Por Jorge Cruz Camberos
Una pareja joven en Chihuahua. Los dos trabajan, tienen empleos formales y hacen lo que durante años les dijimos que había que hacer: estudiar, trabajar y esforzarse.
Pero cuando se sientan a hacer cuentas, algo no cuadra.
Renta o hipoteca. Carro. Gasolina. Supermercado. Tal vez hijos. Y ahorrar un poco para el futuro.
Entonces aparece una pregunta muy sencilla: si los dos trabajamos, ¿por qué construir una vida se siente cada vez más difícil?
Chihuahua está creciendo. Hemos atraído inversión, desarrollado industria y tenemos una de las tasas de informalidad laboral más bajas del país.
Eso hay que reconocerlo.
Pero también tenemos que preguntarnos cuánto de ese crecimiento está llegando realmente a las familias.
El salario promedio de un trabajador formal en Chihuahua capital ronda los 20 mil pesos mensuales, mientras la vivienda sigue encareciéndose. Y ahí está el verdadero reto.
Porque competitividad no es solamente atraer fábricas o romper récords de inversión.
Competitividad también es movilidad social.
Es que alguien que nació con menos pueda vivir mejor que sus padres. Que pueda comprar una casa, ahorrar, tener tiempo para sus hijos y construir patrimonio.
Para eso necesitamos empresas más productivas que puedan pagar mejores salarios, educación conectada con los empleos del futuro y una ciudad donde vivienda y movilidad no se coman buena parte del ingreso y del tiempo familiar.
Yo quiero que nuestros hijos puedan irse de Chihuahua a estudiar, trabajar y conocer el mundo.
Pero quiero algo todavía más importante:
que tengan razones para regresar.
Y que quedarse en Chihuahua sea una elección llena de oportunidades, no una resignación.
Esa es la ciudad que quiero que les dejemos.


