Por Jorge Cruz Camberos
En unos días, millones de personas alrededor del mundo estarán observando a México.
Las cámaras recorrerán nuestras ciudades, mostrarán nuestros estadios, nuestras calles, nuestra gente. Volveremos a ser anfitriones de una Copa del Mundo, uno de los eventos más importantes del planeta.
Y precisamente por eso vale la pena hacerse una pregunta incómoda:
¿Para qué organiza un país un Mundial?
Porque si la respuesta es generar riqueza inmediata, probablemente estamos viendo el partido equivocado.
Durante años se ha repetido la idea de que eventos de esta magnitud impulsan la economía de forma extraordinaria. Los hoteles se llenan, los restaurantes reciben más clientes y miles de visitantes llegan al país. Todo eso es cierto.
Pero también es cierto que numerosos estudios internacionales han demostrado que los beneficios económicos directos suelen ser mucho menores de lo que se promete durante la etapa de planeación.
Entonces, si no era por dinero, ¿cuál era el verdadero objetivo?
La respuesta suele estar en el legado.
Los países que mejor han aprovechado este tipo de eventos no los utilizan únicamente para organizar partidos. Los utilizan como aceleradores de transformación.
Imaginemos por un momento un México que hubiera aprovechado el Mundial para consolidar una red ferroviaria moderna. Un país conectado por infraestructura eficiente. Ciudades con mejores sistemas de transporte público. Aeropuertos preparados para competir con los principales centros logísticos del continente.
Ese es el verdadero valor de los grandes eventos internacionales: dejar algo que permanezca cuando las luces se apagan.
Y es justamente ahí donde surge la sensación de oportunidad perdida.
Muchas de las grandes obras que alguna vez se plantearon nunca llegaron a concretarse. Otras simplemente quedaron lejos del impacto que se esperaba.
Monterrey continúa enfrentando importantes desafíos de movilidad. Diversos proyectos prometidos quedaron en el camino. Y aunque existen avances, cuesta evitar la impresión de que el Mundial pudo haber sido una herramienta mucho más poderosa para impulsar la modernización nacional.
Si alguna ciudad parece haber comprendido mejor esta lógica es Guadalajara.
La capital jalisciense apostó por mejorar espacios públicos, fortalecer la experiencia urbana y realizar intervenciones que permanecerán mucho después del último silbatazo.
Entendió algo fundamental: el verdadero partido se juega fuera del estadio.
Sin embargo, tampoco todo está perdido.
Existe un tercer objetivo que rara vez aparece en los análisis financieros o en los informes gubernamentales: la reputación.
Durante algunas semanas, México volverá a ocupar un lugar privilegiado en la conversación global.
Y la imagen que proyectemos no dependerá únicamente de los gobiernos.
Dependerá de todos.
De la experiencia que vivan los visitantes. De la seguridad que perciban. De la limpieza de nuestras ciudades. De la calidad de los servicios que ofrecemos. De la capacidad que tenemos para recibir a quienes llegan desde distintas partes del mundo.
Dependerá, sobre todo, de aquello que históricamente ha distinguido a México: su gente.
Al final, este Mundial no será recordado por el monto de los presupuestos ejercidos ni por los reportes de derrama económica.
Será recordado por la experiencia que millones de personas se lleven de nuestro país.
Tal vez ya no estamos a tiempo de construir los grandes proyectos de infraestructura que imaginábamos hace algunos años.
Pero todavía estamos a tiempo de demostrar algo que sigue siendo verdad.
México es mucho más grande que sus problemas.
Y esa, quizá, todavía puede ser la mayor victoria de este Mundial.
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