Precisiones Chihuahuenses

EL CHILANGO ES EL HIJO MIMADO DEL SISTEMA POLÍTICO MEXICANO.

Le subsidian el transporte, las tortillas, la leche; le ofrecen a la vuelta de la esquina las mejores oportunidades académicas y laborales y las resoluciones burocráticas.

EL CHIHUAHUENSE -hijo de su historia- posee la psicología del explotado, engañado y orgulloso que intenta rescatar sus verdaderos rasgos, exacerbada libertad individual, fuertes sentimientos de solidaridad en la lucha y en el trabajo, una propensión al autogobierno, y se le suman las características heredadas de los indios que nos precedieron y que tanto sorprendieron a los aventureros españoles: los indios preferían el exterminio a la colonización, el confinamiento al sojuzgamiento.

1 MAYO, 1989, revista nexos por Alfredo Espinosa

Desde Chihuahua. Alfredo Espinosa envía un extenso comentario (que por razones de espacio sólo se publica parcialmente), sobre la ubicación histórica, política y social de ese estado. Se trata de una reflexión deliberadamente regionalista que enriquece la información y el debate abierto por los números 132 y 133 de Nexos.

Según nos informa Nexos en diciembre de 1988, hace cincuenta años Alfonso Reyes escribió una carta de protesta dirigida a un francés, autor de un manual de “Literatura Hispanoamericana” que no incluía a México. Parafraseando a Reyes dirijo la pregunta a Nexos: “¿Dónde está Chihuahua? si los norteños llamamos México al Distrito Federal y los defeños piensan que fuera de ellos todo es Cuautitlán?”

Como la política de exclusión es una actitud frecuente por parte del centro, aprovecho esta oportunidad para analizar, a vuelo de pájaro, algunas de sus repercusiones y consecuencias. El pasado 6 de julio encontró a Chihuahua sumida en la enconada pugna electoral ya prevista. El bipartidismo tradicional se repartía el botín político. Pasaron varios días antes de percatarse, con sorpresa y atolondramiento, del inesperado ascenso de la tercera opción representada por el cardenismo, que había tenido mínima repercusión entre los votantes chihuahuenses. En su recorrido proselitista por Ciudad Juárez, Heberto Castillo declaró, lastimando el orgullo regional, que “Chihuahua tiene proclividad a una forma de gobierno reaganiana”. Esta afirmación se sumaría a muchas otras procedentes casi siempre del centro, que perciben a Chihuahua como a un estado con aspiraciones separatistas o, peor aún, con intenciones anexionistas.

La situación geográfica del estado, su cercanía con los Estados Unidos, la inquietante apropiación por ese país de nuestro territorio al invadirnos desvergonzadamente poblando de maquiladoras nuestro orgulloso paisaje desértico, se suma a las parabólicas que lucen en las azoteas chihuahuenses como flores metálicas de una improbable bonanza socioeconómica, y a los predicadores callejeros que iluminados por ideas mesiánicas y oscurecidos por los presagios del fin del siglo y del milenio, nos ofrecen, si abandonamos los mezquinos y terrenos intereses, una suite celestial.

Chihuahua, por su parte, exporta braceros a los Estados Unidos, que a su regreso se traen de fayuca todo el imperialismo. Se dice que Chihuahua mira a los Estados Unidos y da la espalda a México. Para Chihuahua, mirar al centro es igualmente descorazonador: esa mirada le recuerda su historia, la de un estado abandonado a su suerte, después de haber sido saqueado y hostilizado constantemente con el envío de licenciados y neocolonizadores deseosos de catequizar, en pleno siglo XX, a los remisos bárbaros del norte. Del centro se reciben esquemas e imposiciones, promesas y decretos pero muy pocas veces, propuestas, ideas, invitaciones al debate. Los defeños parecen bastarse solos incluso para interpretar realidades que jamás han vivido. ¿Acaso el centralismo otorga también el don de la ubicuidad? La penetración cultural, el industrialismo, el ascenso del PAN, la resistencia a aceptar las tradiciones mexicanas como el centro y el sur de Mexico, el rechazo “a lo chilango” y el regionalismo autoidealizador han sido las manifestaciones chihuahuenses más destacadas de los últimos 6 años, y que los discursos del centro, discursos del poder, se apresuran a calificar y estigmatizar.

Son muchas las dolencias y sufrimientos que ha padecido Chihuahua a lo largo de su historia: aquí no hubo colonización sino exterminio; saqueo de sus minas y explotación de sus hombres en vez del intercambio y la complementaridad. Después de la derrota villista, en 1915-16, se perdió el proyecto de un Chihuahua autónomo y en pleno control de su desarrollo social y económico y desde entonces el carrancismo se encarga de reinaugurar otra larga historia -que no cesa- de imposiciones políticas centralistas. Aún en la actualidad, los chihuahuenses, con grandes esfuerzos vencen una tierra ingrata y flaca y la convierten en paridora de frutos deliciosos, en extensos llanos para el ganado, pero según esta perspectiva tales productos continúan alimentando a una holgazana burocracia gubernamental, y el centro paga con abandono, olvido, y cuando se acuerda, con imposiciones.

