Hoy me acordé por qué NO me gustaba haber nacido indígena, por qué deseaba haber nacido en la ciudad y creer que eso me haría mejor persona, más valiosa, como si salir de mi pueblo le daría más valor al color de mi piel, dejaría de ser indígena.

Muy equivocada estaba.

Donde sea que vaya seré siempre indígena, aún que a algunas gentes yo no les guste y mi color de piel no cambiará por ir de un lugar a otro, siempre seré yo.

No querían atender a mi pequeña familia en un lugar de comida en el centro de Querétaro, tal vez porque traía mi rebozo, tal vez porque en mi espalda cargaba a mi bebé, por mi cara o no sé.

No tenemos comida, se acabó todo.

El dueño mandó a la mesera a decirnos eso, la regañó por dejarnos entrar.

Solo hubo caldo para nosotros.

Entraron turistas y les dieron la carta, luego aparecieron abundantes platillos muy bien servido y postres…

El dinero que traíamo valía lo mismo que el de ellos y podía pagar cualquier plato de esos.
100 pesos valen 100 pesos en cualquier parte de México y pagan cualquier taco.

No importa lo que duela aún que uno no quiera que duela.

A mis hijas les enseñaré a amar su identidad, sus raíces y que no tengan pena de su cultura, más adelante ellas elegirán si avergonzarse o no. No todo depende de ellas, ni de mí, también de los demás.

Hacía falta una refrescada de memoria, hacía falta que me escarbaran adentro de mi para recordarme de dónde vengo, para recordarme lo valiosa que es mi cultura y lo que soy yo por el simple hecho de ser mujer, para empezar…

Una sonrisa y respeto no paga el elitismo.