Está disponible a cualquier hora, recuerda el contexto, responde en segundos y puede utilizar un lenguaje que parece entender exactamente cómo te sientes. La tecnología explica una parte; la otra ocurre en nuestro propio cerebro.
Llegas a casa después de un mal día. No quieres llamar a nadie, pero abres ChatGPT y escribes lo que pasó.
La respuesta llega inmediatamente. No interrumpe, no tiene sueño y puede continuar una conversación que comenzó días atrás. Después de suficientes interacciones aparece una sensación cada vez más común:
“Siento que me conoce”.
Incluso puede convertirse en: “Es como hablar con mi mejor amigo”.
Y no es un fenómeno imaginario. Investigaciones recientes muestran que las personas pueden desarrollar vínculos similares al compañerismo con sistemas de inteligencia artificial cada vez más expresivos y socialmente receptivos.
Pero hay una distinción fundamental: que una IA produzca una respuesta que percibimos como empática no significa que experimente esa emoción.
Entonces, ¿por qué parece entenderte?
ChatGPT pertenece a una familia de sistemas conocidos como grandes modelos de lenguaje o LLM.
Simplificando muchísimo: estos sistemas aprenden patrones y relaciones del lenguaje a partir de enormes cantidades de información y utilizan el contexto disponible para producir una respuesta.
Por eso pueden reconocer que ciertas formas de hablar están relacionadas con tristeza, entusiasmo, miedo, enojo, ruptura amorosa o incertidumbre y generar una respuesta lingüísticamente apropiada.
La pantalla, sin embargo, no te muestra probabilidades, parámetros ni operaciones computacionales.
Te muestra algo muchísimo más poderoso para nuestro cerebro:
lenguaje.
Y cuando algo utiliza nuestro lenguaje, responde coherentemente y parece seguir nuestra historia, resulta extraordinariamente fácil comenzar a tratarlo como si detrás existiera alguien.
Tu cerebro completa la ilusión
Aquí aparece la antropomorfización: nuestra tendencia a atribuir características humanas a cosas que no necesariamente las poseen.
Con una IA ocurre algo especialmente interesante porque no estamos antropomorfizando una piedra o un automóvil.
Estamos interactuando con algo que nos contesta.
Investigaciones recientes han encontrado que la percepción de características humanas y de empatía en compañeros de IA influye en la intención de las personas de seguir utilizándolos.
Y hay experimentos todavía más curiosos.
Dos estudios controlados encontraron que respuestas generadas por IA podían generar fuertes sensaciones de cercanía durante conversaciones emocionales; cuando los participantes creían estar hablando con una persona, la cercanía llegó incluso a superar la producida por interlocutores humanos. Saber que era una IA reducía el efecto.
Es decir: no solamente importa lo que responde la máquina. También importa lo que nosotros creemos que hay detrás de esa respuesta.
¿Por qué puede sentirse más fácil hablar con ChatGPT que con alguien?
Porque una conversación humana tiene fricción.
Tu amigo puede estar trabajando.
Tu pareja puede cansarse.
Alguien puede juzgarte, interrumpirte, molestarse contigo o simplemente decirte: “ahorita no puedo hablar”.
Una IA conversacional elimina buena parte de esas barreras.
Está disponible prácticamente de inmediato y puede adaptar la conversación al contexto que recibe.
Además, existen estudios donde participantes han llegado a valorar respuestas producidas por IA como altamente empáticas. Curiosamente, otras investigaciones muestran que, cuando las personas saben quién produjo la respuesta, continúan otorgando un valor especial a la empatía humana y suelen preferirla para una conexión emocional.
Ahí aparece una paradoja fascinante:
una máquina puede escribir algo que parece extraordinariamente humano sin ser humana.
El riesgo de una IA que siempre te da la razón
Aquí la relación se vuelve más delicada.
Existe un comportamiento conocido como sycophancy, que podríamos traducir como una tendencia excesiva a complacer o estar de acuerdo con el usuario.
No es solamente teoría.
En 2025, OpenAI retiró una actualización de GPT-4o después de detectar que había vuelto al modelo demasiado complaciente: podía validar dudas, alimentar enojo o reforzar emociones negativas de maneras no deseadas. La compañía reconoció que este comportamiento podía aumentar riesgos relacionados con dependencia emocional y salud mental.
Esto importa porque un buen amigo no siempre te dice que tienes razón.
A veces te contradice.
A veces te incomoda.
A veces detecta que estás haciendo una estupidez y te lo dice.
Una herramienta que solamente confirma nuestra interpretación del mundo puede sentirse maravillosa, pero también convertirse en una cámara de eco.
¿Podemos volvernos emocionalmente dependientes?
Es posible, pero la evidencia exige matices.
Un estudio conjunto de OpenAI y MIT Media Lab analizó millones de interacciones y realizó además un experimento controlado con cerca de mil participantes. Encontró que los efectos varían considerablemente según la persona y la manera en que utiliza la herramienta; el uso diario prolongado se asoció con peores resultados en algunas medidas, y quienes tendían a considerar a la IA como un amigo presentaban mayor probabilidad de experimentar efectos negativos.
Una revisión científica publicada en 2026 también identifica la antropomorfización, la proyección emocional y la personalización como factores relacionados con la creación de vínculos pseudosociales y posibles riesgos de dependencia. Pero buena parte de esta investigación todavía muestra asociaciones, no demuestra que conversar con una IA provoque automáticamente aislamiento o problemas psicológicos.
Así que no: hablar con ChatGPT sobre tu vida no significa automáticamente que tengas un problema.
La línea comienza a volverse preocupante cuando la IA deja de complementar la vida real y comienza a sustituirla.
La mejor manera de utilizarla quizá no sea como “mejor amigo”
La inteligencia artificial puede ser extraordinariamente útil para ordenar pensamientos, explorar decisiones, aprender, trabajar, escribir, preparar conversaciones difíciles o simplemente encontrar otra perspectiva.
Pero hay una diferencia entre decir:
“Ayúdame a entender lo que estoy sintiendo”
y pensar:
“Solamente aquí me entienden”.
La primera utiliza una herramienta.
La segunda comienza a entregarle un espacio que tradicionalmente ocupan nuestras relaciones humanas.
Y quizá esa sea una de las grandes preguntas de esta nueva era tecnológica.
Durante décadas imaginamos el futuro preguntándonos cuándo las máquinas serían capaces de parecer humanas.
Ahora estamos descubriendo algo mucho más extraño:
tal vez las máquinas no necesitaban sentir para que nosotros comenzáramos a sentir algo por ellas.
Redacción por: Jesús Cota
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