Por Jorge Cruz
Durante años en México —y en Chihuahua también— tomar no era solo tomar. Era pertenecer. Era señal de fiesta, de éxito, de desestrés, de “aquí estamos”. El alcohol estaba metido en la comida, en el negocio, en el after, en la carne asada, en la boda, en el estadio y hasta en la forma de convivir.
Pero algo se está moviendo.
Y no, no es que la raza se haya vuelto persignada. Más bien, a las nuevas generaciones ya no les compra igual la idea de que divertirse es destruirse. La cruda dejó de verse como anécdota simpática y empezó a verse como lo que muchas veces es: mala decisión, gasto inútil, menos energía y cero rendimiento al día siguiente.
Eso cambia todo.
Porque cuando cambia la mentalidad, cambia el mercado. Ya no alcanza con vender cheve o botella. Ahora hay que vender experiencia, ambiente, identidad, plan. Hoy muchos jóvenes prefieren un lugar con buena vibra, buena música y algo que subir a Instagram, antes que una peda pesada que los deje fundidos.

Y eso, la verdad, no habla de una generación aburrida. Habla de una generación más selectiva.
En Chihuahua este tema merece leerse con seriedad. Acá seguimos teniendo una cultura social donde el alcohol pesa fuerte. Está normalizado, está presente y muchas veces hasta se celebra de más. Pero también somos una ciudad que quiere verse moderna, competitiva, atractiva y con mejor calidad de vida. Y esas dos cosas no siempre empatan.
No puedes vender una ciudad de bienestar, deporte, talento y futuro… mientras sigues romanticando el exceso como si fuera parte del ADN local.
El verdadero cambio no es que la gente deje de tomar por completo. El cambio es que ya no quiere que el alcohol sea el centro de su personalidad. Y eso, francamente, suena bastante más sano.
Porque hay algo que antes no se decía tanto: mucha gente tomaba no por gusto, sino por presión social. Por encajar. Por no ser “el raro”. Por seguir la corriente. Hoy empieza a verse otra cosa: personas que dicen “no gracias” sin sentir que se salen del grupo. Y eso también es progreso.
A la industria del alcohol esto le pega. A bares, antros y restaurantes también. Pero más que un problema, puede ser una sacudida inteligente. El negocio que entienda que el consumidor de hoy quiere más control, más opciones y mejor experiencia, va a sobrevivir. El que siga apostando solo al descontrol, se va a ir quedando viejo.
Tal vez no estamos viendo el fin de la peda.
Estamos viendo el fin de una época donde la peda era obligatoria para sentirse parte de algo.
Y, la neta, en una ciudad como Chihuahua, que quiere dar el siguiente paso, eso no tendría que preocuparnos. Tendría que ponernos a pensar.

Por Chihuahua Es Cultura