Criar hijos no debería sentirse como hacerlo sola Cap-6

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Una ciudad que presume ser familiar también debería preguntarse quién cuida a los niños mientras sus mamás y papás trabajan.

Por Jorge Cruz Camberos
Serie: La ciudad que queremos dejarles

“Es que no tengo con quién dejarlo.”

La escucho seguido.

En reuniones, en pasillos, en conversaciones rápidas antes de entrar a trabajar. La dice una colaboradora que termina su turno y todavía tiene una casa completa esperándola. La dice una mamá que hace cuentas para ver quién recoge hoy a su hijo de la escuela. La dice la vecina que combina trabajo, tareas, uniformes, consultas médicas y recibos, muchas veces sin alguien que la releve.

Hay frases que parecen cotidianas hasta que uno entiende todo lo que cargan.

Cuando escribí Chihuahua, Corazón del Norte, encontré un dato que me impresionó: en Chihuahua capital hay alrededor de 8,000 hogares donde una madre sostiene sola a su familia y no recibe pensión del padre de sus hijos.

Ocho mil hogares.

Detrás de ese número hay ocho mil historias distintas, pero muchas comparten lo mismo: mujeres que son al mismo tiempo proveedoras, cuidadoras, choferes, enfermeras improvisadas, administradoras de la casa, responsables de la disciplina y, cuando finalmente se apaga la luz, también quienes tienen que encontrar fuerzas para decirles a sus hijos que todo va a estar bien.

Pero quisiera ampliar la conversación.

Porque este artículo no es solamente sobre madres solteras.

Es sobre cómo estamos criando a nuestros hijos en Chihuahua.

Y sobre algo que pocas veces reconocemos: cada vez estamos criando más solos.

Las familias cambiaron.

Los abuelos muchas veces siguen trabajando. Los hermanos viven lejos. Papá y mamá tienen jornadas completas. Hay hogares encabezados por una sola persona. Hay divorcios, familias reconstruidas y padres que tienen que coordinar horarios entre dos casas.

Mientras tanto, nuestras ciudades siguen funcionando como si en cada hogar hubiera alguien disponible a las dos de la tarde para recoger a los niños.

Y simplemente ya no es así.

La verdadera desigualdad también está en quién te ayuda

Cuando una familia tiene recursos, muchos de estos problemas pueden resolverse pagando.

Guardería. Transporte escolar. Clases por la tarde. Una persona que ayude en casa. Un campamento durante vacaciones.

Pero cuando el ingreso apenas alcanza, la historia cambia.

Entonces aparecen las llamadas:

“¿Me lo puedes recoger?”

“¿Se puede quedar contigo una hora?”

“¿Me cubres mientras salgo de trabajar?”

Y empieza una red extraordinaria que conocemos muy bien en Chihuahua: abuelas, tías, vecinas, hermanas mayores y amigas que terminan sosteniendo buena parte de la crianza de una ciudad.

Es una red profundamente humana.

Pero no deberíamos depender solamente de ella.

Porque cuando esa red no existe, muchas veces alguien —y casi siempre es una mujer— termina sacrificando su empleo, rechazando una promoción, faltando al trabajo o abandonando sus estudios.

Ahí el problema familiar se convierte también en problema económico.

Una ciudad que quiere atraer mejores inversiones y generar empleos mejor pagados necesita entender algo muy sencillo: no basta con crear puestos de trabajo. También tenemos que hacer posible que las personas puedan ocuparlos.

La escuela no puede terminar cuando el trabajo todavía no termina

Aquí tenemos una oportunidad enorme.

Durante años hemos pensado en las escuelas casi exclusivamente como lugares educativos. Pero podrían convertirse también en uno de los grandes centros comunitarios de Chihuahua.

¿Por qué no aprovechar mucho más sus instalaciones después de clases?

Deporte.

Arte.

Música.

Tecnología.

Regularización académica.

Clubes de lectura.

Actividades comunitarias.

No estoy hablando de convertir las escuelas en guarderías.

Estoy hablando de construir espacios seguros donde nuestros hijos puedan seguir aprendiendo, conviviendo y desarrollándose mientras sus padres terminan su jornada laboral.

