Por Jorge Cruz Camberos
La frase es de Boby Cortázar, famosa en Chihuahua por sus frases célebres y por esa manera extraordinaria de resumir la vida con humor:
“La vida es una chingadera… y para premio, la vejez.”
Y pasando los 50, uno empieza a sospechar que Boby tenía razón.
Antes te desvelabas, cenabas tacos a las dos de la mañana y al día siguiente estabas perfecto.
Hoy duermes chueco y amaneces lesionado.
Antes ibas al doctor porque te sentías mal. Ahora vas para descubrir qué número salió mal este año.
Colesterol, ácido úrico, próstata, rodilla, espalda…
Y ni hablar de los lentes.
Pero envejecer también tiene algo maravilloso: empiezas a mandar muchas cosas a la chingada.
Ya no necesitas caerle bien a todos. Hay discusiones que no necesitas ganar, personas que no necesitas impresionar y problemas que simplemente no merecen tu tiempo.
Y empiezas a valorar cosas mucho más sencillas:
Dormir bien. Una buena sobremesa. Tener amigos de verdad. Que tus hijos quieran estar contigo. Poder viajar. Seguir trabajando en algo que te emocione.
Ahí entendí algo.
Nos enseñaron a construir un patrimonio para cuando fuéramos viejos, pero no necesariamente a construir una buena vejez.
Porque patrimonio también es tener piernas para caminar, cabeza para seguir aprendiendo, amigos a quienes marcar, familia con quien compartir y proyectos que todavía te emocionen.
Así que, querida Boby, creo que tu frase merece una pequeña segunda parte:
“La vida es una chingadera… y para premio, la vejez.”
Sí.
Pero llegar a viejo sigue siendo mucho mejor que la alternativa.
Así que, si de todas maneras vamos para allá, que nos agarre con salud, con amigos, haciendo planes…
y, de preferencia, cagados de risa.


