La vivienda cada vez cuesta más, los salarios alcanzan menos y formar patrimonio parece alejarse. Pero todavía podemos construir una ciudad donde tener casa propia no sea un privilegio reservado para unos cuantos.
Por Jorge Cruz Camberos
Hace poco imaginaba una escena que seguramente se repite en muchas familias de Chihuahua.
Una pareja joven entra a una casa en venta. Recorre la cocina, abre los clósets, se asoma al patio y, por unos minutos, comienza a imaginar su vida ahí.
Piensan dónde pondrían la mesa. Cuál podría ser el cuarto de un futuro hijo. En qué pared colgarían las fotografías familiares.
Después preguntan el precio.
Y la ilusión se convierte en una conversación de números: cuánto tienen ahorrado, cuánto podrían pagar al mes, cuánto les prestaría el banco y cuántos años tendrían que comprometer su ingreso.
Muchas veces salen de esa casa con la misma pregunta:
¿Algún día podremos comprar algo propio?
Esa pregunta no habla solamente de vivienda. Habla de futuro.
Para muchas generaciones, comprar una casa significaba estabilidad, patrimonio y la certeza de tener algo que dejarles a los hijos. Hoy, para miles de jóvenes, ese sueño empieza a sentirse cada vez más lejano.
Los precios de las casas han crecido más rápido que muchos salarios. Los enganches son difíciles de reunir. Los créditos se vuelven compromisos de décadas. Y las viviendas más accesibles suelen construirse cada vez más lejos de los centros de trabajo, las escuelas y los servicios.
Entonces aparece una falsa disyuntiva: comprar lejos o rentar para siempre.
No deberíamos aceptar ninguna de las dos como un destino inevitable.
Chihuahua necesita una política de vivienda pensada no solo para construir casas, sino para construir patrimonio.
Eso implica comenzar por algo básico: generar más vivienda dentro de la ciudad y no únicamente en sus orillas.
Tenemos terrenos vacíos, zonas subutilizadas y corredores urbanos que podrían recibir vivienda accesible, bien conectada y cercana a los empleos. Una ciudad más compacta reduce traslados, disminuye costos familiares y permite que las personas vivan más cerca de las oportunidades.
También debemos impulsar esquemas de vivienda para quienes hoy quedan en medio: personas que ganan demasiado para recibir ciertos apoyos, pero no lo suficiente para comprar una casa en el mercado tradicional.
Ahí caben modelos de renta con opción a compra, créditos con enganches más accesibles, garantías para jóvenes trabajadores y programas conjuntos entre gobierno, bancos, desarrolladores y empresas.
Las empresas también pueden participar.
Durante años hablamos de prestaciones laborales únicamente en términos de sueldo, seguro médico o bonos. En el futuro, ayudar a los trabajadores a formar un enganche, acceder a financiamiento o comenzar un ahorro patrimonial podría convertirse en una de las prestaciones más valiosas.
También necesitamos recuperar la cultura del ahorro desde temprano.
No podemos esperar que una persona comience a pensar en su patrimonio a los 35 años, cuando ya enfrenta renta, hijos, colegiaturas y gastos familiares. La construcción de una casa propia debería comenzar con el primer empleo y con instrumentos sencillos de ahorro e inversión.
Pero hay algo todavía más importante.
Debemos dejar de pensar que el problema de la vivienda se resuelve construyendo fraccionamientos cada vez más alejados.
Una casa barata deja de ser barata cuando obliga a una familia a tener dos automóviles, gastar horas en traslados y vivir lejos de escuelas, parques, hospitales y centros de trabajo.
La verdadera vivienda accesible no se mide solamente por el precio de venta.
Se mide por cuánto cuesta vivir ahí.
Chihuahua tiene la oportunidad de hacer las cosas de manera diferente.
Podemos promover barrios con vivienda de distintos precios, transporte eficiente, espacios públicos y servicios cercanos. Podemos utilizar mejor el suelo que ya existe. Podemos facilitar la construcción vertical en zonas adecuadas. Y podemos diseñar incentivos para que los desarrolladores produzcan vivienda para distintos niveles de ingreso.
No se trata de regalar casas.
Se trata de crear condiciones para que el trabajo vuelva a alcanzar para construir patrimonio.
Porque una ciudad donde los jóvenes no pueden comprar vivienda es una ciudad que, poco a poco, los obliga a irse, a postergar decisiones o a depender permanentemente de sus padres.
Y una ciudad donde las familias no pueden formar patrimonio también se vuelve una ciudad más desigual.
La casa propia no garantiza la felicidad. Pero sí puede representar seguridad, estabilidad y una base desde la cual una familia puede avanzar.
Cuando pienso en la ciudad que queremos dejarles a nuestros hijos, pienso en una Chihuahua donde una pareja joven pueda entrar a una casa, imaginar su futuro y no sentir que ese sueño está fuera de su alcance.
Que puedan hacer cuentas.
Que puedan ahorrar.
Que puedan esforzarse.
Y que, con reglas claras, mejores salarios y soluciones inteligentes, algún día puedan cerrar la puerta de su propia casa y decir:
Esto lo construimos nosotros.
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