En consecuencia, el chihuahuense -hijo de su historia- posee la psicología del explotado, engañado y resentido la del orgulloso que intenta rescatar sus verdaderos rasgos, el auténtico rostro que los golpes le han deformado. A aquellos rasgos que supo ver Heriberto Frías en los tomochitecos (exacerbada libertad individual, fuertes sentimientos de solidaridad en la lucha y en el trabajo, una propensión al autogobierno), se suman las características heredadas de los indios que nos precedieron y que tanto sorprendieron a los aventureros españoles: los indios preferían el exterminio a la colonización, el confinamiento al sojuzgamiento.

Pero no hagamos versiones idílicas. El regionalismo chihuahuense no es la imagen de Narciso; una búsqueda de significados diversos que desbordan toda apreciación maniquea. Chihuahua es un estado joven -su capital fue fundada en 1709- y posee una historia muy particular y a ella se tiene que volver cada vez que alguien pretenda interpretar algún fenómeno social. Por ejemplo, no debe pretenderse que Chihuahua viva las tradiciones antiguas y portentosas de Mesoamérica -so pena de calificarlo de “no mexicano”- si esa historia le es casi ajena. No se juzgue apresuradamente el hecho de que a fines de octubre y a principios de noviembre luchen las calaveras del día de muertos en contra de las brujas de Haloween. ¿No antagonizaron, en su tiempo, la Tonantzin indígena con la Guadalupe española? ¿Es esto un hecho vergonzoso, reaccionario?

Nuestro regionalismo es un modo de decir basta, de exigir respeto, de motivarnos a no subsidiar la cultura ni la inteligencia sino intercambiarlas. El regionalismo es un modo real de descentralizar. Es un pronunciamiento político que exige democracia y autonomía a las regiones.

En Chihuahua, las clases medias no se conformaron con asestarle un duro golpe al sistema político mexicano otorgándole, su voto al PAN. Deseaban desfogar la ancestral violencia contra quien lo representara. Pronto esa cólera encontró al chilango. EL CHILANGO ES EL HIJO MIMADO DEL SISTEMA POLÍTICO MEXICANO. Al defeño le subsidian el transporte, las tortillas, la leche; le ofrecen a la vuelta de la esquina las mejores oportunidades académicas y laborales y las resoluciones burocráticas. La televisión nacional y los diarios invitan, por ejemplo, a compartir opciones comerciales y culturales sólo accesibles a los defeños.

El chilango es además el prototipo de todos los estudios de esas difusas teorías de las entidades mexicanas, tan alejadas de la “chihuahuenidad”. Carlos Fuentes, por ejemplo, cosmopolita y defeño, consideró equivocadamente que el lenguaje de la ciudad de México es el mismo para todo el país: “El pueblo vencido debió aprender la lengua de los amos y olvidar la lengua nativa. El castellano es la lengua del otro, del conquistador. En los extremos, esa lengua se emplea para servir humildemente al patrón; es lengua de esclavos, porque es cortés, susurrada, diminutiva, obsequiosa, dulce; y se emplea para gritar, venido el momento, las temibles palabras de la rebelión, el amor, la borrachera. Es el lenguaje de la falta de identidad, el albur ofensivo y la retórica hipócrita”. Aunque en esencia el castellano que se habla en todo México es el mismo, el habla chihuahuense, y norteña en general, se distingue por ser áspera, bronca, claridosa, seca y austera. Con ausencia casi total de las dobleces temibles del albur. Según estas concepciones, el chihuahuense es un apátrida o por lo menos un apóstata.

Después del terremoto capitalino de 1985, las ciudades del norte, que ya anteriormente recibían a cuentagotas y con cierta antipatía a los defeños, se vieron invadidos de la noche a la mañana por los chilangos. Al reponerse de la sorpresa, los norteños descubrieron esas presencias en los empleos que a ellos les correspondían. En efecto, la exportación acelerada que el DF llevó a cabo no valoró las repercusiones de sus decretos. Como de costumbre, el centro impuso por dedazo que las víctimas del sismo se adueñaran de los diversos puestos laborables. Esta disposición lastimó los intereses de los chihuahuenses, que se vieron desplazados sin el mínimo respeto a los escalafones ni a los derechos laborales locales, de los puestos que ocupaban o a los que aspiraban.

