Lo que un equipo le deja a una ciudad – Cap. 02

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Por Jorge Cruz Camberos

…y lo que le cuesta. Las cuentas frías de tener un equipo profesional, sin propaganda

Cada vez que una ciudad sueña con tener un equipo profesional, aparecen los mismos números brillantes.

Empleos. Derrama económica. Turismo. Marca ciudad. Niños en las canchas. Hoteles llenos. Restaurantes con fila. Playeras en la calle. Orgullo local.

Todo eso puede ser cierto.

Pero casi nunca aparece la otra columna de la cuenta: el costo, el riesgo y la letra chica.

Un equipo profesional puede dejarle mucho a una ciudad. También puede costarle más de lo que promete. La diferencia entre una historia de éxito y un problema público rara vez está en el deporte. Está en algo mucho menos romántico: cómo se paga, quién lo gobierna y quién responde cuando las cuentas no salen.

El deporte sí mueve dinero

Primero lo obvio: el deporte no es solo entretenimiento. Es una industria.

En la Ciudad de México, la industria deportiva y de fitness genera una derrama anual estimada en 17,440 millones de pesos, a partir de 8,334 unidades económicas, principalmente gimnasios, tiendas de suplementos, fábricas de ropa y equipo deportivo, y otros negocios vinculados al sector. Esa actividad emplea a más de 64,500 personas.

A escala nacional, los 50 principales eventos deportivos de 2025 generaron una derrama cercana a 22,734 millones de pesos, según el Ranking de Eventos Deportivos en México elaborado por El Míster con datos de Ticketmaster México.

El deporte genera empleo. Vende boletos. Activa hoteles. Llena restaurantes. Mueve transporte. Genera consumo en bares, tiendas, estacionamientos, servicios de seguridad, producción audiovisual, publicidad, patrocinios y medios.

Y también deja algo que no entra fácilmente en Excel: conversación.

Una ciudad con equipo aparece en calendarios, transmisiones, narrativas, redes sociales, viajes de aficionados y cobertura nacional. El equipo se vuelve una excusa para hablar de la ciudad. Si juega bien, la proyecta. Si llena el estadio, la presume. Si compite, le da identidad.

Eso tiene valor.

Aunque no siempre sea fácil ponerle precio.

La derrama no es magia

El problema empieza cuando se confunde derrama con ganancia neta.

Que un evento mueva dinero no significa que todo ese dinero sea nuevo para la economía. Parte puede ser gasto que de todos modos iba a ocurrir en otra actividad: una familia que va al estadio en lugar de ir al cine; un grupo que cena cerca del inmueble en lugar de cenar en otra zona; un aficionado que compra una camiseta en vez de otra prenda.

El dinero se mueve, sí. Pero no siempre se multiplica como dicen los boletines.

Por eso hay que tener cuidado cuando alguien promete que un equipo local va a transformar por sí solo la economía de una ciudad.

Puede ayudar. Puede activar zonas. Puede generar empleo. Puede sumar identidad.

Pero no hace milagros.

Lo que sí deja un equipo

Un equipo profesional bien operado puede dejar cuatro tipos de valor.

El primero es económico. Hay empleos directos: jugadores, cuerpo técnico, administración, comunicación, mantenimiento, seguridad, taquilla, operación de estadio. También hay empleos indirectos: restaurantes, hoteles, transporte, proveedores, medios, agencias, vendedores, imprentas, producción de eventos.

El segundo es urbano. Un estadio bien integrado puede activar una zona, atraer comercio, mejorar el espacio público y generar vida alrededor de los días de partido. Cuando está bien planeado, el deporte puede ordenar inversión y darle uso social a infraestructura que, de otra manera, estaría subutilizada.

El tercero es social. Un equipo puede inspirar deporte base, crear sentido de pertenencia, producir referentes para niñas y niños y generar un punto de encuentro entre clases sociales, colonias y generaciones. En una época donde casi todo nos divide, un equipo puede ser una rara excusa para juntarnos.

El cuarto es de marca. Una ciudad con equipo competitivo entra en el mapa. La nombran en televisión. La visitan otros clubes. Viajan aficionados. Se cuentan historias. Se vende una identidad. Y eso, para una ciudad que quiere competir por talento, turismo e inversión, no es menor.

Pero ninguno de esos beneficios aparece por decreto.

Hay que construirlos.

Lo que cuesta —y casi nadie suma—

Aquí empieza la parte que la euforia suele saltarse.

Un equipo cuesta dinero todos los días. Nómina deportiva. Cuerpo técnico. Viajes. Hospedaje. Alimentación. Canchas de entrenamiento. Fuerzas básicas. Administración. Marketing. Seguridad. Derechos federativos. Operación de estadio. Mantenimiento. Seguros. Producción de partido.

Y si hay estadio nuevo o remodelación, la cuenta cambia de tamaño.

Ahí es donde las ciudades deben ponerse serias. Porque el debate no es solamente si un equipo conviene. Es quién paga los fierros, quién absorbe el riesgo y quién se queda con el beneficio.

Cuando el estadio lo paga el gobierno y el equipo es privado, aparece una pregunta incómoda: ¿la ciudad está invirtiendo en infraestructura pública o está subsidiando un negocio privado?

La respuesta depende del diseño.

