Jorge Cruz Camberos
Un investigador acaba de renunciar a Anthropic y lanzó una advertencia difícil de ignorar: las mismas personas que construyen la IA más avanzada del mundo creen que existe una posibilidad real de perder el control.
Suena a película de ciencia ficción.
Pero esta vez la advertencia no viene de Hollywood.
Viene de alguien que ayudaba a construir la inteligencia artificial.
Jacob Coxon, investigador que trabajó en OpenAI y después en Anthropic, renunció esta semana y acusó a las grandes compañías de IA de estar avanzando demasiado rápido.
Su mensaje se volvió viral por una frase particularmente inquietante: dentro de estas empresas hay investigadores que realmente contemplan que una inteligencia artificial futura pueda convertirse en una amenaza para la humanidad. (AP News)
Y aquí viene la parte que más llama la atención.
Evan Hubinger, uno de los responsables de investigación de seguridad en Anthropic, respaldó públicamente buena parte de esa preocupación y dijo que, personalmente, considera superior al 10% la posibilidad de una catástrofe existencial provocada por IA durante la próxima década. (El País)
Entonces, ¿debemos tener miedo?
No exactamente.
Los investigadores no están diciendo que ChatGPT o Claude vayan a despertar mañana y atacarnos.
La preocupación está en lo que estamos construyendo después.
Modelos cada vez más autónomos, capaces de programar, investigar, encontrar vulnerabilidades, operar computadoras e incluso ayudar a desarrollar nuevas inteligencias artificiales.
El problema es que existe una carrera gigantesca por llegar primero.
OpenAI, Anthropic, Google, Meta, China y decenas de empresas están compitiendo por construir sistemas cada vez más poderosos.
Nadie quiere frenar mientras los demás aceleran.
Y ahí está el verdadero riesgo.
¿Qué tiene que ver esto con Chihuahua?
Mucho más de lo que parece.
Porque mientras discutimos el riesgo futuro de la IA, existe otro riesgo que ya tenemos enfrente:
no aprender a utilizarla.
La inteligencia artificial va a transformar empleos, universidades, fábricas, comercios y empresas.
Una PyME de Chihuahua podrá competir con compañías mucho más grandes.
Un estudiante podrá tener un tutor personalizado.
Una maquiladora podrá anticipar fallas.
Un emprendedor podrá hacer en horas cosas que antes tomaban días.
Para una ciudad industrial como Chihuahua, esto puede convertirse en una enorme ventaja competitiva.
Pero tenemos que entrar con los ojos abiertos.
Ni miedo.
Ni fanatismo.
Ni pensar que la tecnología resolverá todo.
Necesitamos enseñar inteligencia artificial en nuestras escuelas, capacitar trabajadores, ayudar a las empresas pequeñas a utilizarla y, al mismo tiempo, exigir reglas claras para las tecnologías más poderosas.
Porque posiblemente estamos frente a la herramienta más importante que nuestra generación va a conocer.
Y quizá la gran pregunta no sea hasta dónde llegará la inteligencia de las máquinas.
La pregunta será si nosotros tendremos la inteligencia suficiente para saber cuándo acelerar… y cuándo poner límites.
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