¿Qué significados tuvo esta invasión chilanga? Significó un atentado en contra de la soberanía estatal, una afrenta a una sociedad ultraconservadora y a la clase que la representa; una imposición centralista, un rompimiento de ciertos modelos culturales y económicos y, sobre todo, una disminución en las propias posibilidades de progreso. La competencia en las dependencias gubernamentales, en las maquiladoras, en centros educativos, etc., se tornó más feroz, exacerbando el canibalismo, proceso cultural chihuahuense ya antiguo, motivado por la lucha por apropiarse de los bienes cada vez más escasos y envidiar los de los demás.

Ya instalados los defeños en la provincia, ésta comenzó a desquitarse: los anuncios clasificados negaban vivienda y oportunidades laborales a chilangos, proliferaron los chistes, cartelones y calcomanías: “Haz patria: Mata un chilango”. Estas manifestaciones, que rápidamente fueron catalogadas como fascistas obedecían a un hartazgo de la imposición. Ese móvil poderoso elaboró con prontitud una imagen tipificada: el chilango, como estampa de la lotería nacional que exhibía burdamente sus hipotéticos defectos, fue identificado como el sujeto a hostilizar. El estereotipo redujo la complejidad humana a una caricatura. El chilango era chaparro, feo, moreno, relajiento, flojo, alburero, prepotente, labioso, ladino, es decir, lo contrario al estereotipo del chihuahuense que se describe a sí mismo como alto, guapo, blanco, respetuoso, agresivo, de confianza. franco, abierto, etc.

Al estereotipar al defeño como un ser despectivo y grotesco, el chihuahuense elabora su defensa contra la invasión chilanga. Ya no es el turista, ni él neocolonizador transitorio, sino un habitante permanente en el estado. En el fondo, los defeños no son, según su estereotipo, tan desdeñosamente devaluados; todo lo contrario, el chilango se vuelve una seria amenaza y se le teme. El prejuicio contra ellos crece de una manera rápida, violenta y contundente. El vocero de este repudio vuelve a ser la clase media porque fueron sus intereses los más lastimados. Toda reacción aparentemente desproporcionada en lo social o cultural, siempre está vinculada a la afectación de intereses económicos. El milusos es un ejemplo de la injusticia del estereotipo. Este fenómeno, desconocido en el norte del país, fue generosamente nutrido con los niños y jóvenes defeños desempleados que, coincidentalmente, en ese tiempo arribaron a las ciudades con los provenientes de los ranchos y serranías chihuahuenses que abandonaron los campos de siembra por falta de apoyos, para ofrecer la fuerza de trabajo de sus mujeres a la insaciable industria maquiladora. Defeños y chihuahuenses pobres se emplearon en las calles mientras lograban engancharse en el narcotráfico o el bracerismo. Lo rechazable, según el estereotipo de los chilangos, era también la pobreza. Por lo tanto, todo milusos era chilango.

La clase media, portadora innegable de las banderas del regionalismo, interesada en los diversos procesos sociales de Chihuahua y con gran capacidad de impugnación y de movilización, no es ajena a una visión ambivalente y a veces ambigua con respecto al centro del país. Muestra un respeto casi sagrado a las grandes figuras que destacan en el DF y trascienden las fronteras nacionales. No sólo las reconoce ampliamente, sino que las reverencia con devoción. Sus opiniones son aceptadas e incontrovertibles. Quizás por eso, el mismo proceso cultural del regionalismo no se desarrolló ideológicamente desde la perspectiva de los chihuahuenses que suelen digerir, sin cuestionamientos, las opiniones de esos intelectuales. Asimismo, todo chihuahuense que estudia o se capacita en el DF sube notablemente su jerarquía profesional al comparársele a otro, del mismo nivel, que realice sus estudios en universidades locales. Y si un norteño triunfa, en cualquier área, o conquista la gran ciudad, pronto se convertirá en hijo predilecto de su lugar de origen y una calle llevará su nombre mientras se desdeñan valores locales y se escatiman apoyos a los lugareños.

La fórmula de los chihuahuenses involucrados fue sencilla: exaltar idealizadamente sus propios rasgos y conductas y rechazar, con crueldad marginadora, lo contrario. La sencillez de esta ecuación cultural es, en el fondo, una rica veta para explotar los gérmenes fascistas que desprecian lo indígena y propician la peligrosa idea de considerarse una raza superior, idea que innegablemente está presente en algunas esferas de nuestra sociedad.

El regionalismo chihuahuense de los ochenta será acaso recordado más que por el pronunciamiento contra la imposición y por la exigencia del respeto a la soberanía estatal, por la afirmación de una identidad inflexible a través de la cual se justifica una hostilidad contra el defeño; sin embargo, habrá de destacar las múltiples agresiones que el centro ha dirigido a Chihuahua, para comprender estas manifestaciones. Y habrá de recordar que los chihuahuenses están más cerca de las armas que de los discursos.