Escritor: Martin Solares ‚úćūüŹľūüēä

‚ÄúVeo con profunda consternaci√≥n y a√ļn m√°s grande indignaci√≥n que el d√≠a de ayer asesinaron cobardemente a dos sacerdotes jesuitas: a los padres Joaqu√≠n Mora Salazar y Javier Campos Morales. No necesito ver el mapa para saber que se hallaban en la sierra tarahumara y no necesito pensarlo un instante para hablar de la vocaci√≥n tan grande que los distingu√≠a.

Se necesita mucho valor y muchísimo amor por los otros para trabajar de por vida con aquellos que carecen todos los días de lo esencial y que deben luchar a brazo partido para obtenerlo. No cualquiera puede tolerar el dolor al ver su dolor, la tristeza al oír las historias que cuentan, o al ver sus condiciones de vida, que parecen tan difíciles de superar y en las cuales, con frecuencia, se ve tan poca voluntad del resto de la sociedad para ayudarlos. Muchos no lo toleran y desvían la vista, cierran los oídos, se van a otra parte.

El padre Joaquín Mora pidió explícitamente servir en ese tipo de colonias o comunidades en cada uno de los estados en los que vivió. Cuando pasó por Tamaulipas eligió a la colonia Pescadores para impartir misas y prestar servicio a la comunidad.

De manera obligatoria nos llev√≥ uno por uno a constatar las condiciones en que viv√≠a la gente en una de las regiones m√°s abandonadas del estado. Luego, nos ped√≠a que don√°ramos ropa, libros, √ļtiles escolares, comida pero sobre todo tiempo para escucharlos y acompa√Īarlos. Si alguno de entre nosotros bromeaba con el talante taciturno del padre, a partir de esas visitas Joaqu√≠n Mora se ganaba el respeto de por vida de cualquiera, como nos ocurri√≥ a sus alumnos. Al ver su ejemplo, incluso las personas m√°s ateas de Tamaulipas se refer√≠an a √©l como un santo.

Cuando llegaba a dar clases a nuestra secundaria ya ven√≠a de impartir misa en esa colonia y de ayudar en la medida de sus posibilidades a alg√ļn miembro de la comunidad. No creo que alguien en este planeta pueda decir que busc√≥ lujo alguno. Nunca le conocimos m√°s de un pu√Īado de camisas, y quiz√° apenas dos pantalones, siempre desgastados, pues si alguna familia le obsequiaba algo de ropa, de inmediato la distribu√≠a entre las personas de la colonia que adopt√≥.

Si nos quejábamos del calor y del poco aire que repartían los ventiladores de la escuela, de inmediato nos hablaba de las condiciones en que vivían en la colonia Pescadores, y de las dificultades de los vecinos ya no para conseguir un aire acondicionado, sino agua potable.
Sin duda ha sido el m√°s silencioso de todos los jesuitas que he tenido la fortuna de conocer. Hab√≠a una manera de hacerlo sonre√≠r de inmediato y era preguntarle por la sierra tarahumara, uno de los primeros lugares al que lo enviaron los jesuitas a ayudar a la comunidad. Por m√°s que amara Tamaulipas, siempre so√Īaba con regresar all√°. Sus historias resaltaban lo apartada que se hallaba esa comunidad, cu√°n urgente era pedir medicinas para ella de manera rutinaria, y sobre todo, de su manera de vivir lo sagrado, que s√≥lo se aprecia en ese lugar.

Era amigo de la lectura, pero sobre todo amigo de un solo libro, que lo acompa√Ī√≥ siempre. Cada vez que llegaba el final de su clase sacaba su cuarteado ejemplar de ‚ÄúMi pie izquierdo‚ÄĚ y nos le√≠a un cap√≠tulo de la c√©lebre autobiograf√≠a de Christy Brown, el joven que logr√≥ sobreponerse a la par√°lisis cerebral para comunicarse con los suyos.

El padre Mora adoraba este testimonio y nos lo le√≠a en espa√Īol mucho antes de que Daniel Day Lewis interpretara en la famosa pel√≠cula al joven discapacitado. S√© que m√°s de treinta a√Īos despu√©s, sus alumnos recordamos la voz del padre Mora, leyendo morosamente cada una de las palabras que componen ese libro, como si fueran escalones que conducen a un sitio mejor.

Personas como los padres Joaqu√≠n Mora o Javier Campos no abundan en este pa√≠s. Costar√° mucho encontrar a dos personas como ellos, dispuestos a dar su vida por un desconocido que lleg√≥ a pedir ayuda, perseguido por un sujeto armado. Desde finales del sexenio de Fox, pero en especial durante los sexenios de Calder√≥n, de Pe√Īa Nieto y en lo que va del presente, este pa√≠s se dedica a cruzarse de brazos ante las v√≠ctimas colaterales de los enfrentamientos entre la violencia delincuencial, a declarar que fue un asesinato entre grupos criminales y que basta con mirar a otro lado para evitar el horror.

La vida de los sacerdotes Joaqu√≠n Mora y Javier Campos, con la elocuencia de su √ļltimo sacrificio, nos demuestra que no es as√≠, que necesitamos abordar la violencia por otras v√≠as. P√©sele a quien le pese, no puede seguir as√≠. Necesitamos una escalera que lleve este pa√≠s a otro sitio: uno en donde se respete la vida. Ojal√° que el ejemplo de Joaquin Mora y Javier Campos nos abra los ojos a la pobre realidad que vivimos y nos recuerde que no es la √ļnica opci√≥n.

Padre Ismael Barcenas SJ
Seres de maldad y oscuridad, apagan la luz de seres de luz, amor y paz, Dios nos proteja, en oraci√≥n clamemos por paz de nuestra tierra‚ÄĚ