Una historia real.


Tocaron la puerta…


Vivíamos en la colonia Melchor Ocampo. En la esquina de la calle Sonora y Juan Escutia. Una de mis primas era el centro del universo de la familia. Estudiada, es lo que se decía. Había terminado comercio, cuando la conocí trabajaba en una empresa de muebles famosa sobre la avenida 16 de septiembre.

Era una joven hermosa. Morena clara, ojos vivarachos, cabello largo y negro, manos delicadas y cuidadas. Simplemente hermosa. Una belleza y todos en la familia lo sabíamos.

Educada y respetuosa de todos a su alrededor, responsable y trabajadora y todos en esa casa la respetábamos mucho. Nunca me había dado cuenta de que ella era una gran admiradora de José Alfredo Jiménez.

Le gustaba cantar sus canciones junto con los primos y la tía, pero hasta allí. Nunca creí que profesara esa gran admiración por el gran canta autor y compositor mexicano.


Mi tía y la prima eran la cabeza de aquella familia. Siempre andaban juntas después de trabajar. Iban a comer, a cenar a restaurantes al centro de la ciudad, sin nosotros darnos cuenta y sin invitarnos. Iban de compras al centro de Juárez y al Paso Texas. Siempre estaban dispuestas a escucharnos, a regañarnos cuando fuera necesario y disfrutábamos aquellos años juntos, allí en la casa de la Juan Escutia y Sonora de la Melchor Ocampo.

Existía un programa de televisión de cantantes folklóricos mexicanos en Juárez en aquellos años, era los viernes en la noche. Noches rancheras con el Compadre más Padre. Esa era la noche donde el gran televisor Zenith blanco y negro familiar, prácticamente era secuestrado por la tía, el tío y la prima.

No había poder humano que nos permitiera cambiarle de canal para ver algo más. Previamente preparaban botanas, comida o iban y compraban hamburguesas o flautas de la Pila, para disfrutar su programa de “Noches Rancheras”, “Noches Tapatías”, “Noches Mexicanas”.

Los días de esos programas, sabíamos que verían sus programas y muchas veces cantaban viendo la televisión.


En aquellos años de principios de la década de los años 70`s, existían lugares de diversión en Juárez donde se presentaban a artistas reconocidos a nivel nacional e internacional en vivo en la ciudad. Centros de espectáculos, salones de baile, cabarets, y no se què tanto más. La tía y la prima hacían planes y al parecer iban a ver algunos de esos espectáculos en vivo.

Vieron a Lorenzo de Monteclaro, A Ramòn Ayala, a algunos grupos norteños. Pero al que les encantaba ir a ver era a José Alfredo Jiménez que a veces era acompañado por Alicia Juárez. Fue un sábado en la tarde. Estábamos en la casa de la tía, un amigo, mis dos primos y yo, haciendo planes de que comer.

La tía y la prima andaban de compras en El Paso. En la casa de la esquina de la calle Juan Escutia y Sonora en la colonia Melchor Ocampo, los chiquillos jugaban en el patio o en la calle. Solo éramos nosotros alrededor de esa mesa en la cocina de la casa de la tía discutiendo la programación de los juegos de los Dallas Cowboys, cuando de repente tocaron la puerta.

Se levantó uno de los primos y abrió. Era un señor bajito moreno preguntando por la tía y la prima. Le contestó el primo que sí, que allí vivían, que no tardaban en llegar. El señor se regresó al taxi que estaba estacionado frente a la casa. Se agachó por la ventanilla y algo le dijo a la persona que estaba en la parte de atrás del vehículo. El primo ya se había regresado a la cocina a continuar con la discusión de los juegos de futbol americano, y luego volvieron a tocar la puerta.


Rezongando el primo dice:


“¡Como friegan ¡” se dirigió de nueva cuenta a abrir la puerta. En esta ocasión ya no era el chofer del taxi, sino que tocaba un señor preguntando que, si podía esperar a la tía y a la prima dentro de la casa. El primo preguntó que quién era él que las buscaba y le respondió.


