La inflación ha encarecido las salidas, los restaurantes y el entretenimiento. Pero quizá el verdadero valor de una cita nunca ha estado en la cuenta.
Por Jorge Cruz Camberos
Hace unos días me encontré con un dato interesante: de acuerdo con datos de INEGI, la inflación acumulada en restaurantes y alimentos preparados ha crecido por encima de la inflación general durante los últimos años. Lo sabemos sin necesidad de revisar una estadística: todos hemos sentido cómo cada salida cuesta más que hace apenas unos años.
Y basta hacer una cuenta rápida en Chihuahua.
Una cita relativamente normal para una pareja de clase media puede incluir gasolina, una cena, un par de bebidas y quizá un café para seguir platicando. Dependiendo del lugar, la cuenta fácilmente puede estar entre los 1,000 y los 1,500 pesos.
Si la salida incluye cine, algún concierto o una actividad especial, no es difícil superar los 2,000 pesos.
Parece un tema menor, pero en realidad refleja algo mucho más profundo: cómo la economía termina modificando nuestras costumbres.
Muchos jóvenes hoy administran mejor cada peso. Piensan más antes de salir, buscan opciones más sencillas o simplemente reducen la frecuencia con la que conviven.
Y la verdad, los entiendo.
Porque la renta cuesta más.
La gasolina cuesta más.
La despensa cuesta más.
Prácticamente todo cuesta más.
Pero mientras pensaba en esto, también recordé algo.
Las mejores citas de mi vida no fueron necesariamente las más caras.
Algunas fueron caminando por el Centro.
Otras compartiendo un café.
Algunas más fueron simplemente una buena conversación que se extendió durante horas.
Y creo que eso nos ha pasado a muchos.
Con frecuencia confundimos valor con precio.
Pensamos que para pasarla bien hay que gastar más. Que para sorprender a alguien hay que consumir más. Que para convivir hace falta un presupuesto.
Y la realidad es que no.
Las cosas más importantes casi nunca aparecen en un ticket de compra.
Una buena plática.
Una carcajada inesperada.
Escuchar a alguien.
Compartir tiempo.
Estar presente.
Quizá por eso esta realidad económica también nos está dejando una lección interesante.
Nos está obligando a regresar a lo básico.
A recordar que una caminata puede valer más que una cena elegante.
Que una conversación sincera puede dejar más huella que cualquier regalo.
Y que las mejores historias casi nunca empiezan con una cuenta por pagar.
Al final, el amor, la amistad y los momentos que recordamos toda la vida tienen algo en común.
No dependen del tamaño de la cartera.
Dependen del tiempo y la atención que estamos dispuestos a regalar.
Y afortunadamente, eso sigue siendo gratis.
Sobre el autor
Jorge Cruz Camberos es empresario, analista y colaborador de la sección ES! Visión, donde comparte reflexiones sobre economía, sociedad, liderazgo y los temas que impactan la vida cotidiana de los chihuahuenses.




