Imaginemos por un momento una capital que hubiera apostado su expansión hacia San Guillermo, Santa Eulalia y Aquiles Serdán. ¿Tendríamos una ciudad diferente? ¿Estaríamos mejor conectados con el resto de la región?
Por Jesús Cota
Basta con recorrer el norte de Chihuahua para darse cuenta de que la ciudad sigue creciendo. Nuevos fraccionamientos, desarrollos residenciales, establecimientos comerciales e inversiones industriales están transformando zonas que, con el paso de los años, comienzan a tener una dinámica muy distinta.
Y aunque Chihuahua también ha crecido hacia el poniente y el oriente, hay algo particularmente interesante en su expansión hacia el norte.
Un ejemplo es el sector de Paseos de Chihuahua y el corredor que se extiende rumbo a Santa Lucía, donde encontramos nuevos desarrollos y establecimientos como The Home Depot Norte. A esto se suman proyectos industriales como el Complejo Industrial Bafar Norte, que reflejan el interés empresarial por seguir invirtiendo en esta parte de la capital.
Es evidente que el norte se ha convertido en uno de los protagonistas del crecimiento urbano de Chihuahua.
Pero mientras observaba cómo se transforma esta parte de la ciudad, me surgió una pregunta que probablemente muchos nunca nos hemos hecho:
¿Qué hubiera pasado si Chihuahua hubiera apostado por crecer principalmente hacia el sur?
Y no me refiero únicamente a construir más colonias o abrir nuevas calles. Hablo de imaginar una ciudad completamente diferente a la que conocemos.
Una Chihuahua que pudo mirar hacia otro lado
Pensemos por un momento que, durante las últimas décadas, las grandes inversiones inmobiliarias, los complejos industriales, las plazas comerciales y los proyectos de infraestructura hubieran encontrado su principal oportunidad hacia el sur y el sureste de la capital.
Quizá hoy tendríamos grandes desarrollos habitacionales rumbo a San Guillermo, una mayor conexión urbana con Santa Eulalia y una relación todavía más estrecha con Aquiles Serdán.
Tal vez hablaríamos de corredores comerciales, nuevas vialidades, hospitales, universidades y centros de trabajo distribuidos en una dirección completamente distinta.
Incluso podríamos imaginar una mayor integración económica con municipios como Meoqui y Delicias.
No necesariamente porque ambas ciudades hubieran terminado unidas físicamente a Chihuahua —las distancias siguen siendo considerables—, sino porque una apuesta sostenida por la infraestructura hacia esa región pudo haber fortalecido las conexiones comerciales, laborales y de movilidad.
¿Se imaginan una capital donde el desarrollo hacia el sureste hubiera tenido el mismo protagonismo que hoy observamos en diferentes sectores del norte?
Probablemente nuestra manera de desplazarnos, trabajar, comprar una vivienda y hasta entender la ciudad sería distinta.
¿Seríamos una metrópoli diferente?
Hay un detalle interesante: Chihuahua ya forma parte de una zona metropolitana junto con Aldama y Aquiles Serdán.
Es decir, la relación metropolitana no es solamente una posibilidad imaginaria; existe y forma parte de la planeación regional.
Sin embargo, una cosa es compartir una zona metropolitana y otra muy diferente es construir una ciudad donde los municipios estén mejor conectados, sus habitantes tengan servicios cercanos y existan oportunidades económicas distribuidas de manera equilibrada.
Ahí es donde nuestra pregunta cobra sentido.
Quizá una mayor apuesta hacia el sur y el sureste habría acelerado la integración urbana con algunas localidades vecinas.
O tal vez habríamos terminado con los mismos problemas de tráfico, distancias y servicios, pero trasladados a otra parte del mapa.
Porque crecer no siempre significa desarrollarse mejor.
¿Y por qué hemos crecido hacia el norte?
Sería demasiado sencillo pensar que alguien decidió un día que Chihuahua debía crecer hacia el norte y que todos los empresarios siguieron esa instrucción.
Las ciudades no funcionan así.
Su expansión responde a una combinación de disponibilidad de terrenos, inversión privada, infraestructura, actividades económicas, condiciones geográficas y decisiones de planeación tomadas a lo largo de muchos años.
En Chihuahua, además, no podemos ignorar factores como la disponibilidad de agua, las características del terreno y el costo de llevar servicios públicos a las nuevas zonas habitacionales.
Por eso tampoco sería correcto asegurar que crecer hacia el sur habría sido automáticamente una mejor decisión.
Lo interesante es cuestionarnos si hemos aprovechado todas las posibilidades de desarrollo de nuestra capital y su región.
Porque mientras seguimos construyendo nuevos fraccionamientos, también necesitamos preguntarnos quién construirá las escuelas, dónde estarán los hospitales, cómo funcionará el transporte público y cuánto tiempo perderán las familias trasladándose diariamente de un extremo a otro.
Una ciudad puede tener cientos de nuevos negocios y miles de viviendas, pero si sus habitantes necesitan recorrer grandes distancias para trabajar, estudiar o recibir atención médica, algo de ese crecimiento merece revisarse.
La ciudad que tenemos y la que todavía podemos construir
No podemos regresar el tiempo ni cambiar las decisiones urbanísticas que se tomaron hace 20, 30 o 40 años.
Tampoco sabemos cómo sería exactamente Chihuahua si su crecimiento hubiera seguido otra dirección.
Lo que sí podemos hacer es observar el presente y reflexionar sobre el futuro.
El norte seguirá siendo una zona importante para la inversión, pero eso no significa que el sur, el oriente o las comunidades cercanas deban quedar fuera de la conversación sobre el desarrollo.
Quizá la oportunidad no está en escoger un solo punto cardinal, sino en construir una capital mejor conectada, más equilibrada y con oportunidades para quienes viven en cualquiera de sus sectores.
Porque, al final, los habitantes no medimos el progreso únicamente por la cantidad de edificios, plazas comerciales o fraccionamientos que aparecen cada año.
También lo medimos por el tiempo que tardamos en llegar a casa, por la cercanía de nuestros empleos, por la calidad de las calles y por los servicios que tenemos a nuestro alcance.
Y entonces regreso a la pregunta que dio origen a esta reflexión:
¿Qué hubiera pasado si Chihuahua hubiera crecido principalmente hacia el sur?
Probablemente tendríamos otra ciudad, otros corredores comerciales y una distribución diferente de sus oportunidades.
Pero después de imaginarla, me queda una pregunta todavía más importante:
¿De qué sirve que Chihuahua siga creciendo hacia cualquier dirección si no nos aseguramos de que también mejore la vida de quienes la habitamos?


