Una historia de amor que se entreteje con hilos de oro entre la fortuna y la desgracia, en un majestuoso palacio con más de 60 impresionantes columnas salomónicas, vicentinas, romanas y clásicas, es la vida de los Alvarado, familia que fincó una de las historias más grandes de Parral.

La historia de los Alvarado inicia el 28 de febrero de 1895, fecha en que contraen matrimonio Pedro Alvarado y Virginia Griensen, cumpliendo así el máximo sueño de su vida don Pedro, de casarse con la mujer que tanto amo, doña Virginia.

Don Pedro, millonario dueño de la mina La Palmilla, en repetidas ocasiones se ofreció a pagar la deuda externa de México con Estados Unidos, ofrecimiento que nunca fue aceptado por el gobierno.

A pesar de tener el dinero para comprar todo lo que quisiera, don Pedro no pudo hacer un pacto con la muerte, y en 1905, el cáncer de matriz le arrebató de su lado a la mujer que tanto, quiso y quien le dio 6 hijos.

La trágica muerte de doña Virginia, sucedió dos años después de que se terminara de construir el Palacio Alvarado, casona que el prominente minero construyó para su esposa, quien toda su vida fue pobre hasta casarse con don Pedro.

Algunos datos también, nos dan información de que ella no pudo verla en todo su esplendor, en toda su elegancia, porque muebles y mármol fueron llegando posteriores a su muerte.

LA PRIMERA LUZ DEL DIA

Hoy el Palacio luce majestuoso, el emblemático lugar es donde pega el primer rayo del sol en la ciudad al amanecer; un espectáculo inigualable, mientras la ciudad aún esta obscura; la primera luz la tiene el patio central, donde está la fuente que doña Virginia quiso tanto y que se dice que todavía con el primer rayo de luz, se le ha obervado sentada en un costado metiendo sus manos en el agua, mientras los rayos del sol que se reflejan en el agua van a dar al místico cuadro de “La Entrada al Paraíso”.

El palacio tiene dos pisos, está construida en cantera color marrón. La fachada exterior está excesivamente decorada con muchos detalles escultóricos, en la parte superior una placa en que año fue terminado de construir y en lo más alto, la imagen de una niña sentada, quien es la hija de don Pedro y doña Virginia, Lupita, quien murió cuando tenía 14 meses de nacida, en 1902, un año antes de que se terminara el Palacio, por eso, don Pedro ordenó que la pusieran en lo más alto.

En su interior, las habitaciones rodean un patio central, donde está una fuente con un ángel abrazando un delfín y es ahí donde los visitantes se ponen de espaldas, mientras piden un deseo para después arrojar una moneda.

Algunas habitaciones eran los dormitorios de la familia, otras eran oficinas administrativas y contables de la Mina La Palmilla (entre ellas su despacho), otras eran áreas sociales, para visitas y eventos, y otras eran áreas de trabajo de la servidumbre.

Entre todos los elementos ornamentales de las habitaciones están muebles europeos, hechos con maderas finas como caoba y ébano, murales pintados en las paredes exteriores que dan al patio, baños hechos con mármol y plata, una escalera con peldaños de mármol de carrada (Italia), columnas corintias, iónicas y salomónicas, una capilla privada, sillas forradas de terciopelo, muebles chapeados en oro (elaborados en San Luis Potosí), cortinas de estilo francés, armaduras, instrumentos musicales, cubiertos de plata, jarrones mayólicos (Austria), cuadros que retratan a la familia y al matrimonio de jóvenes.

En el Salón Rojo, una de las salas que más llaman la atención por el lujo que lo compone, en el cual don Pedro organizaba eventos de beneficencia y lo recaudado se destinaba para poner los servicios a la ciudad: energía eléctrica, gas, drenaje. De hecho, puso la primera planta potabilizadora de agua en Parral.

