CHIHUAHUA, Chih. — Corría el año de 1990 cuando un rumor sacudió la tranquilidad de la capital del estado: el Cerro Grande, el guardián de piedra de la ciudad, albergaba una base de objetos voladores no identificados (ovnis) y estaba a punto de colapsar.
Hoy, a más de tres décadas de distancia, los registros históricos y el análisis social revelan que el avistamiento no fue más que el resultado de una profunda psicosis colectiva detonada por la peor catástrofe climatológica de la ciudad moderna.
Para la generación que creció en esa época, la memoria infantil es clara: todo el mundo hablaba de luces misteriosas y naves extraterrestres sobre la icónica montaña. Sin embargo, la realidad detrás del mito se compone de una tormenta perfecta entre un desastre natural real, ilusiones ópticas y un contexto cultural obsesionado con el espacio.
El detonante: La fatídica “Tromba del 90
El mito ovni alcanzó su punto más álgido el 22 de septiembre de 1990, una fecha trágica recordada como el “Sábado Negro” [oem.com.mx]. Ese día, una descomunal tormenta azotó la capital, desbordando arroyos, inundando decenas de colonias y provocando la pérdida de vidas humanas.

En medio de la oscuridad absoluta por los apagones generales y la falta de comunicación, se desató el pánico masivo. De boca en boca corrió la versión de que el Cerro Grande había “explotado” debido a la acumulación de un río subterráneo. Aunque geológicamente era un imposible, el miedo generalizado sembró el terreno para explicaciones más fantásticas.
Del desastre natural a la base extraterrestre
El rumor del colapso mutó rápidamente en una hipótesis extraterrestre. Cientos de ciudadanos aseguraban ver destellos de luz flotando alrededor de la cumbre y objetos extraños entrando y saliendo de la montaña. La creencia popular dictaba que una base alienígena operaba de forma subterránea dentro del cerro. La ciencia y la geografía local ofrecen explicaciones completamente terrenales para estas anomalías visuales:
El Ojo de Agua oculto: En la cima del cerro existe una cueva con un manantial natural que, tras las lluvias de 1990, desbordaba agua como cascada. Los reflejos de la luna y la luz urbana sobre el agua en movimiento creaban la ilusión óptica de luces suspendidas en el aire desde la perspectiva de la ciudad.Fuegos fatuos y minerales:
La descomposición de materia orgánica en zonas bajas y la composición mineral de las faldas del cerro provocaban destellos lumínicos naturales y reflejos solares a ciertas horas del día.La “fiebre ovni” de la épocaLa facilidad con la que la población chihuahuense adoptó el mito del ovni en el Cerro Grande responde a un fenómeno mediático previo.
El estado venía de vivir una auténtica “fiebre alienígena” tras el caso de los supuestos “Monitos de Meoqui” en 1987 y las leyendas urbanas sobre un choque ovni en Coyame. En 1990, la sociedad estaba predispuesta a buscar en el cielo las respuestas al caos que se vivía en la tierra.
El supuesto ovni del Cerro Grande no fue real, pero se mantiene como uno de los capítulos de memoria colectiva y folklore urbano más fascinantes en la historia contemporánea de Chihuahua, demostrando cómo el miedo y la imaginación pueden alterar la percepción de toda una ciudad.
Por Chihuahua Es Cultura



