La ciudad que queremos dejarles | Capítulo 5
Durante años les dijimos a nuestros hijos: estudia, prepárate, saca una carrera y vas a tener un mejor futuro. Muchas familias hicieron enormes sacrificios para cumplir esa promesa. El problema es que hoy un título universitario ya no garantiza una buena oportunidad.
Por Jorge Cruz Camberos
Hay una imagen que siempre me emociona.
Una graduación.
Los muchachos con toga, tomándose fotos, abrazándose, aventando el birrete. Y alrededor de ellos están sus familias.
Pero a veces me gusta observar más a los papás que a los graduados.
Porque detrás de esa sonrisa hay una historia que casi nunca aparece en la fotografía.
Está el papá que trabajó horas extras.
La mamá que fue guardando dinero cada mes para completar la colegiatura.
La familia que dejó para después cambiar el carro, salir de vacaciones o arreglar la casa.
Y también están quienes hicieron cuentas durante años para pagar transporte, computadora, libros, renta o incluso mandar a su hijo a estudiar fuera de Chihuahua.
Todo por una idea muy sencilla:
que nuestros hijos tengan una vida mejor que la nuestra.
Creo que pocas cosas representan mejor lo que queremos los papás.
Durante décadas, además, había una ruta que parecía bastante clara: estudia, consigue una carrera, encuentra un buen trabajo y empieza a construir tu vida.
Casa. Familia. Patrimonio. Futuro.
Pero algo cambió.
Hoy muchos jóvenes terminan la universidad y descubren una realidad para la que nadie los preparó.
Mandaron veinte currículums.
Luego cincuenta.
Luego cien.
Y cuando finalmente aparece una oportunidad, muchas veces el sueldo no corresponde ni al esfuerzo realizado ni a los años que pasaron estudiando.
Y entonces llega una pregunta incómoda.
¿Para esto estudiamos cinco años?
No creo que eso signifique que estudiar haya dejado de valer la pena.
Al contrario.
La educación sigue siendo probablemente una de las mejores herramientas que podemos darles a nuestros hijos.
Pero tenemos que reconocer algo: una carrera universitaria, por sí sola, ya no garantiza una oportunidad.
Y como papá, eso me preocupa.
Cumplieron su parte
Hay algo que me parece particularmente injusto.
Durante años les dijimos a nuestros hijos exactamente qué tenían que hacer.
“Estudia”.
“Échale ganas”.
“Termina tu carrera”.
“Prepárate”.
Muchos lo hicieron.
Cumplieron su parte.
La pregunta es si nosotros, como ciudad, estamos cumpliendo la nuestra.
Porque no podemos pedirles a nuestros jóvenes que hagan todo bien y después entregarles una economía donde no encuentren espacio para crecer.
Y tampoco podemos sorprendernos cuando los mejores deciden irse.
A Monterrey.
A Guadalajara.
A Querétaro.
A Estados Unidos.
O a cualquier lugar donde encuentren mejores oportunidades.
El problema no es que quieran conocer el mundo. Eso es buenísimo.
El problema sería que quieran regresar a Chihuahua y no encuentren razones para hacerlo.
Desde las empresas también tenemos que reconocer algo
Como empresario he visto el otro lado del problema.
Hay empresas buscando talento y jóvenes buscando oportunidades.
Y, paradójicamente, muchas veces no se encuentran.
Tenemos egresados preparados, inteligentes y con muchísimas ganas de trabajar, mientras las empresas batallan para encontrar determinados perfiles técnicos, ingenierías, especialistas digitales o personas con ciertas habilidades.
Eso debería decirnos algo.
No necesariamente tenemos un problema de talento.
Tenemos un problema de conexión.
Entre lo que enseñamos.
Lo que están demandando las empresas.
Y, todavía más importante, lo que va a demandar la economía dentro de cinco o diez años.
Porque preparar a un joven solamente para las vacantes que existen hoy también puede ser llegar tarde.
