“Es más, nosotros mismos refrendamos cada día, a cada minuto y hora, estar al servicio de esa nueva forma de control total”

A todos nos queda claro lo que es una dictadura, o al menos tenemos referencias históricas para identificarla con el poder asumido por una sola persona que controla todo, que ejerce presión pacífica o violenta para ejercer su objetivo y obsesión por ser dueño y amo de las vidas de los demás. Independientemente de las ideologías, las dictaduras están identificadas con un ente monolítico, que interviene en todas las acciones y actividades de la sociedad. Su presencia es innegable porque no se esconde o disfraza, sino todo lo contrario. Se regocija y se jacta de ser el centro de todo.

En el pasado, el gobierno priista por más de 70 años fue calificado como una dictadura perfecta por el escritor peruano Mario Vargas Llosa, luego la quisieron aderezar con el término de “dictablanda” para suavizarlo y diferenciarlo de dictaduras más “duras” como la de Fidel Castro. Era una dictablanda ejercida por el presidente en turno que, cada seis años se reditaba con nuevos estilos, formas y ritos, pero bajo la hegemonía de un mismo partido político. En Cuba se perpetuó una dictadura personal por más de 50 años.

Y en el presente, ¿sería exagerado o atrevido hablar que ahora estamos sometidos a una nueva dictadura, no propiamente de personas, partidos, gobierno o sistemas políticos?

Si relacionamos dictadura con el control único, totalizador y omnipresente de una persona o gobierno, ¿es posible que una fuerza, tecnología o empresas a través de la vigilancia y monitoreo de nuestras vidas sean los nuevos actores de una dictadura, ahora sí perfectísima, que no sólo sabe dónde estamos, qué hacemos, cómo pensamos, qué nos gusta comer o vestir, cuáles son las marcas preferidas, que nos induce a comprar ciertos artículos e inclusive, a base de algoritmos, predicen que libro queremos comprar o donde podrán ser nuestras próximas vacaciones?

Y lo más asombroso e increíble es que no hubo un sometimiento violento como muchas dictaduras lo hacen para acceder y retener el poder, sino fuimos nosotros mismos que aceptamos el yugo. Es más, nosotros mismos refrendamos cada día, a cada minuto y hora, estar al servicio de esa nueva forma de control total.

Es la dictadura, que segundo a segundo obtiene de nosotros el tributo de entregarle nuestros datos personales y privados. Esa dictadura nos exprime hasta lo más íntimo de nuestras vidas. Le entregamos, dócilmente, con plena alegría y de manera gratuita todo lo que quieren saber de nosotros para convertirnos en un producto y luego lo venden a las grandes empresas. Por eso es el trabajo de Google.

Entonces, bienvenidos, lastimeramente, a la dictadura digital.

Y para desglosar la situación de una dictadura digital, en primer término, hemos sido testigos de cómo ha avanzado la digitalización de nuestras vidas (RIBEIRO, 2019) y ha avanzado a ritmo acelerado, “atacando” desde tantos ángulos que es difícil verla en toda su complejidad y más aún analizar críticamente la mega-infra-superestructura que conforma.

Con datos desde 2018, la cantidad de suscripciones a teléfonos celulares es más alta que la cantidad de habitantes en el planeta. En la actualidad, ya hay más teléfonos inteligentes que personas en el planeta. Está el dato de que el 53 por ciento de la población mundial usa internet. En los países más desarrollados, más del 95 por ciento tiene acceso a internet y lo usa a diario. Y del lado de los países menos desarrollados, el 20 por ciento tiene acceso a internet.

