Durante décadas fue mucho más que la cafetería de la Facultad de Artes de la UACH. Fue punto de reunión, comida casera, conversaciones entre clases y parte de la memoria universitaria de generaciones enteras. Este domingo anunció su cierre.
Hay lugares que forman parte de una universidad sin aparecer en ningún plan de estudios.
El “Café de Lito” era uno de ellos.
El domingo 23 de agosto, la cafetería de la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Chihuahua anunció a través de Facebook que cerraba sus puertas. La imagen elegida para comunicarlo decía mucho sin necesidad de demasiadas palabras: el local completamente vacío.
La noticia provocó reacciones de tristeza entre estudiantes, docentes, trabajadores y egresados del Campus 1. No era solamente el cierre de un establecimiento para comer entre clases; para muchos significaba despedirse de un pedazo de su vida universitaria.
El cierre ocurre meses después del fallecimiento de Rafael Carreón Olivas, “Lito”, el pasado 1 de enero.
Una historia familiar que comenzó en 1964
Para entender lo que representaba este lugar hay que regresar más de seis décadas.
La historia comenzó en 1964, cuando don Rafael Carreón, padre de Lito, inició el negocio en la entonces Escuela de Bellas Artes.
En 1985 enfermó y perdió la vista, por lo que Rafael Carreón Olivas tomó las riendas junto con su familia.
Su apodo también tenía historia. Aunque su abuela le decía cariñosamente “Rafaelito”, durante la primaria su padre lo llamó “Lito” frente a sus compañeros y el nombre terminó acompañándolo durante buena parte de su vida.
Con los años, la cafetería se convirtió en un negocio verdaderamente familiar.
Llegaron a participar cuatro generaciones de los Carreón, entre ellas Rafael Carreón Martínez, hijo de Lito, y posteriormente uno de sus nietos.
También hubo años difíciles
La historia del Café de Lito no fue lineal.
En 1996, la familia perdió el espacio que ocupaba dentro de la escuela. Pasaron 12 años antes de que pudiera recuperarlo, en 2008.
Y volvió.
Quizá por eso hablar del lugar únicamente como una cafetería se queda corto.
Durante años atendió principalmente a estudiantes de Artes, pero también recibió a universitarios de Filosofía y Letras, Derecho, Ciencias Políticas y Odontología, convirtiéndose en uno de esos pequeños puntos donde distintas generaciones y carreras terminaban cruzándose.
Sopa azteca, huevos rancheros y una torta universitaria
También estaba, por supuesto, la comida.
Uno de los platillos más recordados era la sopa azteca de pollo, preparada por la esposa de Lito con una receta familiar que, según se contaba, guardaba con tanto celo que ni siquiera él conocía completamente.
Le seguían los huevos rancheros, además de entomatadas, molletes, burritos y montados.
Pero quizá ningún alimento resume mejor la historia del lugar que la llamada “torta universitaria”.
Preparada con carne molida y soya, la receta venía desde la generación de los padres de Lito y, en sus primeros años, llegó a venderse por apenas un peso.
Décadas después seguía en el menú.
Algunos antiguos estudiantes regresaban a la facultad y volvían a pedirla. No necesariamente porque fuera solamente una torta, sino porque hay sabores capaces de llevarnos de regreso a una época completa.
Cuando una cafetería se convierte en memoria
Eso es probablemente lo que explica la reacción provocada por el cierre.
Las universidades también se construyen con estos lugares.
Con la mesa donde alguien estudió antes de un examen. Con el desayuno comprado después de llegar tarde. Con el maestro que se sentaba a conversar con sus alumnos. Con amigos que años después dejaron de verse. Con generaciones que cambiaron mientras detrás del mostrador permanecían rostros conocidos.
Durante más de seis décadas, la familia Carreón acompañó una parte de la historia universitaria de Chihuahua.
Hoy el espacio está vacío.
Pero miles de estudiantes y egresados todavía pueden recordar qué pedían, con quién se sentaban y cómo se sentía entrar ahí entre una clase y otra.
Y quizá esa sea la mejor manera de medir lo que realmente significó el Café de Lito:
no por todo lo que vendió, sino por todas las historias que ocurrieron alrededor de sus mesas.
Redacción por: Jesús Cota
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