En los anales de la historia chihuahuense, pocas propiedades condensan tantas capas de memoria como la Quinta Carolina. Lo que comenzó como la “Labor de Trías” —la finca donde el 30 de agosto de 1867 falleció de tuberculosis pulmonar el general Ángel Trías, cerrando con su muerte un ciclo fundamental en la vida política del estado— se transformó décadas después en un símbolo del poder, la opulencia y, finalmente, el abandono.
El general Trías, fiel colaborador del gobernador José Joaquín Calvo en 1834 y fundador del liberalismo chihuahuense una década después, fue considerado por Benito Juárez como el político de mayor confianza en la entidad. Su muerte marcó el fin de una era, pero su legado perduró en la tierra que había pertenecido a su abuelo materno y padre adoptivo, Juan Álvarez, uno de los hombres más acaudalados del estado durante el primer tercio del siglo XIX.
El nacimiento de un sueño campestre
No quedan fotografías ni descripciones de la casa original que ocupó Trías. Sin embargo, el lugar guardaba un magnetismo especial para quienes conocían su historia. Don Luis Terrazas, consciente de ese peso simbólico, emprendió gestiones ante las hijas del general para adquirir la propiedad, que abarcaba 5 7/8 sitios de ganado mayor, equivalentes a aproximadamente 10 mil 500 hectáreas.
El 12 de febrero de 1895, según consta en los libros del Registro Público de la Propiedad, el licenciado Juan Francisco Molinar, en representación de Luis Terrazas, y el licenciado Manuel Prieto, representando a Victorina y Teresa Trías, firmaron la compra-venta ante el notario Rómulo Jaurrieta. Al año siguiente, el 4 de noviembre de 1896, don Luis Terrazas obsequió a su esposa, Carolina Cuilty, un regalo sin precedentes por el día de “Las Carolinas”: una magnífica casona de campo erigida exactamente donde se alzaba la antigua residencia de los Trías.
Un proyecto que transformó la ciudad
La Quinta Carolina no fue solo una casa de campo. Su construcción marcó el inicio de un ambicioso proyecto urbanístico que, a imitación de las ciudades europeas, buscaba dotar a Chihuahua de un área suburbana de esparcimiento. La residencia, bautizada con grandes letras de cantera, pronto atrajo a otros capitalistas que adquirieron terrenos a lo largo de la avenida Nombre de Dios, creando una incipiente zona residencial campestre.
El éxito del proyecto fue tal que impulsó la ampliación de la red de tranvías hasta aquellos terrenos. En junio de 1909, bajo la dirección del contratista Alexander Douglas, se completó la línea de Nombre de Dios, con un camino paralelo para automóviles y coches de mulas que incluía tres glorietas de 100 metros de diámetro, cubiertas de césped y árboles de ornato.
La inauguración ocurrió el 21 de junio, justo a tiempo para las festividades de San Juan. Los chihuahuenses, que acostumbraban bañarse en el Río Sacramento, convirtieron el estreno del tranvía en una celebración que se extendió hasta el 25 de junio. El viaje redondo, desde el templo de Santo Niño hasta Nombre de Dios, costaba 20 centavos; el sencillo, 12.
El esplendor de la Quinta
Una publicación de principios del siglo XX describió la propiedad con lujo de detalle:
“La Quinta queda a una hora corta de camino en coche. Si llega en primavera, la amplia calzada que conduce a la casa yace dulce y tibiamente ensombrecida por dos hileras de verdes y corpulentos árboles. La casa, que tiene cuatro entradas simétricas, se levanta en una plazoleta y la encierra una elegante verja de hierro pintada al óleo blanco, dividida por columnas de cantera rematadas en esferas de la misma piedra. El atrio está engalanado con primorosos jardines, de los que se levantan tres kioscos. La casa habitación es elegante y seria, y sus alturas rematan en dos torreones-miradores y una cúpula central de cristales”.
El interior no desmerecía: muros revestidos de papel tapiz blanco y oro, un gran espejo que reflejaba un piano de cola, muebles de mimbre blanco, un comedor con vitrinas de vajilla numerosa y recámaras amplias y ventiladas. En la parte posterior, un foso que servía de bodega y un invernadero donde las flores resistían las inclemencias del invierno completaban el cuadro de opulencia.
La Revolución y el ocaso
Pero la bonanza duró poco más de una década. En 1910, la Revolución incendió el territorio. Don Luis Terrazas y Carolina Cuilty emigraron a la Ciudad de México, junto con algunos de sus hijos. Regresaron en 1911, tras los Tratados de Ciudad Juárez, y durante el gobierno de Madero sus propiedades fueron respetadas, en parte por los negocios comunes entre ambas familias.
Sin embargo, el levantamiento orozquista de 1912 y la posterior llegada de Francisco Villa al gobierno de Chihuahua en 1913 desataron una cacería contra los grandes propietarios. La Quinta Carolina fue ocupada por el gobierno revolucionario, convertida en residencia del general Manuel Chao y utilizada para reuniones del régimen. Tras la derrota villista, el gobierno de Venustiano Carranza devolvió la propiedad a los Terrazas.
A la muerte de don Luis, la Quinta pasó a manos de Jorge Muñoz, quien conservó buena parte del mobiliario y mantuvo los terrenos aledaños como productoras de las mejores hortalizas de la ciudad. Pero en los años del gobernador Óscar Flores, la instalación de pozos para abastecer de agua a la ciudad selló la suerte de las huertas y, con ellas, de la propia finca.
El abandono y la destrucción
Formado un ejido en las propiedades, don Jorge Muñoz abandonó el lugar, visitándolo solo los fines de semana. Los robos comenzaron y, con ellos, la decadencia. En los años setenta, las invasiones se generalizaron y la gente acudía por las noches a llevarse lo que podía.
Entre 1980 y 1989, la Quinta Carolina fue incendiada en varias ocasiones. En el primer siniestro se destruyó el gran domo del patio central. Vinieron más incendios que acabaron con recámaras y tapices. El espejo que reflejaba el piano, los muros de papel tapiz blanco y oro, el invernadero, los kioscos, los jardines… todo terminó consumido por el fuego o por la mano depredadora del saqueo.