El mundo laboral que viene será muy diferente
Chihuahua tiene frente a sí oportunidades extraordinarias.
Manufactura avanzada.
Industria aeroespacial.
Automatización.
Electrificación.
Semiconductores.
Inteligencia artificial.
Energía.
Logística.
Servicios especializados.
Muchas de las industrias que van a transformar la economía mundial pueden encontrar en Chihuahua un lugar para crecer.
Pero atraer una fábrica no es suficiente.
La verdadera victoria ocurre cuando un muchacho de Chihuahua puede entrar a esa empresa como técnico, crecer como ingeniero, convertirse en gerente y algún día desarrollar su propia compañía proveedora.
Eso es desarrollo económico.
No solamente contar empleos.
Construir oportunidades.
Y tenemos que quitarnos otro prejuicio
No todos nuestros hijos necesitan una licenciatura tradicional.
Y decirlo no significa aspirar a menos.
Un técnico altamente especializado en automatización, mantenimiento industrial, robótica, programación o procesos de manufactura puede tener enormes oportunidades profesionales.
En algunos casos, incluso mejores que las de ciertas licenciaturas.
Durante mucho tiempo confundimos éxito educativo con tener un título universitario colgado en la pared.
Quizá deberíamos empezar a medirlo diferente.
¿Qué sabe hacer ese joven?
¿Qué problemas puede resolver?
¿Qué tan preparado está para seguir aprendiendo?
¿Qué oportunidades tiene para construir una buena vida?
Eso debería importarnos mucho más que el nombre del título.
La conversación debería empezar antes de elegir carrera
A los 17 o 18 años les pedimos a nuestros hijos tomar una de las decisiones más importantes de su vida.
Y muchas veces la toman con muy poca información.
¿Cuánto gana realmente alguien que estudió esa carrera en Chihuahua?
¿Cuántos empleos existen?
¿Qué industrias están creciendo?
¿Qué habilidades serán necesarias dentro de diez años?
¿Qué carreras están saturadas?
¿Qué nuevas profesiones están apareciendo?
Esa información debería estar al alcance de cualquier familia.
Porque elegir qué estudiar no debería depender solamente de una feria universitaria, de lo que estudiaron los amigos o de cuál carrera “suena bien”.
Tenemos que ayudarles a tomar mejores decisiones.
La ciudad que quiero dejarles
Yo sí quiero que mis hijos conozcan otras ciudades.
Que estudien fuera si tienen la oportunidad.
Que viajen.
Que compitan con los mejores.
Que conozcan el mundo.
Pero también quisiera que algún día puedan voltear hacia Chihuahua y pensar:
“Aquí también puedo construir mi futuro”.
Esa debería ser una de nuestras grandes obsesiones como ciudad.
Que una familia pueda hacer el enorme esfuerzo de educar a sus hijos sabiendo que ese sacrificio tendrá posibilidades reales de convertirse en una oportunidad.
Para lograrlo necesitamos universidades mucho más conectadas con las empresas, empresas involucradas desde antes en la formación de los estudiantes, educación técnica de primer nivel y una estrategia económica que atraiga industrias capaces de pagar mejores salarios.
Pero, sobre todo, necesitamos escuchar más a nuestros jóvenes.
Preguntarles qué están viviendo cuando salen de la universidad.
Porque detrás de cada currículum que nadie respondió hay un muchacho preguntándose qué hizo mal.
Y muchas veces la respuesta es:
nada.
Hizo lo que le dijimos que hiciera.
Ahora nos toca a nosotros construir una ciudad donde ese esfuerzo encuentre una oportunidad.
Porque no quiero un Chihuahua que eduque extraordinariamente a sus jóvenes para después exportarlos.
Quiero una ciudad donde puedan irse porque quieren conocer el mundo, no porque aquí no encontraron futuro.
Una ciudad donde estudiar, prepararse y esforzarse vuelva a sentirse como una promesa que sí podemos cumplirles.
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