Hospital Central Universitario: Un siglo de historia entre guerras, transformaciones y vocación de servicio

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Hay edificios que parecen tener memoria propia. El Hospital Central Universitario, enclavado en lo que fue el antiguo barrio de San Nicolás, es uno de ellos. Sus muros han sido testigos de más de 130 años de historia: desde el porfiriato hasta la Revolución, desde el auge de la beneficencia pública hasta la consolidación de la educación médica en el estado.

La historia de esta institución comenzó en 1894, durante el gobierno del coronel Miguel Ahumada. Fue entonces cuando se echó a andar un proyecto que, tres años después, en 1897, vería la luz con el nombre de “Porfirio Díaz”, en honor al presidente que entonces gobernaba el país. Pero los nombres, como los destinos, están sujetos a los vaivenes de la historia.

De Porfirio Díaz a Gustavo A. Madero

A principios de 1914, en pleno fragor revolucionario, el hospital cambió de identidad. El nombre de Porfirio Díaz era ya insostenible en un país que ardía en levantamientos. Fue entonces cuando pasó a llamarse Hospital Constitucionalista Gustavo A. Madero, en homenaje al hermano del presidente asesinado Francisco I. Madero. Pero el giro más drástico ocurrió en agosto de ese mismo año, cuando el H. Ayuntamiento de Chihuahua lo cedió para el servicio de la tropa. El hospital civil se convirtió en cuartel de enfermería para los combatientes.

La militarización del espacio se prolongó hasta 1917, cuando el general Francisco Murguía lo ocupó como hospital militar. No fue sino hasta 1931 que el inmueble recuperó su carácter civil, al ser devuelto al Ayuntamiento. Pero la vuelta a la vida civil no fue sencilla: el hospital necesitaba recursos para subsistir.

La apuesta por la beneficencia pública

Tres años después de su regreso a manos municipales, el gobierno del estado decidió institucionalizar la beneficencia pública como mecanismo de sostenimiento. Más tarde, se estableció un impuesto sobre las contribuciones locales, lo que permitió asegurar el financiamiento del nosocomio. Esa decisión marcó un antes y un después: el hospital dejó de depender de la caridad eventual para convertirse en una institución con recursos estables.

La siguiente gran transformación llegó en la década de los cincuenta. El edificio original, que había visto pasar generaciones de enfermos y médicos, creció verticalmente con la adición de dos nuevos pisos. Y fue entonces, precisamente, cuando la Escuela de Medicina de la Universidad Autónoma de Chihuahua comenzó sus actividades y eligió este hospital como su sede para prácticas clínicas. Desde aquel momento, el nosocomio dejó de ser solo un lugar para curar cuerpos y se convirtió también en una fábrica de vocaciones médicas.

Un legado que sigue en pie

Hoy, el Hospital Central Universitario sigue en pie, con sus muros cargados de historia y sus pasillos transitados por estudiantes, enfermeras, doctores y pacientes. Su nombre original —”Porfirio Díaz”— quedó enterrado en los libros de historia; su actual denominación lo vincula a la Universidad y a su función docente. Pero su esencia sigue siendo la misma: la de un lugar que nació para atender a los enfermos y que, a pesar de las guerras, los cambios de régimen y las crisis económicas, jamás ha cerrado sus puertas.

En sus pasillos resuena todavía el eco de las camillas de la Revolución, la urgencia de los años de la beneficencia y el bullicio de las primeras generaciones de médicos universitarios. Porque el Hospital Central Universitario no es solo un edificio: es un testigo de piedra y azulejo de la historia viva de Chihuahua.

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