Quiero que mis hijos regresen seguros a casa

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La seguridad también se mide en la tranquilidad con la que una familia espera que todos vuelvan a casa

Por Jorge Cruz Camberos

“Avísame cuando llegues”.

Se lo digo a mis hijos casi todas las noches.

La realidad es que casi nunca estoy bajo el mismo techo para escuchar la puerta. Por eso, ese mensaje pesa distinto. Es la forma que tengo, desde donde estoy, de saber que ya llegaron bien.

Reviso el teléfono más veces de las que quisiera admitir. Vuelvo a ver la hora. Y no me quedo tranquilo hasta leer esas palabras en la pantalla.

Creo que muchos papás y mamás de Chihuahua vivimos algo parecido, cada quien a su manera.

Esa espera callada también es inseguridad.

No la que aparece en el periódico, sino la que cargamos solos y casi nunca decimos en voz alta.

La seguridad, para una familia, no se mide solamente en cifras.

Se mide en cosas mucho más sencillas.

En una calle bien iluminada. En una parada de camión donde una hija pueda esperar sin miedo. En un parque donde los niños jueguen mientras sus papás platican. En una patrulla que sí pasa.

También se mide en todo lo que dejamos de hacer sin darnos cuenta.

Dejamos de caminar por ciertas calles. Pedimos ubicación en tiempo real. Elegimos la ruta más larga porque la otra está oscura. Cambiamos horarios. Cancelamos planes.

Poco a poco nos acostumbramos al miedo.

Y creo que esa es una de las derrotas más silenciosas de una ciudad: que una familia deje de vivirla con libertad y empiece a vivirla con cautela.

La seguridad no se construye solamente después de que algo sucede.

Se construye antes.

Con calles iluminadas, tecnología, policías que conozcan su colonia, parques recuperados y vecinos que se organizan y se cuidan entre ellos.

Una ciudad segura para las mujeres es una ciudad más segura para todos.

Ellas piensan dónde estacionarse, evitan caminar solas y hablan por teléfono para sentirse acompañadas. Y, cuando son mamás, esa preocupación se multiplica.

No podemos seguir respondiendo solamente con un “ten cuidado”.

La ciudad también tiene que hacer su parte.

Ninguna familia quiere educar a sus hijos desde el miedo.

Queremos que salgan, que tengan amigos, que hagan deporte, que trabajen, que conozcan Chihuahua y que aprendan a moverse solos por la vida.

Pero también queremos que regresen.

Y quienes no siempre estamos ahí para verlo con nuestros propios ojos, lo sentimos todavía más.

No deberíamos tener que escoger entre darles libertad o mantenerlos seguros.

Yo quiero las dos cosas para mis hijos, estén donde estén esa noche.

Sueño con un Chihuahua donde ningún papá ni ninguna mamá tenga que mirar el teléfono con el pendiente clavado en el pecho.

Donde una hija llegue a su automóvil sin miedo.

Donde un hijo regrese tranquilo de entrenar.

Donde “avísame cuando llegues” vuelva a ser una frase de cariño y no la única manera de sentirnos cerca.

Porque, al final, así también se mide la seguridad:

En que nuestros hijos puedan salir a vivir su vida.

Y regresar seguros a casa.


ES! Visión

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