San Bartolomé de Valle de Allende: la historia viva de la iglesia más antigua del estado

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En el corazón del municipio más antiguo de la entidad se alza un testigo de piedra y adobe que ha sobrevivido al paso de los siglos: la iglesia parroquial de San Bartolomé, una de las construcciones virreinales más vistosas e importantes del norte de México. Pero lo que hoy admiran propios y visitantes no es el primer templo que tuvo el antiguo Valle de San Bartolomé, sino el cuarto, levantado entre 1788 y 1792, cuando el auge de las haciendas hizo necesaria una sede de mayores proporciones para la creciente feligresía.

Cuatro templos, una misma fe

Los orígenes de esta parroquia se remontan al siglo XVI. Los primeros dos templos se ubicaron donde hoy se encuentra el santuario local. Un tercero, también llamado de San Pedro —advocación que reafirmaba su pertenencia a la iglesia secular—, fue edificado entre 1710 y 1719 con la ayuda de indios tarahumaras provenientes de Atotonilco, Santa Cruz y La Joya. En esa obra participaron albañiles, carpinteros y canteros de la región; Juan Francisco, un cantero llegado de Parral, fue el encargado de la torre y la portada. En su interior se colocaron lienzos y esculturas de santos, algunos de los cuales aún se conservan.

Frente al atrio, una gran cruz de madera —removida a principios del siglo XX— daba la bienvenida a los fieles, mientras la torre con su escalera de caracol se mantiene como uno de los elementos originales de aquel edificio del siglo XVIII.

Sin embargo, fue en 1788 cuando se dio inicio a la construcción del cuarto templo, el que hoy conocemos como parroquia de San Bartolomé. Las campanas coloniales, refundidas en 1995, aún llevan grabadas las fechas de 1788 y 1792, testimonio de aquellos años de obra.

Un monumento de adobe, cúpula y cantera

El templo actual es un edificio de adobe de gran tamaño, con crucero y una cúpula que le otorga su inconfundible prestancia. La torre, labrada en cantera, y la notable altura y luminosidad de su espacio interior son algunos de los rasgos que más impresionan a quienes lo visitan. Los tramos de la nave están marcados por arcos transversales de cantera que sostienen una cubierta de vigas dispuestas paralelamente a la nave.

Su arquitecto fue el duranguense Nicolás Morín, el mismo que terminó la parroquia —hoy catedral— de Chihuahua y la portada lateral de Santa Eulalia. El estilo artístico que predomina es el neóstilo en las portadas, y en su origen contó con un retablo mayor de estípites, además de un altar colocado bajo la cúpula, como era costumbre en catedrales y santuarios.

Tres advocaciones y una historia cambiante

La identidad del templo ha mutado con el tiempo. En 1806, la parroquia cambió su advocación de San Pedro —que había mantenido desde 1623— por la de San Bartolomé, nombre con el que los españoles llamaban al valle desde al menos 1570. Esa denominación se mantuvo hasta 1888, cuando fue sustituida por la de Nuestra Señora del Rosario, trasladada desde el convento franciscano en ruinas. Finalmente, en el siglo XX, el templo recuperó su nombre actual: San Bartolomé.

Entre 1868 y 1870, el edificio fue restaurado y se colocó en la fachada el reloj que donó el alemán Federico Stallforth en 1869. De esa época datan los retablos laterales neoclásicos. El retablo mayor, obra de los escultores Jesús Montoya y su hijo Benigno —originarios de Sombrerete, Zacatecas—, fue construido entre 1886 y 1888 en estilo neobarroco con tabernáculo neogótico, pieza de gran valor artístico que se suma a la riqueza del recinto.

Entre 1946 y 1955 se instaló el piso actual y se introdujo la luz eléctrica. Una nueva restauración, ordenada por las autoridades eclesiásticas en la década de 1970, devolvió esplendor al templo que hoy resguarda, en su interior, un acervo invaluable: pinturas de la época colonial, esculturas notables y objetos suntuarios que narran más de cuatro siglos de historia y devoción en el norte de México.

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