Por Jesús Cota
Viendo el desfile conmemorativo del 16 de septiembre, como cada año, es inevitable sentir orgullo al observar a las Fuerzas Armadas, la Guardia Nacional y, particularmente en Chihuahua, a las corporaciones estatales y municipales.
Ver a tantos elementos, su preparación, vehículos, tecnología, equipamiento y capacidad operativa también me lleva, desde hace varios años, a hacerme la misma pregunta:
Si tenemos todo ese equipo, tecnología y, sobre todo, grandes elementos —capital humano—, ¿por qué seguimos teniendo tanta violencia en México?
Quiero dejar algo claro desde el principio: hago esta pregunta desde mi perspectiva como ciudadano y periodista.
No soy especialista en seguridad pública, no tengo formación militar ni conozco desde dentro las estrategias operativas o de inteligencia de las corporaciones. Precisamente por eso escribo este artículo como una reflexión y no como alguien que pretende tener la solución a un problema tan complejo.
¿Nos acostumbramos a la violencia?
México lleva tantos años hablando de homicidios, enfrentamientos, desapariciones, crimen organizado y hechos violentos que a veces pareciera que estamos perdiendo nuestra capacidad de asombro.
Hay regiones del país donde la violencia ha modificado profundamente la vida cotidiana de sus habitantes.
Estados como Sinaloa, Guanajuato, Baja California, Estado de México, Guerrero, Morelos y el propio Chihuahua han enfrentado distintas expresiones y momentos de violencia.
Y entonces vuelvo a mirar las imágenes del desfile: elementos preparados, vehículos, armamento, tecnología e instituciones de los tres niveles de gobierno.
Y vuelve la pregunta:
¿Qué nos está faltando?
Porque quizá el problema no consiste únicamente en tener más policías, más patrullas o mayor capacidad de fuerza.
De hecho, la propia Estrategia Nacional de Seguridad contempla cuatro ejes: atención a las causas, consolidación de la Guardia Nacional, fortalecimiento de inteligencia e investigación y coordinación con las entidades federativas.
Eso nos habla de un problema bastante más complejo.
¿Y qué pasa en Chihuahua?
Aquí quiero hablar particularmente de Chihuahua, porque es donde vivo, donde ejerzo el periodismo y donde puedo observar de manera más cercana lo que sucede.
A través de conferencias de prensa y de la información que presentan las autoridades municipales y estatales, hemos conocido operativos, detenciones, inversiones en tecnología, equipamiento y diferentes estrategias de seguridad.
También sería incorrecto afirmar que no existen avances.
Durante 2026, las propias autoridades estatales han reportado reducciones en homicidios dolosos. En agosto, por ejemplo, el Gobierno del Estado informó que Chihuahua había registrado su cifra mensual más baja desde marzo de 2016 y una reducción superior al 24% durante los primeros ocho meses de 2026 frente al mismo periodo de 2025.
Eso debe reconocerse.
Quienes vivimos en Chihuahua capital también podemos desarrollar nuestra vida cotidiana, salir, trabajar, acudir a restaurantes, eventos o espacios públicos prácticamente a cualquier hora.
Eso no significa que el problema esté resuelto.
Ni mucho menos.
Chihuahua todavía enfrenta hechos violentos y existen regiones del estado con realidades muy diferentes a las que podemos experimentar quienes vivimos en la capital.
Por eso creo que tampoco debemos caer en ninguno de los dos extremos: ni afirmar que absolutamente todo está mal, ni conformarnos porque algunos indicadores hayan mejorado.
Tener capacidad no necesariamente significa tener resultados
Tal vez ahí está el punto que más me hace reflexionar.
Podemos tener vehículos de última generación, armamento, cámaras, centros de mando, tecnología y miles de mujeres y hombres formando parte de las instituciones de seguridad.
Pero la seguridad pública no depende únicamente de la capacidad de reacción.
También requiere inteligencia, investigación, prevención, procuración de justicia, coordinación entre autoridades y estrategias capaces de atacar las causas y estructuras que generan violencia.
Una patrulla puede ayudar a detener a una persona.
Pero después debe existir una investigación.
Debe intervenir una fiscalía.
Debe integrarse correctamente una carpeta.
Debe existir coordinación institucional.
Y, finalmente, debe funcionar el sistema de justicia.
Por eso quizá la pregunta que me hago cada 16 de septiembre está incompleta.
No debería ser solamente:
“Si tenemos todo este equipo, ¿por qué sigue existiendo violencia?”
Quizá debería ser:
“¿Qué hace falta para que toda la capacidad que tiene el Estado se traduzca en mayor seguridad para las personas?”
Podemos reconocer y también cuestionar
Creo que ambas cosas pueden hacerse al mismo tiempo.
Podemos sentir orgullo y respeto por los hombres y mujeres que integran nuestras Fuerzas Armadas y corporaciones de seguridad.
Podemos reconocer cuando existen resultados positivos.
Y también podemos exigir a los gobiernos federal, estatales y municipales que expliquen sus estrategias, rindan cuentas y continúen mejorando sus resultados.
Porque cuestionar una estrategia de seguridad no significa atacar a quienes diariamente salen a realizar labores de seguridad.
Son cosas diferentes.
El propio Gobierno Federal reconoce actualmente que la seguridad requiere coordinación entre Federación y entidades federativas, además de inteligencia, investigación, Guardia Nacional y atención a las causas.
La pregunta que me queda cada 16 de septiembre
Termina el desfile.
Los contingentes se retiran, los vehículos regresan a sus instalaciones y nosotros continuamos con nuestra vida cotidiana.
Pero cada año me queda la misma reflexión.
México tiene Fuerzas Armadas, Guardia Nacional, policías estatales y municipales, fiscalías, tecnología, armamento, inteligencia y miles de elementos trabajando todos los días.
Y aun reconociendo que existen indicadores que han mejorado —el Gobierno Federal reportó recientemente una reducción de 53% en el promedio diario de homicidios dolosos entre septiembre de 2024 y agosto de 2026—, la violencia continúa siendo una realidad para muchas comunidades del país.
Por eso sigo haciéndome la misma pregunta:
¿Qué nos falta para que toda esa capacidad institucional se traduzca en una seguridad que realmente podamos sentir todos los mexicanos?
No tengo la respuesta.
Pero creo que, como ciudadanos y como periodistas, nunca deberíamos dejar de hacer la pregunta.
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