Pero, como dice Silvia Ribeiro, la era digital no se trata sólo de computadoras, teléfonos celulares e internet que están omnipresentes en casi todo el planeta, aunque el acceso a ellos mantiene desigualdades históricas. Se trata además de la acumulación masiva de datos sobre las personas y sus interacciones económicas, sociales, políticas por parte de unas cuantas empresas trasnacionales. Se trata del mapeo y digitalización de la información sobre toda la naturaleza y recursos materiales explotables o no. Se trata de los graves impactos ambientales y en la salud que conlleva tanto la producción de aparatos y la basura que generan, como la inmensa infraestructura para conexión y la capilaridad de sus radiaciones electromagnéticas. Se trata de cambios profundos en las formas de producir en todos los rubros industriales –sean urbanos o rurales–, se trata de rupturas en las formas de vender y comprar, tanto a nivel micro como en el comercio nacional e internacional.

La incursión de grandes corporaciones que han convertido internet como el negocio de la atención es considerada un nuevo imperio colonialista, a través de la tecnología, con el gran ingrediente que, en lugar de crear una resistencia, somos fervientes vasallos con incidencia definitiva en nuestras pautas de conducta y comportamiento. Somos súbditos atados a una cultura consumista.

Por ejemplo, el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, de la noche a la mañana se convirtió en uno de los 8 hombres más ricos del mundo. Y Facebook no es una empresa que produzca algún bien. Su negocio ha sido conectar unos con otros, extraer información que nosotros mismos proporcionamos inocentemente, crear perfiles de los millones de usuarios y ofrecerlos a las grandes empresas. Nosotros somos el producto que ellos venden.

Por un lado, nosotros compramos el dispositivo -el teléfono celular- pagamos un plan o compramos tiempo y por ese mismo canal nos extraen nuestra información personal. Pagamos por comunicarnos, pagamos por hablar. ¿Qué negocio tan lucrativo hay?

Otro aspecto altamente preocupante es que ese dispositivo nos coloca, y pagado por nosotros mismos, una especie de pulsera electrónica para que de información de donde nos desplazamos, lugares que visitamos, nuestros recorridos, que equivale a tener una cámara de vigilancia “inteligente” que reporta y procesa nuestros movimientos, identifica nuestras rutinas y salidas extraordinarias. Todo lo registra, todo lo procesa mientras que nosotros seguimos aferrados a cargados a todas partes y todas horas “nuestro” celular.

La polémica está es que esos dispositivos los hemos incorporado a nuestra vida como prótesis de nuestro cuerpo que, como grilletes hemos decidido que sean nuestros permanentes acompañantes, nuestros compañeros de alcoba, nuestra pareja inseparable, nuestro todo.

Una consultora política que trabajó para la empresa Cambridge Analytica (KAISER, 2019) creía que los datos personales, que se obtenían y que es recogida por los teléfonos inteligentes, redes sociales y otros hábitos online, podían ser una fuerza para el bien. En las elecciones cuando gana Donald Trump esta empresa fue contratada para ganar las elecciones y se dio cuenta del enrome riesgo para la privacidad y para las elecciones libres y decepcionada y sorprendida escribió este libro para denunciarlo. Es el negocio de Big data: si no cambiamos la forma con la que trataba nuestros datos, nuestra democracia nunca volverá a estar a salvo.

Existe otra visión conocida como capitalismo de vigilancia (ZUBOFF, 2020) que establece que el ámbito de lo digital está conquistando y redefiniendo todo lo que nos es familiar antes incluso de que hayamos tenido ocasión de meditar y decidir al respecto. Hacemos pública exaltación del mundo conectado en red por las múltiples formas en las que enriquece nuestras capacidades y posibilidades, pero este mundo también ha engendrado territorios completamente nuevos de preocupación, peligro y violencia, al tiempo que se ha ido desvaneciendo toda sensación de que el futuro sea predecible.

Todo indica que el principio rector en la actualidad es: una vida sin celular, la vale la pena vivir. 

RIBEIRO, Silvia, 2019, La dictadura digital, https://desinformemonos.org/la-dictadura-digital/

KAISER, Brittany, (2019) La dictadura de los datos, Ed. Harper Collins, México.

ZUBOFF, Shoshana (2020), La era del capitalismo de la vigilancia, editorial Paidós, España.

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