Hay lugares que se ven en fotografías y parecen irreales. Y luego están las Barrancas del Cobre, que incluso en persona desafían la credulidad. Este sistema de cañones enclavado en la Sierra Tarahumara no es solo un conjunto de precipicios; es un mundo vertical donde los climas se enfrentan, los ríos nacen y las culturas ancestrales aún respiran.
Muchos viajeros lo han descrito como “la cosa más bella que han visto en la vida”. Y no es para menos.
Más profundas que el Gran Cañón
Cuando se habla de Barrancas del Cobre, se hace referencia a una red de nueve cañones principales que forman el sistema más extenso y profundo de Norteamérica, superando en profundidad al famoso Gran Cañón de Colorado. La Barranca de Urique, con sus 1,879 metros de desnivel, encabeza la lista, seguida de cerca por la Sinforosa (1,830 m), la de Batopilas (1,800 m) y la de Candameña (1,750 m), entre otras.
El nombre del sistema proviene de una de sus ramificaciones —la Barranca del Cobre, con 1,300 metros de hondura—, que debe su fama a las vetas de este mineral que atrajeron a mineros desde el siglo XVII.
Un viaje vertical a través de los climas
Lo que hace único a este destino es su espectacular contraste térmico y biológico. Mientras en las mesetas altas —a más de 2,000 metros sobre el nivel del mar— los bosques de pino y encino se cubren de nieve en invierno, en el fondo de los cañones, a apenas 400 metros de altitud, crecen mangos, naranjas y zapotes en un clima casi tropical.
Esta variación altitudinal convierte a la Sierra Tarahumara en un santuario de biodiversidad: mamíferos, aves, reptiles y peces de agua dulce conviven en un mosaico ecológico que pocos lugares del mundo pueden igualar.
Y es allí, en las profundidades, donde nacen los ríos Fuerte, Mayo y Yaqui, que después irrigarán los valles agrícolas de Sonora y Sinaloa.
Historia, cultura y fe entre cañadas
Antes de que los europeos llegaran a la sierra, a finales del siglo XVI, ya habitaban aquí los tarahumaras, tepehuanes, pimas y uarojíos. Los jesuitas fundaron su primera misión en Santa Inés de Chínipas en 1626 y, a lo largo del siglo XVII, levantaron más de 50 templos y centros de evangelización. Algunos de ellos, como los de Sisoguichi, Cerocahui, Norogachi o Cuzárare, aún se conservan y son testimonio vivo de esa época.
Pero el verdadero motor de la colonización fue la minería. Urique, Batopilas, Guaynopa y otras poblaciones surgieron al calor de las vetas de plata y oro. Ya en el siglo XX, la explotación forestal sumó una nueva capa a la historia económica de la región.
El tren que asoma al abismo
Hoy, el acceso a este mundo profundo es más fácil que nunca. El Ferrocarril Chihuahua al Pacífico —conocido como el Chepe— recorre la sierra y ofrece desde la estación Divisadero una de las vistas más impresionantes del planeta. Allí, los viajeros pueden contemplar el cañón desde cómodos hoteles y miradores.
Desde poblados como Creel, Guachochi o Madera, se organizan excursiones a cascadas —entre ellas las dos más altas de México: Piedra Volada (453 m) y Basaseachi (246 m)—, cavernas, lagos, aguas termales y formaciones rocosas que parecen esculpidas por gigantes.
Un llamado al respeto y al asombro
Pero las Barrancas del Cobre no son solo un espectáculo geológico. También son el hogar de la cultura tarahumara —o rarámuri, “los de los pies ligeros”—, una de las comunidades indígenas mejor conservadas de México. Sus ceremonias, como las impresionantes celebraciones de Semana Santa en Arareko, Cuzárare o Norogachi, son una ventana a un universo simbólico que merece ser conocido con respeto y admiración.
La Sierra Tarahumara es un prodigio en toda la extensión de la palabra. Y quienes tienen el privilegio de recorrerla saben que, una vez que se asoman al abismo, ya nada vuelve a ser igual.