Una cancha deportiva abierta hasta las seis de la tarde puede parecer una política pequeña.

Para una mamá que sale de trabajar a las cinco, puede cambiarle completamente la vida.

El deporte también es una red de cuidado

Yo he estado involucrado muchos años en el deporte y cada vez estoy más convencido de algo: solemos subestimar su impacto social.

Una academia de futbol, una cancha de basquetbol o un centro deportivo de barrio no solamente forman atletas.

Forman comunidad.

Un entrenador que conoce a los niños por su nombre se vuelve parte de su red de protección.

Los compañeros se vuelven amigos.

Los papás se conocen.

La colonia empieza a reconocerse.

Y las horas que podrían pasar solos frente a una pantalla o en la calle se convierten en horas de convivencia, disciplina y desarrollo.

Por eso, cuando hablamos de infraestructura social, no deberíamos pensar solamente en grandes obras.

A veces una buena política pública empieza con algo tan sencillo como tener una cancha iluminada, entrenadores preparados y actividades gratuitas o de muy bajo costo cerca de donde viven las familias.

Las empresas también podemos ayudar

Esta conversación tampoco puede quedarse exclusivamente en el gobierno.

Las empresas tenemos mucho que hacer.

Horarios flexibles cuando sea posible.

Permisos razonables para situaciones familiares.

Convenios con guarderías.

Programas deportivos.

Apoyo durante vacaciones escolares.

Trabajo híbrido en aquellas actividades donde realmente funciona.

Y, sobre todo, una cultura que deje de tratar la maternidad o la paternidad como un inconveniente laboral.

Una colaboradora no deja de ser profesional porque tuvo que llevar a su hijo al médico.

Un padre tampoco debería sentir que está fallándole a su empresa porque decidió asistir a una junta escolar.

Si queremos empresas más humanas, tenemos que empezar reconociendo que nuestros colaboradores tienen vida cuando salen de la oficina.

Y los hombres tenemos que hablar de esto

También hay una conversación que debemos tener entre nosotros.

Criar hijos no es “ayudarle” a la mamá.

Es nuestra responsabilidad.

Cambiar pañales, llevarlos a la escuela, hacer tareas, ir al pediatra, conocer a sus maestros, organizar horarios o levantarse cuando están enfermos no son favores.

Son paternidad.

Durante generaciones cargamos sobre las mujeres una responsabilidad que tenía que haber sido compartida desde el principio.

Cambiar esa cultura probablemente sea una de las transformaciones sociales más importantes que podemos hacer.

Porque ninguna política pública puede sustituir la responsabilidad de un padre presente.

La ciudad que queremos dejarles

Cuando imaginamos una mejor Chihuahua solemos pensar en empleos, seguridad, calles, parques, hospitales o inversión.

Todo eso importa.

Pero una ciudad también se mide por algo mucho más cotidiano:

¿Qué pasa a las tres de la tarde cuando una mamá todavía está trabajando y su hijo ya salió de la escuela?

¿Quién acompaña a los niños durante las vacaciones?

¿Dónde pueden hacer deporte?

¿Hay un lugar seguro cerca de su casa?

¿Puede una mujer aceptar una mejor oportunidad laboral sin preguntarse primero quién cuidará a sus hijos?

Ahí también se construye competitividad.

Ahí también se combate la desigualdad.

Ahí también se construye una ciudad.

Yo quiero una Chihuahua donde formar una familia siga siendo una de las experiencias más bonitas de la vida, pero donde criar hijos no signifique cargar el mundo sobre los hombros de una sola persona.

Una ciudad donde las escuelas, los parques, las empresas, los gobiernos, los vecinos y las familias entendamos que criar a la siguiente generación es una responsabilidad compartida.

Porque nuestros niños necesitan a sus padres.

Pero sus padres también necesitan una ciudad que los acompañe.

Esa también es la ciudad que queremos dejarles.


ES! Visión

Los artículos publicados en ES! Visión reflejan el análisis y la opinión de sus autores sobre temas relacionados con deporte, economía, sociedad y desarrollo institucional, con el propósito de generar una conversación informada sobre el futuro de nuestras ciudades y sus proyectos deportivos.

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