La ruta de la manzana: cómo el fruto más preciado encontró su paraíso en Chihuahua

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Suelo fértil, clima benigno, altitud precisa y la humedad justa: esas fueron las condiciones que convirtieron al noroeste de Chihuahua en el territorio ideal para el cultivo de la manzana, un fruto que llegó de la mano de los conquistadores y que, con el tiempo, se transformaría en uno de los emblemas económicos y culturales de la región.

Más allá de leyendas o relatos fantásticos, la manzana encontró en esta tierra las condiciones perfectas para florecer. Y su historia, tan jugosa como el propio fruto, es un viaje que cruza océanos, misiones y siglos de tradición agrícola.

El fruto del Viejo Mundo que conquistó América

La manzana tiene su origen en el Viejo Continente y arribó a América —y específicamente a México— con la Conquista y la posterior ocupación del territorio. Fueron los frailes evangelizadores quienes, además de introducir animales domésticos para su alimentación y trabajo, trajeron consigo los “pies de cultivo” de frutales y semillas que formaban parte de su dieta cotidiana.

No era un capricho: los conquistadores llevaban consigo sus prejuicios culturales, que los llevaban a desconfiar —y a rechazar— el consumo de los frutos que consumían los pueblos indígenas. La historia de la papa es el ejemplo más elocuente: condenada al rechazo en Europa, terminó salvando a millones de la hambruna en el siglo XVIII.

De Puebla a Chihuahua: la ruta de la manzana

Para bien de la alimentación y la economía mexicana, la manzana echó raíces en diversos puntos del país durante el avance conquistador, colonizador y evangelizador. Su ruta incluyó la sierra oriental de Puebla —en la hoy llamada Zacatlán de las Manzanas—, la Sierra de Arteaga en Coahuila, Canatlán en Durango y, finalmente, Chihuahua.

En esta última entidad, el fruto encontró un refugio temprano en la Misión de San Bartolomé, en el actual Valle de Allende. De allí siguió la ruta de las misiones tarahumaras: Tepórachic, Sahuaríchic, Carichic, San Bernabé, Bachíniva —cuya misión, según registros, contaba ya con 26 árboles de manzana— y La Purísima Concepción del Papigóchic, hoy Guerrero, así como otras estancias cercanas.

Los pioneros de Cuauhtémoc

El salto hacia la producción comercial comenzó en Cuauhtémoc, donde la historia registra hitos fundamentales. En 1928, el señor Otto Stege plantó árboles de manzano en el patio de su casa, un gesto que hoy se considera el primer paso de una tradición que transformaría la región.

Cinco años después, en 1933, el señor Romualdo Sánchez Ramos —figura clave en los orígenes de Cuauhtémoc— recibió un boletín que lo invitaba a participar en un programa del gobierno del General Rodrigo M. Quevedo para experimentar con el cultivo del manzano. Los estudios previos ya demostraban que el noroeste del estado reunía condiciones inmejorables para el desarrollo de este frutal.

El General Carlos Vega, compadre de Benjamín Argumedo, estableció su domicilio en Cuauhtémoc años después de la Revolución Renovadora de 1929 y desarrolló un pequeño huerto, al igual que Don Luis Lara Leos y Don Francisco Aragón Velarde.

El despegue comercial y el reconocimiento mundial

La manzana como actividad comercial se debe al interés del señor Enrique Wiebe, quien desde 1954, en sociedad con otros fruticultores, se dio a la tarea de plantar algunos miles de árboles con la intención de comercializar el fruto. A él le seguirían otros ciudadanos, como Don Remedio Caro Gutiérrez.

Todos ellos son considerados pioneros en la cultura del manzano, una tradición que alcanzaría reconocimiento mundial con la fundación de la empresa “La Norteñita”, creada por el señor Salvador Corral Piñón, cuyo nombre se convertiría en sinónimo de calidad en la producción manzanera.

Hoy, la manzana chihuahuense no solo es un fruto: es un símbolo de cómo el trabajo, la tradición y las condiciones naturales pueden convertirse en una historia de éxito que trasciende fronteras.

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