El acueducto de Chihuahua: una obra virreinal que desafía el tiempo y el olvido

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Hay monumentos que impresionan por su tamaño, otros por su belleza, y algunos por su utilidad. El acueducto de Chihuahua, sin embargo, pertenece a esa categoría de obras que, a pesar de su monumentalidad, han permanecido a la sombra del reconocimiento público, opacadas quizá por su función práctica o por la sencillez de sus formas. Pero este sistema de conducción de agua, levantado en el periodo virreinal, es mucho más que una simple obra de ingeniería: es un testimonio de la capacidad técnica, la organización social y la voluntad política que forjaron la ciudad que hoy conocemos.

Una necesidad que se volvió monumento

Corría el año 1706 cuando el Sargento Mayor Antonio de Trasviña y Retes mandó construir la primera conducción de agua desde el río Chuviscar hasta su hacienda de beneficio de metales, ubicada a un costado de lo que hoy es la plaza Merino. Aquella rudimentaria estructura de canoas de madera sobre pilares apenas lograba satisfacer la demanda industrial, pero era insuficiente para abastecer a la creciente población que llegaba atraída por el auge minero de Santa Eulalia.

Para 1751, la necesidad era apremiante. El agua del río, aguas abajo, ya estaba contaminada por los residuos de los minerales, y la salud de los habitantes corría peligro. Fue entonces cuando el Virrey Don Antonio María de Bacareli y Ursúa, Conde de Revillagigedo, ordenó la construcción de un sistema de mampostería a cal y canto que reemplazara las endebles canoas. El financiamiento provino de un impuesto especial a los productores de oro y plata de la recién creada Casa de Ensaye de Chihuahua.

Los maestros de obra Cristóbal de Villa y Agustín Guijarro fueron los encargados de dirigir los trabajos, que avanzaron a paso lento debido a las constantes interrupciones causadas por el desvío de fondos hacia la guerra contra los apaches. No fue sino hasta 1778, cuando el Comandante General Teodoro de Croix ordenó que los recursos destinados al acueducto no fueran utilizados para fines bélicos, que la obra tomó un ritmo definitivo. En 1793, el acueducto medía ya 6 mil 583 varas (aproximadamente 5 mil 500 metros), y en 1804, el agua brotó por primera vez en las fuentes de la Plaza de la Constitución y la plaza Hidalgo.

Los arcos que cuentan historias

Hoy, los tramos más conocidos del acueducto son aquellos que se elevan sobre el nivel del terreno, salvando desniveles con sus arcos de piedra. El más impresionante se encuentra en el actual Parque el Acueducto, donde una estructura de siete arcos de mampostería atraviesa el cauce del río. Lo que pocos saben es que dos de esos arcos —el cuarto y el sexto— no son de medio punto, sino rampantes, es decir, con arranques a distinta altura. Esta solución, necesaria debido al acusado desnivel del terreno, revela el profundo conocimiento geométrico del maestro Cristóbal de Villa y su habilidad para ejecutar una obra que, tras casi tres siglos, sigue en pie.

El segundo tramo emblemático es el de la calle Benítez, en el barrio de los Cuarteles, con sus 52 arcos de medio punto que hoy soportan el peso del tráfico vehicular. Pero el acueducto no son solo esos arcos. Es, en su totalidad, un sistema de conducción que incluye canales abiertos, tramos subterráneos y cañerías que, en su momento, llevaban agua a las haciendas, los cultivos y las fuentes públicas. Con el tiempo, las acequias de cal y canto fueron reemplazadas por tubería metálica —proceso iniciado en 1882 bajo el gobierno de Luis Terrazas—, y muchas de sus estructuras desaparecieron. Sin embargo, el acueducto principal siguió transportando agua hasta 1969, cuando fue relevado por la planta tratadora de filtros.

Un patrimonio en riesgo

A pesar de su valor histórico y arquitectónico, el acueducto enfrenta hoy el abandono y el desconocimiento. En colonias como la Zarco y la Guadalupe, los muretes que albergan el canal se encuentran cegados, sin protección y en riesgo de desaparecer. La falta de difusión y de una valoración adecuada han llevado a que muchos chihuahuenses ignoren la importancia de esta obra que, durante más de dos siglos, fue el pulmón hidráulico de la ciudad.

Es urgente, por tanto, no solo monitorear el estado de conservación de sus tramos, sino también comenzar un proceso de rescate cultural que devuelva al acueducto el lugar que le corresponde en la memoria colectiva. Como bien señalan los especialistas, “habrá que comenzar por difundir sus valores como bien cultural de todos los chihuahuenses”. Porque el acueducto no es solo una obra de ingeniería: es la columna vertebral de la historia de una ciudad que, gracias a él, pudo crecer, prosperar y sobrevivir.

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