Y en un apartado muy especial, la carroza, que don Pedro compró para su propio funeral y que fue utilizada para trasladar los cadáveres de Francisco Villa, Elisa Griensen y el propio don Pedro, entre otras personalidades; las cortinas de la carroza tienen hilos de oro, con que se entretejen las historias de desgracia y fortuna que envolvieron a tan importante familia Parralense.

LA TRAGEDIA

En un fragmento de un guión de teatro, el editorialista de El Sol de Parral, Mario Alberto Gaytán, describe magistralmente la escena de la frustración de Don Pedro, cuando perdió a su amada esposa, en base a pláticas de personas que estuvieron presentes en ese momento, en el año de 1905.

“Yo soy Pedro Alvarado, el hombre que tuvo el mundo a sus pies. Yo soy Pedro Alvarado, el hombre que dio todo su reino por amor (escandalizando), ¡Eah! ¡Gente de Parral! ¡Vengan! Voy a contar la triste historia de un amor que no se realizó: El amor que nos profesamos mi mujer y yo. El cruel destino me la arrebató, justo cuando más nos sonreía la vida… (Inicia un sollozo) ¡Ah, Virginia, mi amor! ¡Amada mía! Cuanta falta me haces. Ah, Virginia adorada, mi vida no significa nada desde el día que te fuiste. ¿Por qué? ¿No fue lo suficiente mi amor para retenerte aquí en la tierra? Dime qué te hizo falta. Dime si no fue suficiente mover cielo y tierra para curarte, para salvarte.

Dime de qué sirvió todo el oro del mundo, si no pudimos vencer a la muerte, (toma un trago). Han ustedes de perdonar que apenas si pueda hablar, gracias al vino que he tomado. Pero todo lo que digo, es verdadero, estaré briago, pero no soy un mentiroso, ni estoy loco. (Melancólico). Cuando yo conocí a Virginia, inmediatamente me enamoré de su belleza, parecía un ángel caído del cielo. Su cabellera bañaba su espalda, sus pies descalzos dejaban huella al andar; sin embargo, a mí me parecía como si flotara en el aire. ¡Qué mujer! ¡Qué hermosa mujer! Me quedé absorto mirándola. Y pensé: Nada, ni nadie va a impedir que yo consiga su amor. Tampoco tenía mucho qué ofrecerle, mi familia apenas si tenía para vivir. Pero qué importa el dinero, qué importa el lujo, la comodidad; lo que realmente importa es la persona, el amor. Nos casamos en medio de la pobreza y fuimos felices. Después vivimos en la opulencia y fuimos felices. Me dio cinco hijos. Quise entonces darle todo a la mujer que llenaba mi vida, quise demostrarle mi amor con la joya más grande del mundo, fue entonces que se me ocurrió la idea: Una casa inmensa, con lujos. Y con todas las joyas del orbe. Para la construcción del Palacio, contraté al famoso arquitecto francés Amérigo Rouvier y lo mandé traer desde la misma Francia. También mandé traer al pintor italiano Antonio de Canini. Muebles, cantera, herrajes, alfombras, tapetes, cortinas, porcelana de la mejor calidad, de su país de origen, del fin del mundo, a precio de oro.

¡Qué importaba! Era para la mujer que yo amaba. Qué no haría yo por ella.

En 1903 ocupamos la casa, sin que ésta fuera aún terminada. La Palmilla estaba en todo su apogeo. Pero justo cuando pude darte todo lo que merecías, entonces te fuiste… Sabe Dios que prefiero ser pobre y tenerte, que ser rico y perderte.

Mi vida es un péndulo, que va de la pobreza a la riqueza y de nuevo a la pobreza. Mi amor va de la nada al todo y del todo a la nada”.

El fragmento del guión concluye, “Virginia murió el 5 de mayo de 1905, pese a que mandamos traer médicos de todas partes, el cáncer de matriz acabó con ella. Nada hay en el mundo más doloroso para mí que su abandono. Cuando me digo que no está, se derrumba toda mi ilusión, toda quimera