Si el inmueble sirve para muchos eventos, si genera actividad permanente, si tiene reglas claras de uso, si el retorno social está medido y si el privado asume una parte relevante del riesgo, puede tener sentido.

Pero si el gobierno pone la casa, paga mantenimiento, absorbe pérdidas y el privado captura la mayor parte de los ingresos, el balance se rompe.

Ahí la ciudad no está invirtiendo. Está apostando.

La tabla que debería hacerse antes de emocionarse

Lo que puede dejarLo que puede costar
Empleos directos e indirectos en operación, servicios, comercio y eventos.Sobrecostos de obra, mantenimiento y operación que pueden caer en el erario.
Derrama en restaurantes, hoteles, transporte, bares, comercio y proveedores.Impacto temporal o concentrado, no necesariamente crecimiento económico permanente.
Marca ciudad, cobertura mediática y proyección nacional.Promesas infladas de derrama sin estudios serios ni medición posterior.
Identidad, orgullo local y cohesión social.Riesgo de politizar el proyecto o usarlo como propaganda.
Activación urbana alrededor del estadio.Tráfico, presión sobre servicios, encarecimiento del suelo o inversión concentrada en una zona.
Deporte base, cantera y referentes juveniles.Si el modelo financiero falla, la ciudad se queda con frustración, deudas o infraestructura subutilizada.

ES! Visión

Los artículos publicados en ES! Visión reflejan el análisis y la opinión de sus autores sobre temas relacionados con deporte, economía, sociedad y desarrollo urbano, con el propósito de generar una conversación informada sobre el futuro de nuestras ciudades.

El estadio no puede ser una ocurrencia

El estadio es el punto donde más se puede ganar o más se puede perder.

Un estadio bien pensado es una plataforma: partidos, conciertos, ferias, torneos juveniles, activaciones, restaurantes, tiendas, academias, contenido, eventos empresariales y vida urbana. No vive solo cada quince días. Vive todo el año.

Un estadio mal pensado es un elefante caro.

Puede tener partidos, sí, pero pasar la mayor parte del tiempo vacío. Puede generar tráfico sin generar comunidad. Puede costar más en mantenimiento que lo que devuelve. Puede volverse una postal bonita con números feos.

Por eso el debate de cualquier equipo profesional debería empezar antes del escudo y antes del uniforme.

¿Dónde juega?

¿Quién paga?

¿Quién opera?

¿Qué otros usos tendrá el inmueble?

¿Qué parte del riesgo asume el privado?

¿Qué gana la ciudad si el equipo funciona?

¿Qué pierde la ciudad si el equipo fracasa?

Son preguntas menos emocionantes que anunciar fichajes, pero mucho más importantes.

El riesgo de vender humo

En el deporte profesional hay una tentación constante: vender futuro con números espectaculares.

“Vamos a generar miles de empleos”.

“Vamos a dejar cientos de millones”.

“Vamos a poner la ciudad en el mapa”.

“Vamos a transformar la zona”.

Puede pasar. Pero si no hay metodología, fuente y medición, no es estudio: es entusiasmo con PowerPoint.

La evidencia económica sobre estadios y equipos profesionales suele ser más cautelosa que los discursos públicos. Muchos beneficios existen, pero tienden a ser más acotados, más locales y más temporales de lo que se promete.

Los impactos más sólidos aparecen cuando el proyecto se integra a una estrategia urbana más amplia: movilidad, seguridad, comercio, espacio público, programación de eventos y participación comunitaria.

Un equipo aislado no transforma una ciudad.

Un equipo bien integrado sí puede formar parte de una transformación.

La diferencia es enorme.

Lo que de verdad inclina la balanza

Al final, que un equipo le convenga o no a una ciudad no depende solo de cuánta gente llene el estadio.

Depende del modelo.

Quién pone el capital.

Quién asume el riesgo.

Quién gobierna el club.

A quién pertenece el estadio.

Qué derechos tiene la afición.

Qué pasa si el dueño se va.

Qué pasa si el equipo desciende.

Qué pasa si la temporada sale mal.

Qué pasa si los ingresos no alcanzan.

Un equipo bien financiado, con reglas claras, operación profesional, participación de la comunidad y riesgo privado real puede dejar valor económico, social y urbano.

Un equipo armado sobre un solo bolsillo, con costos públicos mal definidos y promesas infladas, puede terminar siendo una deuda emocional y financiera.

La afición llena estadios.

Pero el modelo decide si el proyecto sobrevive.

La cuenta honesta

Un equipo profesional no es ni el salvavidas económico que prometen sus promotores ni el despilfarro automático que temen sus críticos.

Es una inversión con dos columnas.

En una están los beneficios: empleo, derrama, identidad, marca, deporte base, orgullo y ciudad.

En la otra están los costos: infraestructura, mantenimiento, riesgo financiero, subsidios, tráfico, oportunidad de inversión y posibilidad de fracaso.

La pregunta correcta no es “¿cuánto nos va a dejar?”.

La pregunta seria es:

¿Cómo lo vamos a pagar, quién lo va a operar y quién responde si falla?

Las ciudades que hacen esa pregunta antes de emocionarse son las que tienen más posibilidades de ganar.

Porque en el deporte, como en la vida pública, el entusiasmo sirve para arrancar.

Pero la estructura es la que sostiene.

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