“¡Soy José Alfredo Jiménez¡” Sin saber que responder el primo finalmente le dice:
“Pásele” abrió la puerta e ingresó José Alfredo a la cocina con nosotros. Riéndose nos dice el primo:


“Les presento a José Alfredo Jiménez” Nosotros volteamos lo vimos y nos quedamos mudos de la sorpresa, no lo podíamos creer. Ahí estaba un señor no tan alto y un poco obeso. Vestido de forma informal, zapatos brillosos, pantalón negro, camisa clara y un suéter chispeado negro y blanco. Entró nos dio la mano a cada uno de nosotros:


“¿Cómo les va? ¿Cómo están? ¿Què están haciendo?” Tres preguntas en una y nosotros sin saber que responder. Yo lo veía asombrado, intentando comprender lo que sucedía. Observè una cara cansada, pero expresiva y se sentó con nosotros en la cocina.

Nos preguntó si no nos quitaba el tiempo y si le permitíamos meter su vaso que traía en el taxi, a lo cual el primo le respondió, “Claro adelante” Se levantó, se dirigió ahora acompañado por mí a la puerta, le hizo señas al chofer y el chofer se acercó, luego, se dirigió al auto y sacó un vaso de cristal y una bolsa de papel. Le dio algunas instrucciones al taxista y luego cerró la puerta.

El taxista se retiró, se escuchó el encendido del motor del auto y el taxi se retiró. José Alfredo, pidió hielo y refresco. Hielo si había en el refrigerador, pero el primo tuvo que ir a la tienda del frente de la casa, cruzando la calle a comprar un refresco y regresó. José Alfredo sacó una anforita de licor de la bolsa de papel y se sirvió un trago. Riéndose, nos dijo:


“A ustedes no les puedo invitar esto, pero si refresco”


Y empezó la investigación…


Resulta que la tía y la prima, habían asistido a una de sus presentaciones en el centro de la ciudad y por alguna razón habían llamado su atención. Al final de su presentación, las acompañó en su mesa por algunos minutos.

La tía le hizo la invitación de que cuando quisiera pasara a visitarlas a la casa, tal vez pensando que nunca lo haría. Ese día la sorpresa era que tal vez José Alfredo, aquella tarde no tenía que hacer.

Se sentía solo y decidió ir a visitar a la tía y a la prima a aquella dirección que le habían entregado y allí estaba, no con la tía sino con cuatro pares de ojos, de jóvenes adolescentes inquietos y deseosos por conocer sobre su famosa trayectoria en el mundo artístico de México.


“¿Cómo le va? ¿Por qué anda solo ahora? ¿Dónde vive? ¿A poco si conoció a Jorge Negrete y a Pedro Infante? Debe de ser padre ser artista, ¿Cuántos hijos tiene?” Èl con paciencia nos contestaba. Luego nos preguntó que si nos gustaban sus canciones y uno de mis primos y yo contestamos que sí.


“Nos gusta Ella, El Jinete, Un Mundo Raro” Èl no cantó esa tarde, solo platicaba con nosotros y nos pidió que cantáramos Ella. Mi primo sin vergüenza sabiéndose en casa y tener a tan distinguido público empezó a cantar.

No sé cómo alguna gente llegó al patio, y tal vez, el canta autor, se sintió un poco inquieto, e intranquilo. Nosotros inocentemente, le invitamos a regresar a visitarnos cuando quisiera, pues la tía y la prima no llegaban. Cuatro adolescentes y un famoso artista mexicano, reunidos en una humilde cocina de una colonia popular de ciudad Juárez, compartíamos una experiencia increíble.


“La próxima vez, tráigase a los mariachis” Lo retamos, a lo cual solo se reía y decía:
“Ya veremos, tal vez, a lo mejor” Creo que duró con nosotros poco más de una hora. Regresó el taxista. José Alfredo prometió regresar a visitarnos en su próxima gira y así como llegó se retiró.

Tomó su botella de licor y su vaso de cristal, con los cuáles había llegado. Nos autografío algunos papeles, nos felicitó por cantar sus canciones, entendiendo esto, que tal vez lo hizo solo como cortesía y así como llegó, se retiró.


Ya para esto nosotros, estábamos encantados y no podíamos creer que habíamos estado platicando y cantando con José Alfredo Jiménez. Todavía hoy no lo podemos creer.


Cuando llegaron la tía y la prima, casi lloraban por haberse perdido la oportunidad de no haber estado ellas cuando él arribó. Nosotros agradecidos con la diosa fortuna pues de haber estado ellas, no hubiéramos tenido la oportunidad de estar y platicar con él, pues lo más seguro es que nos hubieran echado para afuera.


Eran los años de 1971-1972.
Pasò el tiempo y…
Raúl Barrón Zúñiga