El día de ayer un sujeto disfrazado de abuelita, arrojó un pastel al cuadro de la Mona Lisa. La simple anécdota me parece brillante. Siempre que estoy en un círculo nuevo de amistades, no pierdo la oportunidad de preguntar qué pieza de arte se robarían y por qué. Desde luego que yo me robaría a la Mona Lisa. Acá mi explicación:

Si hubiera una obra de arte que pudiera tener en mi casa, sería «La Gioconda». Siempre lo he dicho.

La pintura de «La última cena» y la de «La Gioconda» representan una de las afrontas internacionales más inverosímiles de la historia.

Tras la reunificación de los estados italianos, la única Tortuga Ninja que les hacía falta era Leonardo, a quien habían orillado a radicar en Francia. Los escritores de la época coincidían en que la gran obra de Leonardo era «La última cena»; incluso, cuando el rey Luis de Francia invade Milán, quería llevarse la pared de 5 por 8 metros donde se encontraba el mural.

«La Gioconda» terminó en Francia mientras que «La última cena» permaneció en Italia.

En sentido estricto, «La Gioconda» no era nada para los franceses, no más que un mero retrato. No era ni siquiera un cuadro famoso y mucho menos visitado, a tal grado que fue robado y regresado a Italia, quienes se negaron a aceptar la obra al tratarse de un hurto.

Aquí viene lo mejor: los franceses, al enterarse de que «La Gioconda» había sido robada, comenzaron a hacer filas para visitar el lugar vacío que había dejado dicho cuadro —un cuadro que jamás habían visto— el psicoanálisis estudia esto: «añoranza del objeto perdido».

Tras el paso de los siglos, permanece la idea de medir cuál es la mejor obra de Davinci. La anécdota continúa hasta nuestros días: Francia, tras ganar el reciente mundial, el Musée du Louvre publicó un fotomontaje con la Mona Lisa utilizando el jersey de la selección francesa. Es esta la guerra fría más inverosímil de la historia. Estoy seguro.