Cada semáforo que perdemos es un momento menos en la mesa, en una tarea o en un partido de fútbol. Y ese tiempo ya no vuelve.
Por Jorge Cruz Camberos
“Salimos más temprano… y aun así llegamos tarde.”
Escucho esa frase cada vez con más frecuencia.
Voy a ser honesto: no es mi realidad. Vivo cerca de mi oficina y mis hijos viven cerca de mí. Tengo la fortuna de moverme por Chihuahua sin que el tráfico me robe demasiado tiempo.
Pero eso no significa que no vea lo que está pasando.
Veo el claxon que suena antes de que el semáforo cambie a verde. Veo al conductor que invade otro carril para avanzar un par de metros. Veo caras de frustración en personas a las que apenas les empieza el día y ya sienten que van perdiendo.
Lo curioso es que, si comparamos a Chihuahua con otras ciudades del mismo tamaño, todavía tenemos una movilidad privilegiada. No vivimos los embotellamientos de Monterrey, Guadalajara o la Ciudad de México. Sin embargo, ya empezamos a sentir el mismo desgaste.
Y eso debería preocuparnos.
Porque el verdadero costo del tráfico no se mide en minutos. Se mide en momentos.
En el papá que llega cuando su hijo ya terminó el entrenamiento. En la mamá que cancela una vuelta al parque porque todavía le falta cruzar media ciudad. En la cena familiar que empieza con todos cansados, tensos y viendo el reloj.
Cada minuto atrapado en un semáforo es un minuto que no estamos con quienes más queremos.
Y la ciudad sigue creciendo.
La pregunta no es si tendremos más tráfico. La pregunta es si vamos a prepararnos antes de que el problema nos rebase.
Hoy todavía estamos a tiempo.
Necesitamos semáforos realmente inteligentes, capaces de adaptarse al flujo vehicular en tiempo real. Necesitamos coordinar mejor los horarios escolares y laborales para evitar que toda la ciudad salga exactamente a la misma hora. Necesitamos fortalecer el transporte escolar y aprovechar la tecnología para identificar dónde se generan los verdaderos cuellos de botella, en lugar de tomar decisiones con base en percepciones.
Las empresas también podemos hacer nuestra parte. Horarios flexibles, trabajo híbrido cuando sea posible y una mejor distribución de los horarios de entrada pueden reducir miles de traslados simultáneos sin construir un solo puente.
Porque la movilidad ya no es solamente un tema de ingeniería vial.
Es calidad de vida.
Las mejores ciudades del mundo no son las que tienen más carriles. Son las que les devuelven tiempo a sus ciudadanos.
Y quizá ese debería ser el objetivo de Chihuahua: construir una ciudad donde el crecimiento económico no signifique sacrificar las horas más valiosas del día.
Porque nuestros hijos no recuerdan cuánto tardamos en llegar a casa.
Recuerdan si llegamos a tiempo para estar con ellos.
ES! Visión
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