En el imaginario colectivo del pueblo de Rosales, Chihuahua, persiste una historia tan oscura como fascinante: la de La Maldición del Padre José María Carrasco, también conocida como Los Tatemados de Rosales. Aunque los hechos ocurrieron en 1808, su eco no se ha desvanecido; al contrario, forma parte de la identidad y la fe de una comunidad que aún conserva los vestigios de aquella jornada trágica.
El templo que fue testigo de los sucesos sigue en pie y activo, y algunos de sus elementos ornamentales se encuentran resguardados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) , lo que otorga a la leyenda un peso documental que trasciende el relato oral. Pocos conocen los detalles de esta narración, pero los archivos históricos confirman que no se trata de una simple fábula.
El origen: un amor prohibido y una acusación fatal
Corría el año de 1808, y la localidad entonces llamada Santa Cruz de Tapacolmes —hoy Rosales— era gobernada por la fe y el orden colonial. En su iglesia vivía y oficiaba el padre José María Carrasco, un clérigo querido por su grey, que sentía un profundo cariño por su ahijada, una joven a la que protegía como a una hija.
La calma del pueblo se rompió con la llegada de un acaudalado hombre de apellido Ampudia y su hijo Tomás. Este último puso sus ojos en la ahijada del sacerdote, pero su interés pronto derivó en acoso y hostigamiento, sembrando el miedo en la muchacha. El padre Carrasco, al ver la situación, decidió confrontar al joven Ampudia para exigirle respeto. Lejos de atender el llamado, Tomás lo interpretó como una afrenta.
En represalia, los Ampudia redactaron una carta dirigida a las autoridades virreinales en la que acusaban al párroco de incitar a la población a rebelarse contra la Corona Española. La denuncia llegó hasta el virrey Don José de Iturrigaray y Arióstegui, quien comisionó a Don Francisco de la Serba para investigar el caso. El enviado se trasladó a la parroquia y pasó la noche en ella sin incidentes. Pero al amanecer, el padre Carrasco lo encontró sin vida.
Aprovechando la muerte del investigador, los Ampudia difundieron la versión de que el sacerdote lo había envenenado. La acusación cundió y el padre fue citado como principal sospechoso. Antes de presentarse ante las autoridades, Carrasco salió del templo y se encontró con una multitud que lo recibió con insultos y repudio. Dolido por la traición de su propio pueblo, el sacerdote alzó la voz y lanzó una terrible maldición: condenó al pueblo al fuego eterno y deseó que ni la tierra bajo sus pies lo acompañara. En un gesto de indignación final, se quitó las botas y las arrojó contra la muchedumbre.
La reivindicación tardía y el fuego que lo devoró todo
Con el tiempo, se logró probar la inocencia del padre Carrasco, pero él nunca regresó a Rosales. Sin embargo, el pueblo cargaba con el peso de la culpa. El viernes 8 de abril de 1808, ya entrada la cuaresma, el fray Antonio de Muñoz ofició una misa multitudinaria en el templo. Según su testimonio, los asistentes mostraban una profunda aflicción, como si la conciencia colectiva lamentara haber creído en la calumnia.
En medio de la homilía, ocurrió lo inesperado: una vela encendida se inclinó y cayó sobre una estructura decorativa de ramas. El sacristán intentó sofocar el fuego, pero las llamas se propagaron con rapidez. El pánico cundió entre los fieles; quienes estaban lejos de la salida intentaron huir desesperadamente, pero una estampida bloqueó las puertas y convirtió la iglesia en una trampa mortal. 62 personas perdieron la vida aquel día.
El único que logró salvarse y relatar lo sucedido fue el propio fray Antonio de Muñoz, cuyo testimonio quedó registrado en 1827 en las Crónicas de Fray Antonio de Gálvez. Desde entonces, la creencia popular atribuyó la tragedia a la maldición del padre Carrasco.
Un misterio que el INAH protege
Uno de los detalles más enigmáticos de la historia es que el fuego arrasó con casi todo el interior del templo… excepto con una Cruz de Tres Clavos que se encontraba sobre el altar y que, hasta el día de hoy, permanece bajo custodia del INAH. Este objeto, cargado de simbolismo, es uno de los pocos vestigios físicos que conectan a la comunidad con aquella tarde fatídica.




