Durante años cometimos un error: pensar que jugar videojuegos era perder el tiempo.

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Por: Jorge Cruz Camberos

El mundo decidió otra cosa.

Hoy más de 3,600 millones de personas juegan videojuegos y Newzoo estimó que la industria global generaría alrededor de 188,800 millones de dólares en 2025.

Pero lo interesante no es solamente cuánto dinero mueve.

Es todo lo que existe alrededor.

Programadores, diseñadores, ilustradores, animadores, actores de doblaje, productores, creadores de contenido, organizadores de torneos, especialistas en marketing, cosplay y esports.

Los videojuegos dejaron de ser únicamente un juego. Se convirtieron en una industria creativa y tecnológica.

Y Chihuahua ya puso un pie ahí.

De La Pascualita a un videojuego

En la UACH, 15 estudiantes de la Facultad de Ingeniería formaron el Club UACH Videogames Studio.

Y tuvieron una idea buenísima: en lugar de copiar historias creadas en Japón o Estados Unidos, voltearon a ver las nuestras.

Desarrollaron Teporaca y Chacarito, videojuegos inspirados en personajes y leyendas locales como La Pascualita y La Planchada.

Los proyectos ganaron el Hackatón Ludic Jam CUU 2025 y obtuvieron una beca de emprendimiento del 100% en el Tec de Monterrey, campus Chihuahua.

Eso dice mucho más de nuestra ciudad de lo que parece.

Porque quizá el próximo estudio de videojuegos que venda al mundo no tenga que nacer en Tokio, California o Seúl.

Puede empezar con 15 chavos en Chihuahua.

También está naciendo una comunidad

Chihuahua ya tiene, además, eventos que juntan anime, cómics, videojuegos, doblaje y cosplay.

Comic Fest Chihuahua es una muestra de que existe una comunidad que consume esta cultura y, sobre todo, quiere participar en ella.

El siguiente paso debería ser dejar de verla solamente como entretenimiento.

¿Por qué no crear un circuito universitario de esports entre UACH, Tec, ULSA, URN y otras universidades?

¿Por qué no ofrecer becas a jugadores destacados, como sucede con otros deportes?

¿Por qué no conectar a desarrolladores locales con empresarios, inversionistas y compañías tecnológicas para convertir un proyecto universitario en una empresa?

Y hay algo todavía más interesante: nuestra identidad puede ser una ventaja competitiva.

El mundo ya tiene suficientes imitaciones.

Lo que no tiene son nuestras historias.

La Sierra Tarahumara. Teporaca. La Pascualita. La Planchada. El desierto. Paquimé. Nuestra frontera. Nuestras leyendas.

Todo eso también puede convertirse en propiedad intelectual creada desde Chihuahua y consumida en cualquier parte del mundo.

No todos los jóvenes van a ser ingenieros de manufactura.

Y está bien.

Algunos van a programar videojuegos. Otros van a diseñar personajes. Otros competirán. Otros producirán contenido.

La pregunta no es si nos gustan o no los videojuegos.

La pregunta es mucho más interesante:

¿Vamos a seguir jugando solamente los videojuegos que crea el mundo… o algún día el mundo jugará los que creemos en Chihuahua?

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