblo, entre ellos figuró el señor Demetrio Antonio Oaxaca quien se casó con la señorita Ponciana Esparza y con ella procreó ocho hijos, de los cuales el mayor, José, nació en el año 1879.

Demetrio Antonio fue muy afortunado como minero, durante varios años logró grandes rendimientos en la producción de oro; su familia se distinguió como la más poderosa en la región y sus hijos crecieron con todos los privilegios y comodidades que se podían llevar en el estado.
Otra de las familias antiguas del Placer de Guadalupe fue la de Juan Pallares y su esposa Pilar Cano quienes tuvieron siete hijos, de los cuales María, la menor nació aproximadamente en el año 1880.


La niñez y adolescencia de María no tuvo ningún sobresalto, el pueblo era muy chico y las mujeres no contaban con ninguna alternativa para cultivarse o para conocer otros horizontes mas allá de los cerros que rodeaban el mineral. Cuando apenas había cumplido los siete años entró a trabajar en casa de la familia Oaxaca y siete años después, a los catorce fue cortejada por José, el hijo mayor del patrón Demetrio Antonio.


De la relación entre María Pallares y José Oaxaca nació en 1897 una niña que quedó registrada con el nombre de Manuela Pallares y casi al mismo tiempo su padre (José) fue enviado a los Estados Unidos a estudiar en Wisconsin la carrera de Ingeniería.


De allí en adelante, la vida de María y su hija Manuela fue muy azarosa, María sin la protección de su familia y Manuela abandonada por su padre. En estas condiciones María decidió buscar mejor suerte, se fue a vivir junto con su hija Manuela a la ciudad de Chihuahua, casi al mismo tiempo que lo hacían los Oaxaca, durante los primeros años de la revolución.

Por Jesús Vargas.